Por mi edad (74) y por una de mis últimas experiencias me he convencido, inequívocamente, de que ya pertenezco a la categoría de los "viejos". Ese ámbito donde sobran los conocimientos pero escasean las habilidades físicas y mentales. Soy una suerte de graduado, en varios órdenes de la vida, que se desempeña a medias.
El día en que me recibí de "viejo"
Como es su sana costumbre, el lector Alejandro de Muro nos brinda un nuevo relato breve pero entretenido, basado en una de sus experiencias cotidianas.

Hasta no hace mucho me preguntaba cómo me verán mis nietos: caduco o vigoroso; autónomo o dependiente. Hoy aguardo, sin demoras, sus alentadoras respuestas. Una de estas mañanas atravesé una situación inédita que me puso en contexto. Mientras viajaba en subte y permanecía parado, una joven, un poco distante, con su mejor sonrisa y un ligero ademán, me invitó a ocupar su asiento.
Sin hablar pero con gestos elocuentes, pareció decirme: "Acepte mi lugar, descanse". Para no frustrarla, para no truncar uno de sus primeros actos solidarios del día, accedí. Le agradecí y le devolví la sonrisa.
Confieso que el hecho me conmovió -por nuevo e inesperado- al extremo de confirmarme que ya era miembro de una amplia y vapuleada cofradía: la que integran los adultos mayores o los también llamados representantes de la tercera edad. En definitiva, eufemismos para no admitir, abiertamente, el título de "viejo".
















