Colonia Raquel es una pequeña localidad del departamento Castellanos de la provincia de Santa Fe, ubicada a unos 60 kilómetros al norte de Rafaela. La tranquilidad de esta comuna agropecuaria fue totalmente alterada hace 78 años cuando un raro fenómeno climático sorprendió a sus habitantes.
Cuando un extraño fenómeno preocupó a una pequeña comuna agropecuaria al norte de Rafaela
En 1948, Colonia Raquel fue escenario de un suceso catalogado como “extraordinario” por el corresponsal de El Litoral de aquel entonces. En un principio se habló de un sismo pero fue descartado de plano. Qué pasó.

¿Qué pasó? fue la pregunta del millón que se hicieron en El Litoral el jueves 7 de octubre de 1948 cuando recibieron el dato de que un supuesto sismo afectó la zona antes mencionada. Ante la presunta gravedad del caso, un periodista del centenario vespertino se dirigió al departamento Castellanos para comprobar la veracidad de los hechos.

“Raras características”
En la edición del viernes 8 de octubre y luego de la recorrida del periodista en el lugar, el diario publicó una crónica donde se intentó explicar lo sucedido. “Se anunciaba la aparición de una fisura en la tierra, la que fue localizada en campo de un colono del lugar”, comenzaba el artículo.
En los párrafos siguientes, la nota comentaba: “Un colono nos informó con lujo de detalles, que el lunes, a las 11, en un potrero que nos señaló a la distancia, se había levantado una nube de tierra rojiza que alcanzó mucha altura, provocando general alarma entre el vecindario, hasta el punto que una casa próxima fué abandonada rápidamente por sus moradore”.

“El hecho de que el fenómeno fuera acompañado por la caída de algunos árboles, hizo más dramática la situación. En posesión de estos informes llegamos hasta el campo en cuestión donde los moradores de la casa nos explicaron lo ocurrido”, agregaba.
“El día indicado, en ese potrero, se produjo un remolino de proporciones tan extraordinarias, que por momentos se tuvo la sensación de tragedia. Parecía —según nuestro interlocutor— que las cuatro hectáreas que abarca el potrero, se hubieran estado moviendo y que la tierra desmenuzada iba a inundar todo”, seguía.

La crónica, publicada en la página 2 de aquella edición, continuaba: “Por la tarde se repitió el fenómeno en el mismo lugar y con las mismas características, lo que acreció el temor de los vecinos que no querían por ningún motivo aproximarse”.
Los detalles vertidos por el diario no guardaron en adjetivos: “Todo este cuadro resultó más alarmante por la huida de los animales que estaban en el sitio, los que, despavoridos, querían ponerse a cubierto de las consecuencias del fenómeno, influidos en su sensibilidad por estas contingencias atmosféricas”.

“El potrero de referencia quedó tan limpio de polvo, que bien parece barrido con extraordinaria prolijidad. En uno de los campos que limitan este potrero —todos sembrados— hay una capa de polvo de diez centímetros, que tapa las matas de pasto y que ha sido transportado de otro lugar por el viento", añadía.
"La imaginación de la gente del lugar, agregó a lo ocurrido, que de la tierra que se abría, salían llamaradas, etc”, sumaba.

Un manto de realidad
Sobre el final, el artículo aclaró lo sucedido descartando fenómenos que no ocurrieron más allá del susto y la imaginación de los vecinos de Colonia Raquel.
“Pudo llamarlos a confusión lo de la fisura porque en ese potrero del fenómeno atmosférico y no telúrico, han quedado marcadas, de norte a sur, paralelas, unas pequeñas zanjas que abarcan toda su extensión y que tienen unos treinta centímetros de ancho por diez o quince de profundidad, que antes no existían y que, seguramente, se produjeron por la fuerza del viento”, aseguraba.

“Las proyecciones del fenómeno que alarmó no sólo a la colonia Raquel sino a los vecinos de distritos próximos, son las que dejamos consignadas y puede agregar el corresponsal que, en el lugar que visitó, hay una depresión del terreno muy pronunciada, que el anticlinal hace presumible la existencia de fuentes subterráneas”, cerraba la crónica.









