Los argentinos no paran de saltar. Los ingleses llegan con su habitual “flema”, después de una noche en la que cualquier bar de Atlanta se pareció a cualquier pub de Londres. La humedad del verano de Atlanta se pega en la piel, pero a nadie le importa. Tampoco si mirar al cielo trae como consecuencia la factibilidad de una lluvia que se demora. El estadio es techado. Y refrigerado. Así que hay cuestiones que no se ponen en la balanza a la hora de tomar precauciones.
Más que un partido, es el reto de los campeones del mundo por aquella leyenda escrita por Diego
El Mercedes-Benz Stadium de Atlanta se rindió ante la locura de la hinchada argentina en la previa del duelo más caliente del Mundial. Cantos de guerra pacífica, banderas con aquella historia de los goles de Maradona en el 86 y el grito sagrado de una multitud que se siente local en cualquier rincón del planeta.


Atlanta ha dejado de ser la prolija y tecnológica capital del sur estadounidense para convertirse, por prepotencia de cánticos, en una sucursal ardiente de Buenos Aires, Rosario, Santa Fe o Córdoba.
El icónico Mercedes-Benz Stadium, una colosal estructura metálica, con apenas 9 años de “vida” y una capacidad total para 70.000 espectadores, aguarda en silencio mientras a sus pies se desata un carnaval ajeno a sus manuales de convivencia.
La gente llega, en su mayoría, a pie. Aunque el sistema de trenes Marta, usualmente un templo de murmullos y auriculares inalámbricos, sufre un sismo de pasión, sobre todo cuando hay argentinos y cuando al llegar a la estación Five Points, el nodo central de la ciudad, las escaleras mecánicas devuelven un eco ensordecedor.
Los argentinos, propensos a armar una parrillada en cualquier parte del mundo y en cualquier lugar, alternan entre los chorizos y alguna que otra carne tirara a esas parrillas portátiles de supermercado, que por 50 dólares sirven para “sacarlos del apuro”, contrastando con la clásica barbacoa de cerdo dulzona de estas tierras norteamericanas.
Ni hablar de la necesaria bebida para paliar la sed. Las botellas de plástico cortadas por la mitad (y más arriba también), sirven para el clásico fernet con Coca, que le compite mano a mano a la cerveza. En los patios de bares cercanos al Centennial Olympic Park, se entonan esos cantos de aliento que convierten al partido en lo que es: un clásico.
No faltan los santafesinos, siempre presentes. Por allí andan los Fleming (nietos de Patricio) y los Martolio, que aguardan hasta último momento para comprar las entradas. También la gente de Alco, con Armando López a la cabeza. Entrarán. Seguro que entrarán. Como lo hará cada uno de los argentinos a los que el valor de las entradas en la reventa asusta, pero saben que el esfuerzo por semejante partido, vale la pena.











