Para el 329 a. C., el rey persa Darío III y los sátrapas de Bactria ya habían muerto, cuando Alejandro Magno reinaba sin resistencias aparentes en Asia Central. Excepto por sogdianos refugiados en un “nido de águila”, en las montañas Hisar, en el extremo Este de lo que hoy es Tayikistán/Uzbekistán. Es una delicia escuchar las conferencias de la historiadora Eva Tobalina repasando los hechos.
De sátrapas, devaluadores y lo que Aristóteles ignoraba cuando educó a Alejandro
Fueron crueles los costos que hizo pagar el incomparable estratega macedonio a extraños y propios, en su marcha implacable. Conquistó el territorio más grande en el menor tiempo, procuró unir civilizaciones pero no construyó consensos que hicieran subsistir un imperio. Tampoco llegó -lejos estuvo- a los confines del mundo.

Al implacable macedonio no lo conmovieron el cruel invierno ni las alturas nevadas. Muchos de los 300 hombres que envió a escalar por encima de su enemigo para sorprenderlo, murieron en el intento. Pero logró su cometido: sometió lo que parecía el inexpugnable reducto de Oxiartes e incluso se casó con su hija Roxana, apodada “la pequeña estrella” y considerada “la mujer más hermosa de Asia”.
Sátrapas hubo que se avasallaron ante Alejandro, no por propia convicción sino ante la evidencia del poder. Poco a poco en la Argentina, se acallan (ocultan) las voces que piden la devaluación. Lo hicieron Roberto Frenkel y Miguel Ángel Broda a principios de agosto, y Gita Gopinath (exsubdirectora del FMI) a finales del mes pasado.
Carlos Melconian calculó en una reciente entrevista con Marcelo Longobardi, que el tipo de cambio de Néstor Kirchner equivaldría hoy a “menos de 3 mil pesos”. Pero también advirtió que deben evaluarse temas como los subsidios a competidores externos que traen sus productos al país, o los impuestos a fabricantes argentinos que otras economías del mundo no tienen.
“Hay un tipo de cambio que no te arregla el problema del queso (hecho en el país), pero que te da un poco más de relax para la transición”, sugirió el economista y candidato eventual a presidente según él mismo reconoció.
Algo similar a lo que plantea por estas horas el presidente de la UIA; el centro empresario más afectado por la marcha implacable de Luis Caputo ya no pide devaluar. No porque no lo quieran, pero saben en la entidad fabril que el ministro no va a modificar el rumbo hacia un 2027 con comicios presidenciales.
Incluso Domingo Cavallo fue algo más cauto de lo habitual sobre el tipo de cambio en la Argentina. Claro que el exministro pide “liberar el cepo” y eso supondría una flotación por encima de los $1.438 del dólar mayorista para la venta. Sería de hecho una devaluación.
“Devaluar es bajarle el salario a la gente”, viene advirtiendo Caputo, con evidencia histórica que lo avala: la inflación también es cruel, en especial con los más débiles. Para el ministro, “es cierto que hay precios caros en dólares, pero la solución no es devaluar, la solución es que los precios bajen. Y bajan con menos impuestos y más competencia”, asegura.

Ahora el dilema es que, con devaluación vuelve la inflación, pero sin baja de impuestos -como la que promueve Caputo y reclama la UIA- no hay reactivación por productividad que pague mejores salarios, dinamice el consumo y recupere la recaudación que permita… bajar impuestos.
De la virtud al empecinamiento
Antes de conquistar la cordillera del Hissar, Alejandro Magno llegó a enfrentarse con "Clito el negro” (los bienpensantes no adjetivaban por entonces).
Era un veterano lugarteniente que había servido en las filas de Filipo el Grande (padre de Alejandro) e incluso salvó la vida del joven líder macedonio en la batalla del Gránico (334 a. C.). Tras un banquete en Samarcanda, cuando Clito reclamó por las inclementes estrategias a su jefe, Alejandro lo asestó con una lanza que le atravesó el pecho.
No es que haya magnitudes comparables entre aquellos hechos y el presente económico argentino. Pero acaso la historia sirva para reflexionar si la línea de la perseverante virtud no ha sido cruzada hacia el territorio del imprudente empecinamiento.
Es un ejercicio contrafáctico, de meditación razonada, de argumento debatido. Al menos para ponderar cuáles son los costos eventuales de cambiar o seguir adelante, para llevar la empresa (la campaña) a mejor destino, o al menos con mejores modos.
Ausencia de oposición
Descartada Cristina Fernández por cumplir una condena efectiva -por corrupción probada-, Axel Kicillof es en los hechos el principal referente de una oposición que podría alcanzar el poder por el voto en el país.

El bonaerense le cuestiona a Milei las 30 empresas que cierran por día, acusa al gobierno de apuntar a un modelo de “primarización productiva” y “precarización laboral”, y reclama fondos que “le robaron a las provincias”.
¿Hay espacio para una oposición moderada y electoralmente competitiva en la Argentina? Maximiliano Pullaro no confronta con Milei por su prudencia fiscal, pero sostiene el discurso “productivista” y advierte contra el kirchnerismo que se llevaba recursos fiscales santafesinos para hundirlos en el conurbano bonaerense, sin más trascendencia que la subsistencia y la conveniencia electoral.
Es solo un ejemplo; el santafesino hoy no expresa una aspiración presidencial… al menos no en público.
De Milei a Kicillof, nadie expone una propuesta de inclusión socioproductiva para el conurbano bonaerense. No hay evidencia de que la minería o Vaca Muerta ayuden a solucionar ese problema; tampoco hay fundamento para descalificar esas iniciativas que se suman a la agroindustria para generar divisas en un país que las necesita, solo porque son (falsamente) catalogadas como “extractivistas”.
Si en la Argentina existe hoy un consenso, o al menos una tendencia a algo parecido, es que la apertura es necesaria para exportar, que las Pymes son indispensables para dar trabajo y que la productividad necesita inversión privada, pero también baja de impuestos y rutas. Pero los actores de la conversación pública están demasiado ocupados en descalificar y contratar encuestas.
Más allá del Indo
Alejandro Magno ya había cruzado el Indo cuando en el 326 a. C. ganó la Batalla del Hidaspes al rey Poros, soberano del reino de Paurava, en el actual Pakistán. Para entonces, el más grande estratega de la historia perdió a su caballo Bucéfalo y descubrió que Aristóteles no estaba en lo cierto cuando le enseñaba que el fin del mundo estaba por esas latitudes.
La India, y aún China, se extendían en magnitudes imposibles antes de llegar a una nueva orilla oceánica en el naciente.
El gran macedonio se convenció allí, junto a los suyos, de volver sobre sus pasos; murió en el intento, a los 33 años en Babilonia. Sus generales dividieron los territorios ganados, la herencia cosmopolita apenas resiste hoy los nacionalismos. El imperio no subsistió a falta de líder, creencia, cultura, idioma o tolerancia en favor de un propósito en común.
Puede Milei conquistar el “nido de águila” de la inflación; incluso con costos cruentos parece ser eso necesario. Pero más allá de la reforma impositiva pendiente, de los inexistentes créditos razonables a producción y consumo, hay un escenario por gobernar antes de que se recompongan el empleo y la recaudación, indispensables incluso para pagar universidades y discapacidad.
La inflación derroca al gobernante, pero gobernar no es derrotar la inflación. La inteligencia artificial y la robótica desafían los modos de producción; un mundo en guerra tensiona la energía y las monedas; los algoritmos secuestran conciencias adultas y condicionan el aprendizaje de los más chicos.
Son magnitudes que interpelan al más poderoso, o a quien se proponga en el poder. Incluso si alcanza a cruzar el Indo.








