Yo pensaba igual que vos, igual que todos, pero la vida me ofreció un puñado de historias, historias inexplicables, místicas, que lograron cambiar mi mirada. Las escribo dispuesto a compartirlas y solo eso; sin ánimo de persuadir a nadie, pero convencido de que hay una parte de cada uno de nosotros que siempre supo la verdad… y espera.
VIII- El regreso del curandero
Historias místicas y encuentros inesperados transforman la vida de un hombre, revelando secretos ocultos y conexiones que trascienden el tiempo.

Hace algunos días leí en el diario que había muerto Uwe Fischer; un viejo polaco que vivió casi toda la vida en su pequeña casa de Barrio Ciudadela. Y me conmoví. Uwe Fischer vivió hasta su muerte con una mendocina llamada Margarita Ramírez. Lo llamativo es que ella, su pareja, tenía treinta y cinco años más que él.

Como es de imaginar, eso había dado lugar a ciertas habladurías en el barrio; pero solo al principio, luego los vecinos se fueron acostumbrando. Incluso algunos pocos que conocieron parte de la historia miraban a la extraña pareja con cariño. Yo uno de esos.
Resulta ser que Margarita había tenido un matrimonio anterior, corto, pero intenso, que la alentó a dejar la tierra de la vendimia para instalarse definitivamente en Santa Fe. Su primer marido, el Hermano José, era un curandero local de renombre, muchos años mayor que ella.
Por algún motivo que escapa a mi conocimiento (aunque bien puedo imaginar) ella, una joven agraciada y con buena vida por delante, decidió abandonar el paisaje cordillerano, padres, hermanos, amigos y hasta un prometido de familia acomodada para venirse a vivir con Don José, en su consultorio esotérico del Barrio Ciudadela.
¡Brujería! ¡Hechizo de amor! Para la familia, simplemente una maldición, inexplicable para la pacata sociedad provinciana de aquí y de allá. Lo cierto es que el Hermano José y Margarita vivieron una década juntos, sin molestar a nadie, en amorosa armonía.
Tirando las cartas y adivinando el futuro a quienes lo solicitaban, pero siempre de manera reservada. Sin escándalos y con alegría. Alegría de estar vivos, alegría de estar juntos.
Llegados los años sesenta, el curandero enfermó y murió, durmiendo en su cama pobre de siempre, al lado de su joven amor. Ella no se mostró muy afectada, cosa común a decir de los del barrio. Más juró nunca volver a casarse pese a tener apenas treinta y cuatro años, cosa no tan común. Y cumplió, cumplió hasta la llegada del joven polaco, veinticuatro años después.

Aquí aparezco yo en la historia. El destino puso en mi camino a Uwe Fischer el mismo día que llegó a Santa Fe. Aun bien lo recuerdo. Pálido como la nieve de su tierra natal, rubio furioso, su pelo fino y ralo que avizoraba una calvicie inevitable; flaquito y enjuto; envainado en un saco de solapa ancha y pesado, sobrado por todos lados, altisonante para el calor santafesino.
Lo vi desorientado, parado en la puerta de la Estación Belgrano, con una valija de rígido cartón marrón, de esas que usaban los inmigrantes para traer vajilla y enseres incompletos. Me preguntó, en español balbuceante, si sabía dónde quedaba el Barrio Ciudadela y una dirección que traía escrita en un papelito arrugado. Me sorprendió. Me conmovió. Podría haber sido el hermano que nunca tuve.
- ¿De dónde sos?
- De Radom, a orillas del Río Mleczna (largó como si se tratara de acá a la vuelta).
- ¿De dónde? (volví a la carga)
- De Polonia.
- ¿Y qué haces en Santa Fe?
- Busco esta casa (me dijo, mirándome a los ojos y volviendo al papelito)
Lo llevé. Bajé del taxi con él. Supuse que al abrir la puerta aparecería algún compatriota de estirpe aria, pero me equivoqué. Apareció Margarita, una señorona morocha, con delantal floreado y una sonrisa amplia y rutilante. Viuda del curandero del barrio desde hacía un cuarto de siglo. Mucho tiempo humano, un instante para el universo.
Por algún motivo que escapa a mi conocimiento (pero también puedo imaginar), luego de intercambiar tres o cuatro frases y una mirada larga a lo profundo de sus ojos, se echó a los brazos del joven polaco que no paraba de llorar, como un niño. Yo sorprendido…
Hasta la muerte de Margarita, diez años después de ese primer (re) encuentro, fueron inseparables. Los vecinos volvieron a mirarlos con recelo; pero solo al principio, luego se fueron acostumbrando. Incluso algunos pocos que conocieron parte de la historia miraban a la extraña pareja con cariño. Como yo.
Ella solía justificarse diciendo a quien quería escuchar, que le costaba pronunciar su nombre polaco y por eso lo llamaba Don José. Pero yo sé que era…
El jueves, ya enterado de la muerte del polaco, volví a la casa de Ciudadela después de muchos años. Sigue exactamente igual. Bajé del auto con la intención de asomarme por el tapial del fondo. No llegué a hacerlo, una joven mujer desalineada me salió al cruce desde el interior.
- Estoy legal (me dijo, confundiéndome vaya a saber con quién)... Don Fischer me donó la casa antes de morir.
Nada dije. ¿Para qué? Solo me dispuse a huir subiendo al coche. Ella, en la vereda y acariciándose en redondo su panza embarazada me largó:
- Este será nuestro hogar.
Y concluyó:
- ¡Maravillosa coincidencia!
Por algún motivo esa última frase se clavó en mi consciencia. Desde hace días vengo buscando mil interpretaciones, todas delirantes.
Atención
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