Hay un gesto casi imperceptible que hacemos cuando las cosas se ponen difíciles: achicar la mirada. Trazar en el piso una línea imaginaria alrededor de los zapatos y convencernos de que todo lo que queda afuera de ese metro cuadrado le pertenece a otro.
La macro ordena, la empatía construye
Una reflexión sobre la necesidad de humanizar las decisiones económicas y entender que detrás de cada indicador estadístico hay familias reales con proyectos.

Adentro estamos nosotros, nuestras cuentas, nuestras urgencias y nuestros miedos. Afuera, el resto. Y mientras no pisemos la raya, nos queremos persuadir de que el mundo más o menos funciona. Pero la verdad es bastante más incómoda. ¿Qué es, al final del día, la empatía?
No es una palabra elegante para colgar en una pared ni un concepto teórico. La empatía es algo mucho más simple y desarmante: es la capacidad de bajarse un segundo del propio escenario para ir a sentarse en la platea del que está enfrente.
Es mirar al vendedor que atiende detrás del mostrador, a la mujer que viaja en el colectivo con la mirada junta, al vecino que hace números en la caja del supermercado, y entender que ahí adentro hay exactamente lo mismo que adentro nuestro.
Preguntarse si importa lo que le pasa al otro no es un adorno moral. Es la pregunta central que define si formamos parte de una comunidad o si somos apenas un amontonamiento de desconocidos que chocan los hombros al caminar. Nos acostumbramos a mirar la economía desde lejos, como si fuera una materia fría que se resuelve en una planilla de cálculo o en un estudio de televisión.
Escuchamos hablar de metas, de balances y de promedios como si fueran fenómenos del clima que nos caen encima sin pedir permiso. Pero una economía que solo mira indicadores es una ciencia ciega. Se olvida de que detrás de cada número hay una persona tratando de armar un futuro.
La economía, en su sentido más verdadero, es una ciencia social. Nació para pensar cómo nos organizamos para vivir juntos, cómo cuidamos la casa común para que la gente pueda trabajar, educar a sus hijos y volver a soñar. Si una propuesta económica cierra impecable en el papel pero le da la espalda al bienestar de la gente, el problema no es la gente; el problema es la propuesta.
Por supuesto que las cuentas tienen que estar en orden. Que la casa no se llueva y que la plata no pierda valor es la condición básica para poder respirar tranquilos. La macroeconomía ordenada es la cancha nivelada, la casa con cimientos firmes. Pero los cimientos no son la vida. Nadie se emociona mirando un cimiento.
La vida es lo que construimos adentro: la dignidad del trabajo, la posibilidad de proyectar y la certeza de que la persona que camina al lado no es un rival que me viene a sacar nada, sino alguien que hace el mismo esfuerzo.
Hoy muchas veces falta esa empatía. Vivimos atrincherados en el propio metro cuadrado, convencidos de que si arañamos la salvación personal, lo que le pase al vecino es un tema del destino. Pero en una sociedad donde la gente se queda afuera, no hay salvación que dure.
No hay vereda limpia si el barrio se viene abajo. Si solo pensamos en lo propio, ¿qué sociedad pretendemos construir? ¿Un lugar de sobrevivientes donde el único criterio de éxito es no haber caído todavía? Pensar en la vida del otro no es ingenuidad ni romanticismo; es el acto de lucidez más práctico que nos queda.
La economía necesita recuperar el pulso, el olor a vereda, la mirada a los ojos. Porque al final del camino, los indicadores se archivan y los números cambian, pero lo único que permanece es si supimos construir un lugar donde la vida y la dignidad del que está al lado valgan exactamente lo mismo que las nuestras.
El autor es Contador Público Nacional (UNL) y Especialista en Finanzas (UNR).












