Históricamente, el invierno en los campos argentinos era sinónimo de descanso o de trigo. Sin embargo, un nuevo paradigma está ganando terreno.

Carinata, camelina y colza ganan protagonismo como oleaginosas invernales integradas a rotaciones agrícolas, con creciente inserción a mercados de bioenergía y sistemas agrícolas más sustentables

Históricamente, el invierno en los campos argentinos era sinónimo de descanso o de trigo. Sin embargo, un nuevo paradigma está ganando terreno.
Según un reciente informe de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), un grupo de oleaginosas alternativas —colza, camelina y carinata— está dejando de ser una curiosidad agronómica para convertirse en el motor de una nueva unidad de negocios: la bioenergía certificada.

Este avance responde a una alineación planetaria de factores: la urgencia por descarbonizar el transporte aéreo, la disponibilidad de millones de hectáreas en barbecho invernal y la aparición de tecnologías que transforman aceites vegetales en SAF (Combustible Sostenible de Aviación), capaz de reducir hasta un 80% las emisiones de efecto invernadero.
Uno de los mayores atractivos de estas especies es su capacidad para ocupar la "ventana muerta" del invierno. Funcionan como un "cultivo de servicio con renta". Mientras que el barbecho tradicional deja el suelo desnudo, estas oleaginosas mantienen la fotosíntesis activa, fijan carbono y generan ingresos adicionales.

Diferentes ciclos, diferentes nichos: La colza y la carinata se adaptan a barbechos largos por su ciclo más extenso. En cambio, la camelina, por ser más corta, es la "llave maestra" para encajar en rotaciones ajustadas sin retrasar la siembra de la soja de primera.
Beneficios al suelo: Estudios de la FAUBA destacan que sus raíces pivotantes actúan como un "arado biológico", descompactando el suelo y mejorando la infiltración de agua. Además, la camelina posee efectos alelopáticos que ayudan naturalmente al control de malezas resistentes, reduciendo la dependencia de herbicidas químicos.
El mercado ya no es una promesa, es una realidad industrial. El informe destaca que en agosto de 2025 se selló el acuerdo para crear Santa Fe Bio, una biorrefinería de YPF y Essential Energy dedicada exclusivamente a producir HVO (Aceite Vegetal Hidrotratado) y SAF en suelo argentino.

La escala del crecimiento es elocuente. El experto Jorge Bassi señaló que la superficie implantada con estas oleaginosas en Argentina saltó de apenas 30.000 hectáreas hace tres años a unas 170.000 hectáreas en 2025. Entre Ríos lidera el ranking nacional con más de 31.000 hectáreas, mientras que Santa Fe y Buenos Aires concentran el desarrollo de materiales genéticos de vanguardia.
A pesar del optimismo, el camino tiene retos. Para que el productor cobre el "plus" por estos granos, la producción debe estar estrictamente trazada y certificada bajo estándares internacionales de sustentabilidad. No se trata solo de producir cantidad, sino de demostrar una baja huella de carbono.
El otro frente es el genético. El INASE reporta una aceleración sin precedentes en la inscripción de cultivares:
Carinata: El 75% de las semillas pertenecen a una empresa santafesina con base en Venado Tuerto.
Camelina: Predominan firmas extranjeras con representación local.

Colza: Cuenta con la mayor cantidad de registros (54), con una fuerte participación de empresas globales y aportes del INTA.
Como señala el especialista Rubén Dicún, el valor de estos cultivos no debe medirse solo por el margen bruto por hectárea. Su verdadero rendimiento es sistémico: entregan un lote en mejores condiciones físicas y químicas para el cultivo de verano subsiguiente.
Argentina tiene una ventaja competitiva única: millones de hectáreas "libres" en invierno y una cultura de siembra directa consolidada. En la carrera global por la transición energética, el campo argentino ya no solo mira al suelo, sino también al cielo, proveyendo la materia prima para que el mundo siga volando de forma sostenible.