Existen duplas que se forman de manera aleatoria, casi sin querer. Surgen y fluyen para dar vida a esos binomios que cruzan las fronteras para hacerse únicos. Aquí vamos a hablar de dos. Uno de ellos, el que conformaron Diego Maradona y Ramón Díaz, que se entendían de memoria dentro de la cancha. El otro, el de las madrugadas con el despertador, en el polo opuesto, jamás afiliados a los buenos momentos, pero que, gracias a esos dos futbolistas, habilidosos, goleadores y maravillosamente rodeados por un grupo inolvidable, hacían que el sonido del reloj en medio de la noche, fuese una bendición. Nos levantábamos e íbamos en busca del televisor, para ver a un equipo grandioso, que hace 45 años, nos llenó de placer en el Mundial Juvenil de Japón, cumpliendo el siempre árido mandato de las tres G: ganar, golear y gustar.





































