Enviado Especial a Atlanta, Estados Unidos
El Litoral deja Atlanta, no sin antes visitar a uno de los padres de la humanidad
Martin Luther King tuvo un sueño que ayudó a cambiar el mundo y su final, asesinado cuatro años después de haber recibido el Premio Nobel, lo convirtió en una leyenda. Nació en Atlanta, donde la selección argentina jugó uno de los partidos que será difícil de olvidar.

Dejamos esta ciudad de Atlanta, entre la melancolía de un martes 7 de julio que será muy difícil de olvidar en nuestras vidas por tantas emociones y desbordes que nos hicieron vibrar y latir los corazones como nunca. O casi nunca. Dejamos Atlanta y ojalá que sea por un ratito nomás, porque eso significará que otra vez la marea humana de argentinos volverá a convertir a esta ciudad en cualquiera de nuestro territorio, el miércoles que viene, cuando se juegue la semifinal.

Mientras dejamos Atlanta, tratamos de ordenar ideas deportivas, aunque resulte tan complicado hacerlo. El partido con Egipto es más apto para un escritor que pueda encontrar esas palabras justas que reflejen semejante estado éxtasis vivido. Sé que es algo que se ha convertido en frecuente, afortunadamente, en estos tiempos. Y que este proceso del fútbol argentino con su selección (repito, con su selección) tiene virtuosismo, magia, resultados y alegrías permanentes e inéditas, superando todo lo vivido con anterioridad.
¿Molina o Montiel?, es una duda justificada que puede tener Scaloni. ¿De Paul titular?, es una duda que puede tener quien esto escribe y no es más que una opinión futbolera, discutible como cualquiera; la realidad es que De Paul no está en un buen nivel, arrancó bien pero ahora bajó el rendimiento. ¿Lautaro o Julián?, para mí, Julián. Tiene más despliegue, no se le abre el arco (a Lautaro tampoco, porque hizo uno solo y de penal), pero ya el martes contra Egipto mostró una mejoría.
Dejamos esta ciudad de Atlanta para ir por el sueño a Kansas City. El 28 de agosto de 1963, el calor de Washington D.C. no solo envolvía los cuerpos de más de 250,000 personas; abrazaba una esperanza contenida por siglos. Al pie del Monumento a Lincoln, un hombre de voz profunda apartó sus notas escritas para hablar desde el alma. En ese instante, Martin Luther King Jr. pronunció la frase que definiría el siglo XX: "Tengo un sueño: que mis cuatro hijos vivan un día en una nación en la que no sean juzgados por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter". Aquello no fue una fantasía utópica, sino un espejo incómodo frente al racismo de su época.

Históricamente, King no buscó consensos cómodos. Su estrategia de resistencia pacífica desafió la brutalidad de las leyes segregacionistas con una fuerza superior a las armas: la dignidad inquebrantable. Mientras habitaba celdas oscuras por defender los derechos civiles, plasmó en papel su visión global de la empatía humana, recordándonos que "la injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes". Con esta premisa, desmanteló la indiferencia de los moderados que preferían una paz negativa basada en el silencio a una paz positiva basada en la equidad.
Su filosofía de la no violencia no nacía de la debilidad, sino de un profundo coraje moral. King entendía que el odio solo engendra más destrucción, una convicción que resumió magistralmente al declarar: "La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad; solo la luz puede hacer eso. El odio no puede expulsar al odio; solo el amor puede hacer eso". El Premio Nobel de la Paz que recibió en 1964 fue un reconocimiento a esa terca insistencia en la hermandad, demostrando que la verdadera justicia se construye sin destruir la humanidad del oponente.

A más de seis décadas de aquellas marchas, la figura de King nos obliga a una profunda reflexión contemporánea. Recordar su legado en las páginas de un diario y luego de que El Litoral visite la casa en la que nació y la tumba en la que yacen sus restos, no puede ser un simple ejercicio de nostalgia histórica. Sus palabras siguen siendo una alarma contra la indiferencia actual, pues como él mismo advirtió: "Nuestras vidas empiezan a terminar el día que nos volvemos silenciosos sobre las cosas que importan". El sueño de King sigue incompleto, y la responsabilidad de romper el silencio y continuar la marcha nos pertenece hoy a todos.










