La metamorfosis de López Claro: cómo la Europa de los 70 cambió su mirada
Una breve entrevista con El Litoral en febrero de 1974 muestra el giro del artista, tras una temporada en el Viejo Continente. El abandono del pincel tradicional por otros materiales para retratar una época que, según él, se caía a pedazos.
López Claro y el mural "Tire Dié", homenaje al film de Birri. Foto: Archivo El Litoral
Lunes 11 de febrero de 1974. La página 4 de El Litoral no promete nada extraordinario. Entre una noticia protocolar -la visita del ex ministro Álvaro Alsogaray al gobernador Carlos Sylvestre Begnis- y el anuncio de una conferencia por el aniversario del Hospital Italiano, aparece una nota breve, de título austero: "Breve charla con César López Claro".
Ese recuadro, sin embargo, ofrece una lectura precisa de un momento de cambios en el arte santafesino y del recorrido de uno de sus protagonistas centrales. Lo que a primera vista parece una conversación circunstancial termina revelando una toma de posición frente a la práctica artística y su tiempo.
Archivo El Litoral
Un artista que vuelve de Europa
"Un encuentro fortuito nos permitió conversar sobre el quehacer actual y sus perspectivas del conocido plástico de nuestro medioCésar López Claro", escribe El Litoral.
En efecto, el artista acababa de regresar de una estadía prolongada en Europa, donde había seguido de cerca dos corrientes que dominaban el escenario visual de comienzos de los años 70: el expresionismo figurativo y el arte abstracto.
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La elección, según el diario, no dejaba dudas. López Claro había decidido trabajar desde la abstracción, incorporando lienzos, sogas y materiales no convencionales, en una operación que apuntaba a reducir la forma para expandir el sentido.
El objetivo estaba formulado sin ambigüedades. Quería mostrar "la quiebra moral, política y económica de nuestro tiempo". Se trataba de una lectura directa del presente, trasladada al plano visual sin rodeos ni eufemismos.
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Dejar el oficio y asumir la época
La nota avanzaba con una afirmación significativa. López Claro buscaba dejar atrás la lógica del pintor que produce para responder a encargos de galerías y pensarse como "el artista inmerso en su época", atravesado por los conflictos que lo rodeaban.
Ese movimiento suponía algo más profundo que un cambio de lenguaje. Implicaba asumir que la obra ya no podía entenderse como un objeto autónomo, fuera de contexto. Desde esa perspectiva, el artista no se limita a observar: participa, se expone, toma partido. Entra en escena.
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En la charla aparecen referencias a debates históricos, como el arte por el arte y Picasso en la posguerra, pero siempre subordinadas a una pregunta concreta y urgente: cómo pintar en un mundo que se percibe cada vez más fragmentado.
El clima europeo de los primeros años 70
La experiencia europea que atravesó López Claro se inscribía en un escenario complejo. A comienzos de la década del 70, el objeto artístico tradicional comenzaba a perder centralidad frente a prácticas donde la idea, el proceso y la acción ocupaban el centro de la escena.
El Arte Conceptual dominaba buena parte del debate. En distintas ciudades europeas se multiplicaban las instalaciones compuestas por textos, fotografías y esquemas.
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Colectivos como Art & Language, en el Reino Unido, proponían obras que exigían una participación intelectual activa del espectador, más cercana a la lectura que a la contemplación.
En Italia, el Arte Povera trasladaba esa crítica al plano material. Artistas como Mario Merz trabajaban con elementos precarios y orgánicos (tierra, ramas, trapos) para cuestionar la lógica del consumo y repensar la relación entre naturaleza y cultura.
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El cuerpo, el territorio y la política
Otros cambios completaban ese mapa. En Austria, el Accionismo Vienés exploraba el cuerpo como soporte, a través de performances que incomodaban y llevaban al límite lo físico y lo simbólico.
En Alemania, Joseph Beuys ampliaba el campo del arte hacia la acción social, articulando política, ecología y memoria mediante intervenciones cargadas de sentido.
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Al mismo tiempo, el Land Art europeo abandonaba los espacios cerrados para intervenir directamente en el paisaje, con obras efímeras y de bajo impacto visual, en sintonía con una sensibilidad ambiental que comenzaba a consolidarse.
Ese era el escenario que López Claro había recorrido. No como espectador ocasional, sino como un artista atento a los movimientos de fondo que, inevitablemente, terminarían marcando su propia producción.
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Proyectos
La charla publicada por El Litoral también se proyectaba hacia el futuro. López Claro anunciaba una exposición retrospectiva en el Museo Municipal de Artes Visuales, centrada en los primeros tramos de su etapa abstracta. Luego vendrían muestras en distintas capitales del país, incluida Buenos Aires.
Y nuevamente Europa: Barcelona en agosto, con la posibilidad de extender el recorrido a Madrid y Bruselas. El itinerario confirmaba un dato para comprender su trayectoria: la producción local no se pensaba aislada, sino en diálogo con las discusiones internacionales del arte contemporáneo.