Nunca se está del todo preparado para una pandemia y menos cuando ésta reviste gran aceleración de propagación y afectación a nivel mundial. Sólo podemos prepararnos para intentar prevenirla o bien para responder y actuar sobre ella adecuadamente. Este es el gran valor de la estrategia, del conocimiento de los planes de emergencia y de las comunicaciones de crisis. Saber qué hacer, cómo proceder y quién conducir, justo cuando el impacto emocional y el estrés impiden tener la tranquilidad y el orden necesarios de condiciones normales. La excepcionalidad de una emergencia sanitaria como ésta pone a prueba algo más que el valor y la profesionalidad de los que actúan sobre el terreno: pone a prueba la organización, la comunicación y la actuación de los responsables técnicos y políticos. También su sensibilidad.


































