Se había preparado como nunca. El lapidario y denigrante 5 a 0 ante Colombia, del año anterior, fue el detonante para que se lo fuera a buscar. Diego había visto ese partido en la tribuna de un Monumental atónito. Nadie podía creer que esa Argentina de Basile, con una racha invicta de 31 partidos que recién fue superada en este proceso tan fructífero de Scaloni, desemboque en semejante caída libre que ponía en jaque la participación en el Mundial que se jugaría al año siguiente en estas tierras.
El día que el poder le cortó las piernas a Maradona en Dallas
En esta misma Dallas, caliente, febril e histórica, Diego tiró aquella frase inmortal que permanecerá por los siglos de los siglos en el anecdotario futbolero de un pueblo que transformó alegría en llanto.

Diego volvió como un “salvador”, firmó para Newell’s con el objetivo de lograr forma competitiva, jugó los dos partidos ante Australia del repechaje y luego inició una preparación a conciencia, al estilo “Rocky”, en La Pampa y con la sola compañía del profesor Fernando Signorini, su preparador físico.
Estaba impecable Diego. Ante Grecia, clavó la pelota en el ángulo después de una jugada fenomenal con triangulación incluida y a un toque, para rubricar una goleada con baile. Después, otro gran partido ante Nigeria, aquella tarde en Boston del grito de Caniggia para que su “compadre” saque rápido la pelota y así aprovechar la desconcentración de los africanos en un tiro libre sobre un costado, que terminó en gol del “hijo del viento”.

Aquella imagen de Maradona saliendo del estadio, después del partido, sonriente, despreocupado, dándole la mano a la médica que lo fue a buscar como una madre busca al hijo en el potrero para que vaya “a tomar la leche”, quedó grabado para siempre. Fue la última postal que tuvimos de él con la celeste y blanca. A las pocas horas, aquella alegría se convirtió en un verdadero drama.
Escribió Daniel Arcucci, el biógrafo de Maradona: “Cuando Diego aterrizó en Dallas, el 29 de junio de 1994, escondía detrás de lujosos anteojos negros una mirada triste que podía delatarlo: ya sabía que el control antidoping después del partido contra Nigeria, llevado de la mano por la enfermera Sue Carpenter, había dado positivo. Aún así, el gesto adusto mientras se dejaba llevar ahora por una escalera mecánica desde el lobby del Sheraton Park Central, contrastaba con el jolgorio que a su alrededor desataban los privilegiados hinchas argentinos que había accedido allí. Es que después de los triunfos contra Grecia y los africanos, el camino hacia un título de leyenda parecía allanado.

Por la tarde, en el reconocimiento del estadio Cotton Bowl, con Diego colgado de las redes de un arco, Julio Grondona oficializaría lo que era un secreto a voces. Pocos sabíamos ya que la pesadilla había comenzado martes 27, en la habitación 127 del Babson College de Boston: “Me rompí el culo, ¿me entendés? ¡Me rompí el culo y me viene a pasar esto!”, había llorado allí.
El jueves 30, después de que la FIFA formalizara la expulsión y de que la AFA lo borrara brutalmente de la lista, se dispuso a hablar, en la habitación 640 del Sheraton Park Central de Dallas. Sentado frente a Adrián Paenza, ante la cámara de Gustavo Rodero, delante de su representante Juan Marcos Franchi y su preparador físico Fernando Signorini, ya sin Daniel Cerrini, juró que no se había drogado y pronunció la célebre frase: “No quiero dramatizar, pero creeme que me cortaron las piernas”.

Acurrucado en un rincón del cuarto, justo frente a él, pude sentir su angustia. Las imágenes se emitieron al tiempo que la selección argentina entonaba el himno antes del partido contra Bulgaria, en el cercano Cotton Bowl. Allí mismo se quedó para verlo: compartí con él la primera parte de un encuentro donde un equipo ya sin alma jugaba como podía, condenado a la derrota inevitable. Al promediar el partido se fue, solo, a su habitación, la 714.
Me llamó al rato. Aún en ese estado, recordó que unos días antes le había pedido una camiseta y pronunció una pregunta que lo define: “¿La querés todavía?”. Al día siguiente, dejó Dallas para siempre”.

Una de las elucubraciones más instaladas (defendida incluso por Signorini), es la que sostiene que la Fifa "necesitaba" a Maradona para que el Mundial en Estados Unidos fuera un éxito comercial y llenara los estadios. Según esta teoría, sabían perfectamente el tratamiento que Diego realizaba para bajar de peso, pero decidieron "soltarle la mano" una vez que el torneo ya estaba encaminado y el negocio asegurado. La otra teoría, mencionaba una supuesta conspiración de Joao Havelange para “sacar del Mundial” a Argentina, pues su sueño era despedirse del cargo de presidente de la Fifa con Brasil campeón del mundo y el nivel de excelencia de aquella selección de Basile, con Maradona, complicaba seriamente sus aspiraciones.
"Grondona me entregó. Se lo juré por mis hijas y se lo voy a recordar toda la vida. Me cortaron las piernas, pero él no movió un dedo para defenderme", declaró Diego Armando Maradona en varias ocasiones, disgustado con la actitud que tomó en ese entonces el presidente de la Afa, que “negoció” la salida de Maradona del Mundial, bajo la condición de que se quede el equipo, que luego fue eliminado en octavos de final por Rumania.










