Pasar por la majestuosidad del circuito de Daytona, donde se desarrollan las 24 horas, una de las carreras más importantes del mundo, se convierte en la escala obligada de un viaje de más de 1.000 kilómetros entre Miami y Atlanta, matizado con momentos de lluvia y otros de ese calor sofocante que parece darnos un pequeño respiro entre aquellos días febriles de Miami y esta temperatura alta pero soportable que tenemos en esta Atlanta que no pasa desapercibida para el fútbol argentino ni tampoco para el deporte universal ni la historia misma de la humanidad, pues acá se registró aquel luctuoso atentado perpetrado en medio de una competencia deportiva: fue en los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996, hace 30 años. Fue cuando una mochila colocada por Eric Rudolph, en el mismísimo Centennial Olympic Park, dejó un saldo de dos muertos y 111 heridos. Fue el segundo ataque en el marco de una competencia mundial como los Juegos Olímpicos, detrás de aquel ataque en los Juegos de Munich de 1972, que también tiñó de sangre lo que debió haber sido una fiesta del deporte.
Atlanta se llena de argentinos que buscan un sueño, como aquel de igualdad de Luther King
Atlanta tiene su historia, política y deportiva, con aquellos Juegos teñidos de sangre en 1996 y una selección argentina que dirigía Passarella y perdió la final por el oro con un “equipazo”. La selección de Scaloni jugó hace dos años en esta ciudad y le fue bien.


Esta Atlanta que cuenta con el segundo aeropuerto más grande del mundo (hay que moverse en tren dentro de él) y en el que despegan y aterrizan más de 2.000 vuelos diarios, se ha preparado para días de fiesta deportiva, pues no solo albergará este encuentro entre Argentina y Egipto, de octavos de final, sino que aquí se dirimirá uno de los finalistas de la copa del mundo, cuando el 15 de julio se dispute una de las semifinales (en la que esperemos que pueda estar Argentina).
En esta Atlanta –y volviendo a aquellos Juegos de 1996-, Argentina obtuvo una medalla de plata con un equipo de ensueño que dirigía Daniel Passarella. Cavallero, Zanetti, Ayala, Sensini, Chamot, el Cholo Simeone, Almeyda, Bassedas, Hugo Morales, Gallardo, el Piojo López, el Chelo Delgado y Hernán Crespo eran, entre otros, los integrantes de una selección que no pudo en la final contra Nigeria y se quedó con las ganas del oro olímpico en los mismos Juegos en los que Pablo Chacón obtuvo la última medalla obtenida por el boxeo, siendo que se trata del deporte que más medallas ganó en la historia de nuestro país.

Es la misma Atlanta en la que Argentina jugó su primer partido en la Copa América ganada en 2024 y venció a Canadá por 2 a 0 en el imponente Mercedes Benz, un estadio que fue inaugurado hace 9 años, que tiene techo retráctil y capacidad para 73.000 espectadores con una ubicación casi perfecta: muy cerca del downtown, como para programar una llegada al mismo sin el estrés de tener que hacerlo en auto y sin posibilidades de un parking a mano.
El imponente acuario, la fábrica de la bebida cola más famosa del mundo (que se empezó a fabricar en esta ciudad en 1886) y el Parque histórico en homenaje a Martin Luther King, nacido en esta ciudad, son algunos de los atractivos, todos alrededor del microcentro de la ciudad que posee una identidad bien clara y reside en ser la cuna del Movimiento por los Derechos Civiles y un escenario clave de la Guerra Civil estadounidense.
A propósito de Martin Luther King, su lucha duró apenas 13 años, desde 1955 hasta 1968 cuando fue asesinado. Había nacido en esta ciudad de Atlanta en enero de 1929. Martin Luther King defendió como pocos –o como nadie- los derechos, la igualdad y el respeto por la población negra norteamericana. Fue el hombre que no tuvo temores ni condicionamientos a la hora de proteger a los pobres y a las víctimas de injusticia. Aquella era una sociedad en la que proliferaba la discriminación y el racismo. Apenas tenía 39 años cuando fue asesinado. Más de 250.000 personas asistieron al famoso discurso que ofreció en Washington en 1963. Allí pronunció la famosa frase: “Tengo un sueño… Sueño que mis hijos vivan en un país en el que no sean juzgados por el color de su piel”.

Fue el hombre más joven en recibir el Premio Nobel de la Paz. Y fue al año siguiente de expresar aquella frase memorable. Y aquél 4 de abril de 1968, el día en que fue asesinado en el balcón de un hotel de Memphis, se encontraba en plena tarea de apoyo a una huelga que realizaban trabajadores de la sanidad en esa ciudad. Su fuerte proclama tuvo éxito: desde que Martin Luther King se hizo escuchar como pastor bautista, siguiendo los valores cristianos y las consignas de Ghandi de llevar a cabo “protestas no violentas”, la población negra pudo ejercer el derecho cívico de elegir a sus gobernantes, algo que en algunos estados de Norteamérica estaba vedado.
“Tengo un sueño…”, dijo Luther King en su discurso más famoso en defensa de la justicia social. Pasaron más de 56 años de su asesinato. Estados Unidos ya no es la misma de aquellos tiempos de discriminación e injusticias. Mucho tuvo que ver el hombre nacido en esta ciudad, que se invade de esta imparable marea de argentinos, capaces de pagar cifras increíblemente obscenas por ver a la selección de Messi y Scaloni. Luther King tuvo un sueño, humano y justo, por el que ofrendó su vida. Argentina también tiene un sueño. El del bicampeonato. Y detrás de él, van 47 millones de almas alentando y empujando a un equipo que emociona, más allá de lo que nos hizo “alambrar” el viernes.










