Acaso la Argentina parlamentaria deba sobreponer su sesgo de ocasión -como el que ofreció en el debate sobre el financiamiento universitario- para abordar el desafío de las condiciones de ciudadanía desde los estados previos de la educación, en el camino a la capacitación y con los desafíos de la desigualdad en el país.
Sólo el 14,2% de los jóvenes argentinos accede a un empleo pleno de derechos
Un diagnóstico del Observatorio de la Deuda Social Argentina (UCA) expone la acumulación de desventajas educativas, laborales y psicosociales en jóvenes de 18 a 25 años. En los sectores postergados, menos del 10% alcanza los estudios superiores.

Los datos del Observatorio de la Deuda Social Argentina revelan que un 39,6% de los jóvenes de entre 18 y 25 años no ha completado la educación secundaria obligatoria. Solo un 32,4% asiste o completó estudios de nivel superior, mientras que el 28% restante tiene el secundario completo como máximo nivel alcanzado.

La transición hacia la vida adulta representa una de las etapas más decisivas en el desarrollo humano, concentrando elecciones fundamentales como la finalización de los estudios, el ingreso al mercado de trabajo, la autonomía y la asunción de nuevas responsabilidades familiares.
El reciente informe de divulgación "Juventudes Desiguales: Entre la Promesa y la Exclusión", elaborado por Agustín Salvia, Eduardo Donza y Miranda Correa (ODSA-UCA) -con la colaboración de Fernanda Acuña y el acompañamiento de la iniciativa Vidas Desiguales de la Fundación La Nación- revela que estas decisiones están fuertemente condicionadas desde la cuna.
Las brechas de origen no solo condicionan el punto de partida, sino que estructuran una acumulación sistemática de ventajas y desventajas que hipoteca el futuro.
La brecha educativa
Para el ODS, el sistema educativo argentino, lejos de funcionar como el histórico motor de movilidad social ascendente, refleja la profunda polarización de la estructura social.
Cuando desagrega la información por estamentos, el reporte señala que en el estrato medio alto, el 69% de los jóvenes inició o completó estudios superiores. Solo el 12,4% de este sector no finalizó la educación obligatoria.

En el extremo opuesto, menos del 10% (apenas un 9,4%) logró acceder al nivel superior. Por mucho que la universidad pública tenga financiamiento, el 64,7% de estos jóvenes no ha terminado la escolaridad obligatoria, quedando marginados de la formación indispensable para competir en un mercado laboral exigente.
Mercado de trabajo hostil
Siempre en la línea que plantea el informe, el desafío no reside únicamente en conseguir un empleo. Los números demuestran que, en el actual escenario socioeconómico, el trabajo formal y digno se ha convertido en un privilegio de pocos: apenas el 14,2% de los jóvenes argentinos accede a un empleo pleno de derechos.
El 22,5% atraviesa situaciones de empleo irregular o desempleo reciente. El 10,7% padece un desempleo de larga duración, permaneciendo desocupado por más de seis meses. El 16% se encuentra en empleos precarios, y un 36,6% permanece inactivo.

Al descender en la escala socioeconómica, las desventajas laborales se multiplican de forma dramática. Mientras que el empleo regular alcanza al 38,9% de los jóvenes del estrato medio alto, esa proporción se desploma a la mitad (19,7%) en el estrato muy bajo.
En paralelo, la combinación de empleo irregular y desempleo reciente casi se triplica entre ambos extremos (pasando del 11,6% al 30,6%), y el desempleo prolongado de más de seis meses se triplica, afectando al 14,9% de la juventud de menores ingresos frente a solo un 5,2% del estrato más acomodado.
Los “NiNi” son el 20,7%
Uno de los aportes más significativos del informe consiste en desmitificar y analizar de manera diferenciada las formas de inclusión y exclusión juvenil, que van más allá del estudio y el trabajo formal.
A nivel general, la dedicación exclusiva al estudio alcanza al 26,6% de los jóvenes, el 39,7% trabaja sin estudiar (22,9% de forma regular y 16,8% de forma irregular), y solo el 13% logra la difícil tarea de combinar ambas esferas.
La desvinculación total de la educación y el empleo (los jóvenes que no estudian ni trabajan) afecta al 20,7% de la juventud en general. No obstante, este indicador adquiere un fuerte gradiente de clase y se multiplica por cuatro en la base de la estructura social.
El informe reporta que en el estrato medio alto, la desvinculación afecta solo al 8,3% de los jóvenes, mientras que el 41,2% se dedica exclusivamente a estudiar.
En el estrato muy bajo, la desvinculación golpea al 34,2% de los jóvenes. La posibilidad de dedicarse únicamente a formarse cae drásticamente al 15,6%. En este sector, además, el trabajo irregular sin estudio se dispara al 26,8% (frente a apenas el 4,9% del sector medio alto).
Desarmar la trampa
Los autores del informe repasan profusamente “la herencia social” como condicionante laboral: las condiciones laborales de los padres; la calidad de sus empleos, las maternidades y paternidades tempranas de los jóvenes o los costos psicosocial y de género.
Para “desarmar la trampa heredada”, la investigación del ODSA-UCA sugiere un decálogo de políticas integrales estructuradas en ejes; arranca por prevenir el abandono en la escuela secundaria y ampliar de manera real las posibilidades de continuidad hacia la educación superior de los jóvenes de sectores vulnerables.
El foco -señala- no debe estar en "promover cualquier empleo", sino en articular la formación y la inserción para asegurar puestos de trabajo estables, productivos y protegidos por la ley
Sugiere abordar a la juventud desvinculada del estudio y el trabajo (los mal llamados "NiNis") reconociendo que detrás de esa condición existen realidades heterogéneas, desde el desempleo y el desaliento hasta barreras sociales de cuidado no remunerado.








