I
La universidad, nuestra universidad pública
Mientras multitudes defienden la educación, el gobierno desestima sus demandas, acusando de politización a quienes claman por un sistema justo y accesible.

Camino por calle San Martín en dirección a Bulevar Pellegrini. Un cielo azul, despejado y bondadoso que los santafesinos disfrutamos en otoño. No es poca cosa: el cielo está con nosotros. Una pareja camina con una nena de nueve o diez años. Van a la marcha en defensa de la universidad. La nena con una remera que dice UNL. Un grupo de chicas jóvenes cruzan la calle.
Se ríen con esa despreocupación y frescura de la juventud. Sobre Bulevar, la multitud. De todas las edades. Con consignas, con carteles, con banderas. ¿Qué pretenden? ¿Qué quieren? ¿Adónde marchan? Pretenden una universidad pública; quieren docentes e investigadores y trabajadores bien pagados; marchan hacia el rectorado a dar testimonio. La rectora y la vicerrectora a la cabeza de la marcha.
Me gusta caminar solo y mirar. Mirar la movilización de tanta gente defendiendo una causa justa. Sin rencor, sin odio. Es gente alegre en el sentido más puro de la palabra. No hay choripanes, no hay arreo. Cada una de esas mujeres y esos hombres que pasan a mi lado saben por qué marchan hacia el rectorado, a nuestra "manzana de las luces".
Hacia el este, está la universidad con su simetría elegante y sus líneas austeras que aprobarían Rubén Darío y Federico García Lorca.
II
Las imágenes del celular me dicen que en la ciudad de Buenos Aires, con Plaza de Mayo y sus alrededores desbordada de estudiantes, profesores, no docentes y ciudadanos están decididos a defender la universidad pública argentina.
A ese escenario del pueblo en la calle, de dos o tres generaciones (abuelos, padres, hijos) haciendo realidad aquella preclara consigna de Domingo Sarmiento ("Educar al soberano"), a Javier Milei y a su hermana Karina le resulta indiferente. O más aún, impugnan a la multitud por "defender sus cajas". Muy original.
Un presidente que reprocha la politización, mientras él ejerce las formas más vulgares y groseras de la politización. Se necesita disponer de una insensibilidad absoluta, digo, para descalificar a quienes en las calles de las ciudades más importantes del país expresan la conciencia de una nación decidida a defender los valores de la educación y la inteligencia.
Por eso mismo, hay que decirlo de una buena vez: solo ignorantes, fascistas y reaccionarios, pueden estar en contra de la universidad pública y gratuita. Solo mala gente puede ser indiferente a los sueldos de hambre que le pagan a los docentes o a las anémicas partidas que son destinadas a los hospitales.
III
Camino solo y me pregunto cuántas veces a lo largo de tantos años salí a la calle para defender a la universidad, a mi universidad, a nuestra universidad. Fueron muchas. A veces, manifestaciones pacíficas, testimoniales; otras veces, desafiando a bastones y bombas de gas lacrimógeno.
En todos los casos, la defensa de la universidad asediada por entorchados, ultramontanos o burócratas impasibles y helados a los que les fastidia la existencia histórica de una institución que representa la posibilidad más segura, más efectiva de movilidad social. Ingresé a la UNL en tiempos en los que las botas intentaban aplastarla.
Salimos a la calle, repartíamos volantes, desafiábamos a los milicos y más de una vez fuimos a dar con nuestros huesos a un calabozo. Lo digo desde la distancia de los años: fuimos valientes y generosos; libres y rebeldes. Pudimos habernos equivocado en los detalles, pero estábamos en lo cierto. La memoria y la historia están por testigo.
La causa siempre fue justa. Una universidad abierta al pueblo y a su servicio, decíamos entonces. No creo que esa consigna haya perdido actualidad. Deodoro Roca y Pablo Vrillaud no me dejan mentir. Por las dudas, más de dos millones de estudiantes hoy así lo verifican. Cómo no honrar a nuestras casas de estudios de cuyas aulas salieron Bernardo Houssay, César Milstein y Luis Federico Leloir.
IV
No solo con botas y crucifijos se ataca a la universidad. También existen las estrategias destinadas a sitiar por hambre. Sueldos de hambre para docentes, monedas para la investigación, propinas para los hospitales. Los que propician este destino no se equivocan, no están confundidos. Es una estrategia. Y el presidente lo dijo.
Una sugestiva batalla cultural con el mismo estiércol ideológico del que se nutrieron Giordano Bruno Genta, Atilio dell Oro Maini, los amanuenses de Juan Carlos Onganía y los nazifascistas de Óscar Ivanissevich y Alberto Ottalagano.
Si antes los atacantes desfilaban a paso de ganso con olor a incienso y misterio, hoy funcionarios metálicos pretenden "en cascada" acosarla por hambre mientras infaman a la comunidad universitaria porque se movilizan por dinero y no por cultura.
El descaro y la impudicia en sus versiones más obscenas. Funcionarios millonarios y rentados como millonarios con sueldos visibles e invisibles, le reprochan a un docente que gana monedas porque reclama salarios dignos.
V
Cómo no defender la universidad, me repito. Ella me enseñó a leer, a escribir, a pensar y a defender valores justos. Cómo no defenderla. No exagero ni peco de sentimental: es como defender a mi madre. "Nadie se atreva a tocar a mi vieja,... porque mi vieja es lo más grande que hay", cantaba Pappo, según me enseñó mi hijo. No la toquen. A ella se lo debo todo y ella me dio todo.
Aprendí a quererla y aprendí a distinguir a sus enemigos. No son muy originales. La letanía es siempre la misma: los estudiantes no estudian, los docentes no enseñan, los trabajadores no trabajan, los investigadores no investigan. Son subversivos, leen libros prohibidos, no respetan ni a Dios ni a la patria. Oscurantismo, caza de brujas. Hipocresía y cinismo. Y odio y resentimiento.
No hablo por hablar. Yo vi de cerca y hablé con amigos que en 1966 padecieron los estragos de una de las jornadas más siniestras de nuestra historia: "La noche de los bastones largos". Docentes y estudiantes apaleados; facultades cerradas; los cerebros más lúcidos de la nación entre rejas u obligados al exilio.
Yo vi una universidad cercada por matones reclutados en los bajos fondos, con obispos ejerciendo rituales para alejar los demonios de las aulas, con un rector que vociferaba "¡Viva la muerte!" en un paraninfo con butacas ocupadas por sotanas preconciliares y entorchados. Claro que sé cuando la universidad corre peligro. A sus enemigos los conozco, los distingo hasta con los ojos cerrados. Los huelo.












