El desempleo juvenil es, probablemente, una de las consecuencias sociales más dañinas y duraderas de las políticas económicas del gobierno de Milei. Entre quienes ingresan al mercado laboral, alimenta una frustración que puede derivar en una generación de jóvenes enojados. Muchos ya comenzaron a transitar el camino del exilio, como muestran las estadísticas, frente a un régimen que, en el mejor de los casos, les ofrece apenas ingresos de subsistencia y que, por ahora, no cuenta con nada ni nadie capaz de canalizar racionalmente ese malestar ni de mostrarles una luz al final del camino.
El desempleo juvenil, la frustración social y una luz que se prende en Estados Unidos

Según datos publicados por el Instituto Provincial de Estadísticas y Censos (Ipec), entre 2023 y 2025 el empleo privado registrado cayó 8,2% entre los jóvenes de 18 a 24 años: cuatro veces más que el promedio nacional, que fue del 1,9%. Además, casi dos de cada tres jóvenes están desocupados, como advirtió Matías Maito, director del Centro de Capacitación y Estudios sobre Trabajo y Desarrollo, en un contexto de salarios subsaharianos, precarización laboral y pérdida de poder adquisitivo que agrava todavía más las condiciones de vida.
El modelo impulsado por el gobierno nacional presenta rasgos inéditos en la economía argentina: crecimiento económico con pérdida de empleos y caída de la inversión directa. Solo avanzan los sectores vinculados a los recursos naturales y las finanzas, mientras el resto de la economía acumula dos años y medio de retrocesos, con más de 26 mil empresas cerradas y una destrucción de empleo formal que ya supera los 300 mil puestos.
Es una situación que ni sus defensores más enfáticos logran explicar en términos racionales. En materia de empleo, vuelven a atribuir el problema a una legislación laboral que, según sostienen, desalienta la formalidad. Esa normativa ya fue modificada con retrocesos históricos en los derechos de los trabajadores, pero aun así no alcanza: el gobierno intentará profundizar ese camino en un loop cuyo horizonte parece ser el regreso a relaciones laborales propias del siglo XVIII, aunque tampoco eso resolverá el problema.
El aumento del desempleo debería preocupar cada vez más a los santafesinos. Villa Constitución, en el sur de Santa Fe, registra el índice de desocupación más alto del país como consecuencia de la paralización de Acindar, una de las principales acereras argentinas y una de las empresas más grandes de la provincia. Según los datos publicados por el Indec, el aglomerado San Nicolás-Villa Constitución encabeza el ranking nacional con 10,4% de desocupación, seguido por Bahía Blanca-Cerri (10,1%), Mar del Plata (9,3%), Gran Córdoba (8,8%) y Gran Rosario (8,2%).

El desempleo juvenil, que casi cuadruplica el promedio general; los índices de desocupación que ubican en Santa Fe a dos de los cinco aglomerados más afectados del país; y el dato señalado por un informe del Centro para la Recuperación Argentina de la UBA, según el cual el 35% de los ocupados no llega a cubrir la Canasta Básica Total, configuran un escenario cada vez más crítico. A eso se suma que siete millones de argentinos están en mora con deudas bancarias y no bancarias, mientras crece la salida hacia el juego o la especulación de baja escala, como las criptomonedas, ya no para "salvarse", sino para conseguir algo de dinero para sobrevivir. Todo esto genera un caldo de cultivo en un país partido en dos, contenido por ahora apenas por la Asignación Universal, y vuelve difícil no vincularlo con la ola de suicidios que el año pasado fue la principal causa de muerte en el país.
Una salida inesperada
Acceder a empleos que permitan progresar económicamente y llegar a la clase media es cada vez más difícil, incluso para jóvenes universitarios sobrecalificados. También ocurre en economías como la de Estados Unidos, la más poderosa del mundo y, durante el siglo XX, modelo de buena parte de las sociedades occidentales que intentaron reproducir las condiciones del sueño americano.
Pero ese escenario quedó atrás, como viene señalando en The New York Times el periodista Noam Scheiber, autor de Motín: el auge y la revuelta de la clase trabajadora con estudios universitarios. En ese libro, Scheiber describe cómo el "malestar generacional" de los jóvenes universitarios está reconfigurando el mapa político estadounidense.
Una de sus figuras más visibles, aunque no la única, es Zoran Mamdani, representante de una nueva clase trabajadora: jóvenes con formación universitaria, hábitos culturales de clase media y salarios propios de trabajadores precarizados.
La más reciente es la candidata demócrata socialista Melat Kiros, una abogada y activista de 29 años nacida en Addis Abeba, que este martes derrotó en Denver a la veterana representante Diana DeGette, con casi 30 años en el cargo. Su triunfo refleja una tendencia creciente dentro de un Partido Demócrata cada vez más inclinado hacia la izquierda.
"Lo que radicaliza es la brecha entre expectativas y realidad: hicieron enormes sacrificios para conseguir un boleto hacia la clase media alta y ese boleto no cumplió con lo prometido", le dijo Scheiber a Marina Putruele, periodista de Clarín, en una entrevista publicada días atrás. Allí describió las condiciones que están dando origen a este colectivo de graduados universitarios: jóvenes que hicieron todo lo que se les exigió, se endeudaron para formarse como ninguna generación anterior y hoy siguen endeudados, con empleos mal pagos y sin posibilidad de acceder a una vivienda, símbolo histórico del ingreso a la clase media.
"Lo que más preocupa es que les cueste conseguir trabajo: desde hace cinco años la tasa de desocupación de los graduados universitarios supera la tasa nacional, algo inédito en la historia", escribió Scheiber en una nota publicada en marzo de este año en el Times, titulada ¿Por qué los graduados universitarios se sienten traicionados?. Allí advierte que, para agravar el panorama, todavía falta el impacto de la inteligencia artificial, que podría producir efectos similares a los de la automatización industrial del siglo pasado.
"En los años 90 les dijeron que la universidad empezaba en el jardín de infantes; luego, el presidente Clinton afirmó que el retorno de la educación duplicaba al del mercado de valores, y el presidente Obama sostuvo que la universidad no era un lujo, sino un imperativo económico. Pero en 2005 empezaron los problemas: la desigualdad de ingresos entre quienes trabajaban en tecnología y el resto se agravó con la Gran Recesión de 2008 y se acentuó con el Covid", escribió Scheiber.
Esta situación viene modificando el mapa político de Estados Unidos en varios sentidos. En los últimos años, los graduados con simpatía por el socialismo duplicaron sus opiniones favorables a esa corriente, pese a la advertencia de Peter Thiel sobre la proletarización de los jóvenes y el riesgo de que terminen acercándose al comunismo. También crece la sindicalización de quienes se sienten desfavorecidos por las condiciones sociales en las que viven.
"La clase media construyó Estados Unidos y los sindicatos construyeron la clase media", repitió muchas veces el presidente Joseph Biden. También señaló al sindicalismo como "motor de la prosperidad de la clase media" y respaldó la formación de sindicatos, como el United Auto Workers en 2023, cuando incluso se sumó personalmente a un piquete, un hecho inédito entre los presidentes estadounidenses.
El modelo impulsado por el gobierno nacional presenta rasgos inéditos en la economía argentina: crecimiento económico con pérdida de empleos y caída de la inversión directa. Solo avanzan los sectores vinculados a los recursos naturales y las finanzas, mientras el resto de la economía acumula dos años y medio de retrocesos, con más de 26 mil empresas cerradas y una destrucción de empleo formal que ya supera los 300 mil puestos.








