En la madrugada del 15 de abril de 1912, mientras el lujoso transatlántico de la White Star Line se partía en dos en las gélidas aguas del Atlántico Norte, el nombre de un adolescente argentino de apenas 17 años pasaba a formar parte de la leyenda negra del mar. Edgar Andrew, nacido en la tranquilidad de las pampas cordobesas, no debería haber estado allí.

































