En 2001, Chris Columbus (gestor de éxitos cinematográficos de los 90 destinados al consumo familiar, como “Mi pobre angelito” y “Papá por siempre”) asumió el monumental desafío de trasladar a la pantalla grande el mágico universo creado por la escritora inglesa J.K. Rowling para dar marco a las aventuras de Harry Potter. El cineasta aceptó colocarse una mochila muy pesada: debía ser lo suficientemente fiel a las obras literarias de base, a los fines de no decepcionar a un público creciente y ansioso. Y, a la vez, captar a los que no se habían acercado aún a los textos de Rowling. Lo logró con creces. “Harry Potter y la piedra filosofal”, como señaló el crítico Roger Ebert, “es una película de aventuras de sangre caliente, empapada de atmósfera, llena de cosas horripilantes y sublimes y sorprendentemente fiel a la novela”.

































