El presidente Donald Trump fue el único orador del acto inaugural del Consejo de la Paz, su flamante invención. La platea lo escuchó con respetuoso silencio y lo aplaudieron con disimulado entusiasmo. En la platea se distinguían reconocidos déspotas teocráticos, algunos de ellos con las manos manchadas de sangre. Trump hizo más de sesenta invitaciones, pero solo asistieron diecinueve. Israel, sí, Israel de Netanyahu, miró para otro lado y Putin se hizo el distraído. Por su parte, Francia, China, Inglaterra y Alemania estuvieron ausentes con aviso y sin aviso. En el continente americano los únicos invitados y los únicos decididos a asistir fueron los presidentes de Paraguay y Argentina. Los demás, empezando por Canadá, siguiendo por México y sumando a Brasil, o no fueron invitados o se borraron. No sé en qué condiciones asistió Paraguay, pero sí sé que Milei pasó gratis, ni siquiera le cobraron la entrada. El presidente, evaluado o autoevaluado como el más formidable de la historia nacional, se sentó al lado del déspota húngaro Víktor Orban. Los dos escucharon a Trump arrobados, pero el que aplaudió con más entusiasmo fue Javier. En su precipitada asociación, el Jefe no tuvo reparos en recordarle al presidente argentino que si está dónde está es porque él, el Jefe, le sacó las papas del fuego. Cualquier mandatario del mundo, hasta los teócratas ensabanados, hubieran considerado ofensivas esas palabras más allá de que fueran verdaderas. Milei las consideró un piropo. Prohibido asombrarse, porque es bien sabido que Milei solo se permite desatar sus iras sagradas contra Paolo Roca o Madanes, o contra los periodistas que lo critican o los jueces que pretenden investigarlo.
Critico a Trump pero sé distinguir entre Trump y EEUU. Dicho de otro modo, EEUU existió antes que Trump y seguirá existiendo después de Trump. No le niego al actual presidente legitimidad política, pero el EEUU que respeto y admiro tiene poco y nada que ver con Trump. De los yanquis me gusta su literatura, pero dudo que esos libros sean los que lee Trump. Me gusta su música, pero no sé si ese gusto coincide con el de Trump. Admiro su cine, a directores como John Ford, Orson Welles, John Huston, pero no sé por qué sospecho que en esas películas Trump se parece no a sus héroes, sino a sus villanos. Admiro al país que se liberó del colonialismo inglés en nombre de la libertad, el país que despertó la admiración, entre tantos, de Tocqueville y Sarmiento, pero detesto al país del Ku Klux Klan y esa prepotencia vulgar que el actual presidente ejerce con tanta facilidad. Admiro a Washington, Lincoln, Roosevelt, Kennedy, Carter, pero no creo que Trump comparta mis preferencias. Nunca olvido que a Estados Unidos le debemos habernos liberado del nazifascismo y del comunismo, los dos regímenes totalitarios que asolaron al mundo en el siglo veinte. Admiro al país que concluida la segunda guerra mundial desempeñó un rol decisivo para organizar un mundo abierto a la paz, el progreso y aquellos valores sin los cuales la vida no merece ser vivida, pero detesto algunos de sus políticos que me recuerdan a los gánsteres, y me indignan esas indisimuladas ambiciones imperiales saturadas de racismo que se insinúan en estos tiempos. Alguien dirá que me entrometo en temas de un país extranjero. Claro que lo hago. Y lo hago, entre otras cosas, porque lo que se decida o se deje de decidir en la primera potencia del mundo nos afecta a nosotros, sobre todo cuando tenemos un presidente que ató su destino político no a un país sino a Trump.
Digamos las cosas como son: el gobierno de Milei no es el mejor del mundo o de la historia nacional, pero es un gobierno legítimo que ha logrado asombrosos niveles de gobernabilidad. No vivimos en el mejor país del mundo, pero disfrutamos de libertades y el país transita por un equilibrio delicado, tal vez frágil, pero transita. Una de las claves de la gobernabilidad de este gobierno es la ausencia de una oposición capaz de presentar opciones superadoras. La crisis de los partidos políticos tradicionales es evidente y en algún punto parece irreparable. Milei es la consecuencia, entre otras cosas, de este cuadro de situación, pero Milei también es la expresión de necesidades que los partidos tradicionales no supieron resolver o resolvieron mal. A ello se suman singulares condiciones internacionales y nuevos desafíos que se le presentan al capitalismo real y existente. A Milei lo votaron la mitad de los argentinos, pero él sabe muy bien que no tiene un cheque en blanco. La otra mitad de los argentinos que nunca lo votaría tampoco sabe a quién votar o lo que sabe no alcanza para atender los dilemas nacionales. Milei debe y merece ser criticado, pero si las voces de las críticas son las de Myriam Bregman, Juan Grabois o los políticos lúmpenes del Conurbano o los caciques de provincias con regímenes feudales o las mafias conjugadas alrededor del sindicalismo, el fútbol y el hampa político, les guste o no, habrá Milei para rato.
Y no sé, sinceramente no sé, si un Milei "para rato" es lo mejor que nos puede pasar. Por ahora, y más allá de disidencias, respeto la democracia que supimos conseguir más allá de problemas y carencias visibles. No quiero juicios políticos, no quiero helicópteros o asonadas infames, no quiero intrigas y sabotajes políticos. Tampoco, claro está, quiero un energúmeno insultando en la tribuna y no comparto políticas en donde pareciera que los pobres son responsables de sus desgracias. El país en el que vivimos puede enorgullecerse de muchas cosas. En 1853 conquistamos las libertades individuales; en 1912 conquistamos las libertades políticas; alrededor de la década del cuarenta se ampliaron los derechos sociales. Nada fue perfecto, pero para los años sesenta Argentina era un país que disponía de todas las condiciones para asegurar libertades y prosperidad para todos. No supimos hacerlo, lo hicimos mal o tuvimos mala suerte. Pero Argentina sigue siendo un país formidable. A los recursos del campo pueden sumarse los recursos de la minería y la energía; vivimos en un país sin odios racistas, sin resentimientos religiosos, con bajos niveles de violencia y con instituciones políticas tal vez deterioradas pero vivas. Todas las cartas están a nuestro favor. Solo resta saber jugarlas. A veces me imagino al país como esa persona que camina a ciegas entre la niebla, sin saber que lo que busca o desea está más cerca de lo que él mismo está dispuesto a admitir.




