Cines y películas de entonces
La experiencia cinematográfica ha cambiado, pero el autor recuerda con nostalgia las emociones únicas que las salas de cine de antaño lograban evocar.

El primer cine que recuerdo de la ciudad es el Esperancino, que estaba en Bulevar Gálvez entre Candioti y Necochea, más sobre Candioti y sobre la mano norte. Ahora creo que allí hay un banco, y muchos años atrás funcionaba un templo del reverendo Cabrera.
En la esquina de Candioti hubo un bar, el Florida. Al frente, el Chanta Cuatro; y al costado, en una planta alta, La Cabaña, con sus rumbosos bailables. Estoy hablando de 1966, 1967, es decir, que me estoy tomando una licencia cronológica de medio siglo, años más años menos. Siempre fui aficionado al cine y por esa razón a cada sala la recuerdo por las películas que disfruté allí.

Al Esperancino fui muchas veces, pero la película que tengo presente es "Veracruz", dirigida por Robert Aldrich, con las actuaciones de Gary Cooper y Burt Lancaster. Si mal no recuerdo se filmó en 1954, por lo que cuando la vi (1967 o 1968) ya tenía sus añitos.
II
Demás está decir que a "Veracruz" la debo de haber visto a lo largo de varias décadas por lo menos cinco o seis veces, pero el descubrimiento, el encuentro feliz fue en el Esperancino.
Muchas años después, unos jovencitos (cometo una redundancia, porque a esta altura de mi vida todos, o casi todos, son más jóvenes que yo) me ponderaban las virtudes del western spaghetti, que con todo respeto, no le lustra los zapatos a John Ford, a Howard Hawks, a Sam Fuller, o al propio Aldrich.
Es más, intenté explicarles con los escrúpulos del caso, para impedir la imputación de anacrónico, que "Veracruz" anticipaba con diez años algunas de las escasas virtudes del "spaghetti" sin, por supuesto, ninguno de los logros de la guardia vieja.
Demás está decir que no los convencí, como tampoco los dejé conformes cuando agregué que el Clint Eastwood que me importa no es esa momia con sombrero que retrata Sergio Leone, sino el director y el actor de películas como "Los imperdonables", "Million Dollar Baby", "Bird", "Los puentes de Madison", "Torino" o "Río Místico", por mencionar algunas de sus películas más reconocidas.
Tampoco me creyeron, y yo tampoco alenté la más mínima posibilidad de convertirlos. Pero el intento lo hice, y lo dicho, dicho está.
III
A la sala de cine del sindicato de Luz y Fuerza, la de calle Junín, fui muchas veces. Me gustaba ir allí. Me gustaba el aire de la zona, la plaza en la esquina y, muy en particular el bar de Urquiza y Santiago. En Luz y Fuerza, la película que más recuerdo es "El ejército de las sombras", con Lino Ventura y Simone Signoret. Inolvidable.
Además, conocí en la ocasión el cine de Jean Pierre Melville. Sabía de su existencia, pero la primera película que vi del maestro fue esa. Después vinieron "El samurai", "El silencio del mar", "León Morin sacerdote", "El confidente". En Francia, el policial negro se llama "polar", y Melville es uno de sus encumbrados pontífices.

"El ejército de las sombras" relata la gesta de los maquis, la resistencia armada contra la ocupación de los nazis. Hay instantes, situaciones, inolvidables. Tengo presente el momento en que los maquis descubren que su aguerrida jefa acaba de ser detenida. Y los va a delatar, porque ella está dispuesta a soportar la tortura, pero no a que asesinen a su hijo que es lo que le prometen los nazis.
Ella ha convencido a los SS que la paseen por la calle para "apuntar" a sus cómplices. Y sus compañeros entienden que no lo hace por traidora. "Nos está pidiendo que, por favor, la matemos". Y es lo que deciden hacer; y cuando lo van a hacer, ella los mira (y esa mirada de Signoret y el gesto de Ventura), como agradeciéndoles el gesto. Solo Melville puede narrar esos momentos.
IV
De la sala de Núcleo Joven, ubicada en la esquina de Ituzaingó y San Luis, recuerdo dos películas de Ken Russell: "Los demonios" y "Mujeres apasionadas". Hasta tengo presente los momentos en que entré a la sala y salí. Y las formidables interpretaciones de Oliver Reed, Vanesa Redgrave, Glenda Jackson y Alan Bates.
El otro director que recuerdo de Núcleo Joven, es Federico Fellini. Y en particular esa versión formidable de "El cuentero". Lo extraño es que el protagonista principal de esa película es Broderick Crawford, más yanqui que Manhattan.
Recuerdo mi sorpresa por ese Crawford "italiano", tan diferente del personaje de la serie televisiva de mis tiempos de pibe que se llamaba "Patrulla del camino". Pero Fellini era capaz de esas hazañas.
V
Repito: ir al cine en aquellos años era una cosa seria. O, mejor dicho, importante. Ese ceremonial, esas expectativas, ese encanto, me temo que se perdieron, o por lo menos no funciona como funcionaba antes. No lloro ni me quejo. El mundo cambió y también cambió el cine y sus protocolos sociales.
Ver una película en casa tiene su encanto, no lo voy a negar; pero me limito a consignar que aquel encanto era diferente. Ni mejor ni peor: diferente. Y me congratulo de haberlo vivido. Entonces se corría la voz: llegó una película de Ingmar Bergman, de Jean-Luc Godard, de Alain Resnais, de Luchino Visconti, de Andréi Tarkovski, de Éric Rohmer.
Qué sé yo. Algo te pasaba cuando te enterabas de esa noticia. Y algo te pasaba cuando salías de la sala después de ver esas películas. Además, había un problemita que hoy no existe. Uno sabía que esa película que acababa de ver podía quedarse una semana, diez días, pero después, nunca más. Solo la casualidad o la gracia de los dioses podían permitirte verla otra vez.
Uno sabía que el momento de placer concluía con el "The End", motivo por el cual, lo que importaba era registrar todos los detalles para no olvidarlos más. Apuntar cómo fumaba Humphrey Bogart en "Casablanca", o la expresión de Gary Cooper en "A la hora señalada", o la manera de caminar de Henry Fonda en una escena de "Pasión de los fuertes".
Todo había que registrarlo en la memoria, porque película que se iba, película que no volvía. Con la televisión se atenuó un tanto esa angustia, pero no era lo mismo.
Muchas películas que se reponían por televisión estaban dobladas al español y, con todo respeto, escucharlos hablar, a John Wayne o a Alain Delon, como si fueran españoles o mexicanos, era algo difícil de asimilar. Y aclaro por las dudas: soy un devoto del cine español. Y en particular, de las películas de Luis Buñuel, Carlos Saura, Luis García-Berlanga, José Luis Garci…












