Esas ciudades gastadas, desgastadas, de habitantes en el subsuelo del sistema capitalista, que no perdona al que no tiene éxito, no tiene trabajo, no tiene seguro social, no tiene salud y en muchos casos no tiene techo (homeless, sintecho), son cada vez más. Instantáneas de un mundo peor, se dibujan en las calles. Estos sí, son verdaderos zombis, no los de ficción de tantas películas.
Tambaleantes: los verdaderos zombis
El avance del fentanilo y de nuevas sustancias sintéticas profundiza la crisis social en urbes de Estados Unidos, donde la indigencia no detiene su crecimiento.

Las grandes urbes, del imperio no querido, visten sus peores galas: hombres cansados, insuflados de encubiertas sustancias ilegales, que destruyen y nada construyen. Deambulan caricaturas de seres desquiciados, en lugares emblemáticos de aquel país.
La ondulada San Francisco, perfecta vista al mar, con su espectacular bahía, poblada de enconados tranvías, cabalgando en sufridos adoquines, sobre innumerables rieles. Hay barrios saturados de pobres, con seres humanos doblados por las drogas. Un mundo de perdiciones, de quebrados sin horizontes. Durmientes de las calles.

Arrinconados contra los contenedores de basura y en los volados de los edificios, para refugiarse en las noches, sumando mucho alcohol y poca comida. Lo único que justifica la existencia, son las drogas de distintos grados y tenores.
Esta preciosa y turística urbe está hoy, y ya hace bastante tiempo, en una grave crisis de salud pública por el consumo indiscriminado e ilícito del opioide sintético. Este narcótico ha disparado las muertes por sobredosis en la ciudad y exhibe escenas críticas de indigencia, con intensas adicciones urbanas.
Destaca este triste panorama, un lugar, un barrio, conocido como Tenderloin. La mentada droga está instalada en la gran mayoría de las muertes por sobredosis registrada en el condado de California, superando ampliamente a los otros opioides tradicionales
Ocurre que, para mayor desgracia social, las autoridades, tanto sanitarias como policiales, investigan además la aparición de otros opioides sintéticos, todavía más potentes, mezclados en el mercado ilegal, como es el caso de la ciclorfina. Otro potente opioide sintético, perteneciente a la familia de las "orfinas".
No tiene ninguna aprobación médica y ha sido detectado en el mercado ilegal desde 2024. Autoridades sanitarias y forenses alertan sobre su potencia analgésica y depresora, que es igual e incluso mayor a la del fentanilo, multiplicando por cientos el efecto de la heroína.
Suma otro problema que es de difícil detección, los análisis toxicológicos y las pruebas rápidas no logran identificarla, atento a su composición sintética específica. Existe un despliegue por parte del gobierno municipal y de las fuerzas de seguridad, en continuos operativos, para incautar sustancias adulteradas y efectuar arrestos vinculados a las redes de distribución ilícita.

El Departamento de Salud Pública de San Francisco ofrece orientación, campañas de prevención y distribución de la llamada naloxona (Narcan), a los fines de contrarrestar sobredosis en la vía pública. La otra cara es la de las desmesuradas construcciones, saturadas de espejos, reflejadas en las aguas soberbias del océano Pacífico.
La de los variados museos, que perfilan las culturas, sobre todo las pinturas, de todas las épocas. Pero también está la contracara, agria, tenebrosa, donde los empleados de los hoteles, aconsejan a los turistas, como un acto de cortesía, no alejarse más de dos cuadras, porque no se garantiza la vida.
Entonces, más allá de esa frontera, en apretada distancia, se irrumpe en zonas devastadas, de gentes sin rumbo, sin destino, sin ansias. Decrépitos habitantes, cargados de incertidumbre. La endemia de los alucinógenos, sigue marcando su huella. Jóvenes, viejos, mujeres, niños, estragados en las más abyectas adicciones. Allí nadie consume calidad, solo evasiones pasajeras, mortales.
La vanidosa Nueva York, con sus ampulosas torres, la gran manzana, su Central Park. Cuna y portal del capitalismo moderno. Encumbrada por los suyos, como el faro del desarrollo mundial. Aunque también, salvajemente sorprendida, noqueada, en el corazón financiero, por aquello de las Torres Gemelas (2001). La historia se repite, en los barrios, caídos, desplazados del consumo.
La filigrana de la desgracia, recorre sus arterias. Las sustancias ilegales circulan día a día. Autómatas, otrora humanos, se van cayendo a pedazos, en asesinatos de ellos mismos, Cuanto desperdicio, en estas canteras del horror. Seres a la deriva, tambaleantes, desheredados, en los márgenes de la vida.
El veneno más difundido, popular y barato se llama fentanilo, que es un potente opioide sintético, producido en laboratorio. Se dice que es hasta cien veces más fuerte que la morfina y cincuenta veces más que la heroína.
Su creación fue para uso médico, al ser recetado como analgésico y anestésico, con el fin de tratar dolores muy intensos, como puede ser tras una intervención quirúrgica o en casos de cáncer muy avanzado.
La parte oscura, es el uso ilegal. Se lo fabrica en forma clandestina, lo venden en la calle, muchas veces mezclado con otras drogas, como puede ser la heroína o la cocaína, para aumentar sus efectos alucinógenos.
Actúa en el cerebro bloqueando el dolor, pero también desacelera e incluso detiene la respiración y el ritmo cardíaco. Una mínima cantidad de unos dos miligramos puede ocasionar la muerte. Apaga la orden del cerebro para respirar, y puede provocar un paro respiratorio en cuestión de minutos.
La fabricación ilegal se hace en laboratorios clandestinos y se comercializa en presentaciones altamente peligrosas, en forma de polvo, pastillas falsificadas, líquido en goteros o impregnado en papel. Se consume por vía oral, inhalada o intravenosa.
En casos de adicciones severas, altera de forma inmediata los niveles de dopamina, generando así una fuerte dependencia física y rápida tolerancia. Seguro, el fenómeno se replica en cuantos conglomerados más.
En este lugar del mundo, altivo, el receptor de las grandes loas, cada vez más cuestionado, que impuso su ideología a gran parte del planeta, más su Constitución del siglo XVIII, inspiradora de cuantas cartas magnas del continente -entre ellas la nuestra- manifiesta estas miserables pústulas, fiel reflejo como el de todos los imperios, que pasaron en la historia, de su inexorable decadencia.
Estamos ante el interitus.











