El hombre al que se lo criticaba porque no cantaba el himno, llora porque se ganó un partido. El hombre al que se le decía que era “pecho frío”, no solo que pidió jugar para Argentina, que ya lleva más de 200 partidos y que tiene una cantidad de goles que resultará casi imposible de igualar para cualquiera, sino que llora después de ganar un partido ¡de octavos de final de un Mundial y contra Egipto! El hombre que ni siquiera derramó lágrimas en medio de la máxima alegría que él pudo haber tenido –la de ser campeón del mundo con su país y levantar la copa que se le negaba-, dejó que sus lágrimas saltaran de sus ojos en un partido mucho menos importante que aquella final, en una imagen que recorrió el mundo. Es el mismo hombre (Lionel Messi) al que sus compañeros lo tiraron por el aire, señal clara y elocuente del afecto y la admiración que le tienen. Messi juega para el equipo y el equipo juega para Messi. Hay un vínculo muy fuerte, casi me animo a decir que es indestructible.
La selección: un grupo de "renegados" al que nada les resulta inalcanzable
Este conjunto de jugadores sabe que transitan el final de una etapa, pero se resisten a que no sea de la mejor manera. La victoria con Egipto acrecienta el “feeling” indestructible con la gente.


Antes de empezar el torneo, Nicolás Otamendi –otro caudillo- dijo que el grupo había dejado de ser grupo para convertirse en “familia”. Scaloni también llora frente a las cámaras en ese arrebato de nervios y tensiones acumuladas, para decir solamente que quería agradecerle a los jugadores. Hay algo que está poniendo a este plantel y a este proceso en un nivel de excelencia poco común. Desde que Scaloni dirige a la selección, jugó 16 partidos de “mata mata” y el único que perdió, fue con Brasil en la semifinal de la Copa América de 2019, el día de aquel despojo que motivó la reacción de Messi. Luego, todas fueron victorias, incluyendo cuatro finales (la Finalissima con Italia, la final de la copa del mundo con Francia y las de la Copa América con Brasil y con Colombia).
Algo tiene este equipo, que parece sobrenatural. A este partido con Egipto no lo olvidaremos. Estos muchachos tienen un desborde de espíritu y una capacidad anímica que parece tornarlos indestructibles. Muchas veces escribí que “cruzan el Atlántico y se potencian”, haciendo alusión a que la mayoría de ellos están jugando en Europa. Pero lo más llamativo es que todos demuestran que son “jugadores de selección”. Ya esa dicotomía entre “jugadores de clubes” y “jugadores de selección”, no se menciona más. Juegan en sus equipos como para que el técnico los convoque, pero se activan, se potencian y sacan a relucir su mejor costado, cuando se ponen la celeste y blanca.

Nada parece inalcanzable para estos jugadores. Ese coraje, esa valentía, alcanza para que se logren este tipo de hazañas. Argentina lleva once partidos sin perder en mundiales (6 en Qatar y van 5 en Estados Unidos) y nunca antes, en la historia de nuestro país en mundiales, se había podido remontar un 2 a 0. Nunca. Lo hicieron ellos y en menos de 12 minutos, en el peor de los escenarios y cuando todo parecía negativo, arrancando por el penal errado por Messi y la actuación del arquero egipcio, que en algún momento del partido parecía invulnerable.
Messi sabe que el final se avecina, que no es eterno, que es de carne y hueso aunque parezca un extraterrestre. Y con él, hay varios jugadores que saben que se viene ese final de etapa. Otamendi ya lo dijo. No es el único. Pero lejos de conformarse con el pasado, lejos de sacar a relucir la historia, quieren vivir el presente como lo vivieron hace tres años y medio en Qatar o anteriormente en la Copa América de Brasil, cuando le pusieron freno a la sequía de títulos y finales perdidas. Estos muchachos son unos "renegados". Di María se fue de la selección diciendo que “había que derribar la pared”. Lo hicieron, para quedar escritos con letras de oro en la gloriosa historia.

Hoy, cualquier rival que juegue contra Argentina sabe que no tiene enfrente solamente al campeón del mundo. Tiene enfrente a un grupo de jugadores que además de saber jugar al fútbol (aunque tengan defectos y carencias que lo ponen en situaciones límites), se han convertido en un grupo de guerreros que caminan por la cornisa y no se caen, que se envalentonan en situaciones límites, que no agachan la cabeza y van a buscar el partido porque “huelen sangre”. Y cuando eso pasa, infunden miedo, amilanan al rival, le sacan a relucir lo peor de sí.
Si a ese altísimo grado de valentía y coraje se le sumaría un poco más de esa respuesta táctica y estratégica que a veces no tiene y por eso apelan a lo otro, este equipo se convertiría en imbatible. Igualmente, transmiten eso. A la selección no hay que “mojarle la oreja”. Y si lo hacen, si lo intentan y lo logran, hay que estar muy preparado para aguantarse a este equipo cuando ve la hendija que pueda llevarlo a la recuperación. Argentina demoró 78 minutos para quebrar a la defensa egipcia. Pero cuando lo logró, en menos de 10 minutos le convirtió tres goles y dio vuelta un partido que, para casi todos menos para ellos, estaba perdido.









