I
Los cambiantes rostros de la barbarie
La política se convierte en un teatro donde los actores, invitados y excluidos, cumplen roles cruciales para sostener una narrativa de poder y confrontación.

La política como espectáculo. La política como murga. La política como corso. La política como reñidero. Estas parecen ser las modalidades preferidas del presidente Javier Milei. Nos pueden gustar o no, pero que nadie suponga que son frívolas, livianas o inocentes. En este carnaval el poder juega sus cartas más bravas.
Aquello que nos parece desatino, vulgaridad, grosería, es en realidad la manifestación con lo que el poder constituye su trama más sólida. Dejo para psicoanalistas y psiquiatras deliberar acerca de si el destino nos ha bendecido con un psicótico, un psicópata o un paranoico.
Cualquiera de esas modalidades constituyen hoy las versiones que el poder considera funcional para lograr sus fines. La fiesta dispone de sus organizadores, sus financistas y su claque.
Y a juzgar por su ritmo, por las excitaciones y los placeres que provoca, a juzgar por el entusiasmo de los invitados, las manifestaciones etílicas de algunos, las pulsiones sensuales de otros, todo parece desarrollarse en el mejor de los mundos posibles porque todo funciona de acuerdo a lo previsto, incluido alguna riña ocasional, algunos ebrios que parecen salirse del libreto e incluso algunas lágrimas que derrama una enamorada despechada.
II
El cambalache en su plenitud. Aquello que Enrique Santos Discépolo escribió a principios de la década del treinta no fue un tango costumbrista sino un poema de ciencia ficción que tenía los ojos más puestos en el futuro que en el presente. "Vivimos revolcados en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos".
Por supuesto, muchos no comparten la fiesta y se florean con los mejores adjetivos para descalificarla. Pobres. No saben que sus organizadores los han incluido porque necesitan para que esta bacanal sea completa de sus ladridos y sus rezongos. Estas puestas en escenas son políticamente trascendentes porque en el libreto son tan importantes los invitados como los que deliberadamente o no quedaron afuera.
Es más, el logro más lúcido de los guionistas es facilitar que los opositores hagan su juego porque sus bravatas, sus admoniciones, sus críticas son tan necesarias como las adulaciones y las obsecuencias. Hay que entenderlo de una buena vez: la fiesta, con sus excesos, sus impudicias y sus hartazgos, no son un síntoma de debilidad, sino de fortaleza.
III
Por ahora la puesta en escena da resultado. El libreto parece cumplirse al pie de la letra. Queda pendiente para el futuro inmediato qué hacer cuando la fiesta concluya, porque -les guste o no a los organizadores- en algún momento la fiesta concluye.
En algún momento el hartazgo empieza a hacer su trabajo, en algún momento llega la madrugada y no hay panorama más desolador que el espectáculo de una fiesta agotada y apenas iluminada por la luz vacilante, espectral y ceniza de la madrugada.
Todo el año es carnaval, puede llegar a ser un deseo estimulante, pero todos sabemos en la intimidad que solo se trata de cuatro días locos que vamos a vivir, como proponía el compañero Alberto Castillo. Conclusión: de las fiestas podemos decir muchas cosas, pero lo más importante que hay que saber es que alguna vez terminan.
Alguna vez los que no fueron invitados pero de todos modos aplaudían, comienzan a impacientarse. El parloteo de las mascaritas, irrita; a los payasos se les corre el maquillaje; la Colombina es una farsante, los murguistas no saben qué hacer con sus tamboriles y la música desafina.
IV
Esta semana el espectáculo funcionó a pleno. El presidente Milei y todos sus ministros le hicieron el aguante al señor que no puede responder ninguna de las preguntas que le hacen. El presidente de la nación, instalado en el palco como un jefe de barra brava. Manuel Adorni habla para él; para él y para su claque.
En todas las circunstancias el presidente se esmera en considerar al Congreso como una letrina. Cuando asumió el poder habló dándole la espalda; ahora ingresa a un recinto al que no fue invitado y al que un "librito" llamado Constitución Nacional, le sugiere que no debe asistir. Todo en vano.
El presidente como sus amigos de causa suponen que su liberalismo defiende la libertad pero no tiene nada que ver con la democracia. Mucho rock, mucha retórica acerca de tecnologías, pero a la hora de la verdad la perspectiva ideal del presidente es un retorno al siglo XIX. ¿A la república posible de Juan Bautista Alberdi? No. Tal vez un poco más atrás.
No olvidar que los elegantes adjetivos, "inmundos", "asquerosos", "salvajes", "repugnantes", no los inventó Milei. No olvidar que la libertad para el presidente es la libertad del mercado. Algún crítico, algún socialista insufrible, podría decir la libertad del lobo para comerse las ovejas. No les hagamos caso. Son los responsables de la muerte de 150 millones de personas en el mundo.
Libertad, pero con jerarquías y con el poder concentrado en la punta de la pirámide. Libertad sin democracia, es decir sin soberanía popular, pero sobre todo sin controles legales y sin prensa libre. No sé si podrá lograrlo. No sé si la sociedad lo acompañará hasta esos parajes, pero me consta que está haciendo todo lo posible para lograrlo.
Si alguna virtud hay que reconocerle al señor presidente es que nunca disimuló ni disimula sus objetivos. Como todo político realista, hace lo que puede, pero como los muchachos del Mayo Francés, se propone ir más allá de lo posible. Como Donald Trump, como Viktor Orbán, como Santiago Abascal, como Vladímir Putin. El poder se concentra, se ejerce y, mientras tanto, los músicos trabajan a pleno.
V
Aceptar lo inaceptable pareciera ser la consigna de los tiempos que corren. Un desequilibrado emocional nos promete las delicias de una revolución de extrema derecha, una revolución sin democracia y que en nombre de su impulso irrefrenable suprimirá también las libertades. No les será fácil lograrlo, pero se tienen la confianza y la fe de los iluminados.
A lo que suman el realismo descarnado y amoral de quienes están persuadidos de disponer de la protección de la implacable lógica de la historia, la divina voluntad de Dios y la sensual pasión por la riqueza.
Una certeza me asiste mientras arrecia este temporal de profecías y anuncios apocalípticos: en ese paraíso prometido no hay lugar, deliberadamente no lo hay, para quienes desde los tiempos de los sumerios a la actualidad hemos luchado, hemos creído y hemos confiado que la vida es posible en un mundo donde la libertad y la justicia amplíen sus fronteras.
Donde la condición humana se defina por su lucidez y sensibilidad y donde los valores de la civilización, los antiguos y justos valores de la civilización, resistan las tentaciones y celadas de las diversas y renovadas modalidades de barbarie que nos acechan.












