Hay vidas abundantes, llenas de fuerza vital, que se derraman en quienes las rodean. Brindan alimento espiritual incidiendo en el florecimiento de sus existencias. Aunque ese manto, que envuelve e irradia influencia, puede también marchitar cuando lo que proporciona ahoga irremediablemente.
La vida como realidad que se contagia (“Soy esa flor”, de Alfonsina Storni)
Un análisis sobre cómo la cercanía de otros puede nutrir o agotar nuestra propia existencia a través del misterioso contagio de la vitalidad, el alma y el espíritu. Se indaga en estas zonas de la intimidad humana como un instrumento clave para comprender la raíz desde donde vive cada individuo.

Todas las vidas dan influjos y los reciben, ya sea con conocimiento o inconscientemente. Más allá de que algunas, por las circunstancias que sean, son más influyentes que otras y se convierten en un hontanar para quienes las frecuentan cotidianamente. Estas brotan, florecen, se secan y vuelven a abrotoñar bajo su amparo sostenido en el tiempo.
En el poema “Soy esa flor”, la poetisa Alfonsina Storni describió esa situación (en el libro “Irremediablemente…”, año 1919): “Tu vida es un gran río, va caudalosamente,/ A su orilla, invisible, yo broto dulcemente./ Soy esa flor perdida entre juncos y achiras/ Que piadoso alimentas, pero acaso ni miras.//”
“Cuando creces me arrastras y me muero en tu seno,/ Cuando secas me muero poco a poco en el cieno;/ Pero de nuevo vuelvo a brotar dulcemente/ Cuando en los días bellos vas caudalosamente.// Soy esa flor perdida que brota en tus riberas/ Humilde y silenciosa todas las primaveras”.
Este mecanismo fue abordado por el filósofo José Ortega y Gasset, considerándolo el “grave misterio de la transfusión vital”. Para el pensador español la vida es “la realidad única, entre todas las del cosmos, que se contagia”. Toda vida, resaltó, es capaz de contaminar y contaminarse, y resulta contagiosa tanto en lo corporal como en lo espiritual.
A su vez, se contagia tanto la buena como la mala vida, al igual que la mucha o la poca. Mostró Ortega que el hombre, si convive entre los fuertes, se robustece y, si lo hace entre débiles, queda extenuado. Incluso, agregó, se transmite la vejez y la juventud.
Estos asuntos fueron analizados por el filósofo madrileño en ocasión de estudiar la “tectónica de la persona”, que es la “estructura de la intimidad humana”. Los expuso en un texto que enuncia en su título a las tres partes que, a su entender, conformaban esa estructura: “Vitalidad, alma, espíritu” (en “El Espectador V”, año 1926).
A la zona que constituye el cimiento y raíz de la persona, Ortega la denominó “vitalidad” o “alma corporal”. Ella es subconsciente, oscura y latente, y para comprenderla bien expresó que “cada cual advierte que todos sus actos, mentales o materiales, manan, como de un hontanar, de un oculto tesoro de energía viviente, que es el fondo de su ser”.
Esta parte, justamente, posee una cuantía determinada y cada uno puede sentirla “menguar y otras henchirse como una vena fluvial hasta cierto nivel máximo”. Pero Ortega y Gasset resaltó que eso sucede también y con claridad al entrar en contacto con otras personas. Ahí puede notarse “la cantidad y calidad de la vitalidad ajena”.
La vitalidad o su falta influye sin otra razón que por sí misma, solo por lo que irradia. Suele suceder, expresó el filósofo, que luego de conversar con alguien nos sentimos tonificados, pero no porque la persona sea inteligente ni bondadosa. Sin haber sucedido nada de eso, se sale de su trato con confianza, optimista, “saturados de impulsos y plenitud, con una firme fe en la existencia”.
Desalienta Ortega, enseguida, a pretender encontrar los motivos concretos de ese aumento de vitalidad, pues no se los hallará. A su vez, sucede a la inversa con la proximidad de personas cuya vitalidad solo “nos deja maltrechos y extenuados, llenos de desconfianza y como si la existencia hubiese cobrado un agrio sabor”. Después de ese encuentro, se es menos que antes.
Esta experiencia constatable por cualquiera nos hace ver, según Ortega, a dos clases de personas. Unas, dotadas de “vitalidad rebosante, que se mantienen siempre en superávit” y su exceso “nos contamina favorablemente, nos corrobora y nutre”. Y las otras, de “vitalidad insuficiente, siempre en déficit”, cuyo defecto “nos deprime y mengua”.
La vitalidad, esa potencia que nace del fondo íntimo del hombre y contagia de un modo diverso, convive con el “espíritu” que, según Ortega, es el “centro último y superior, lo más personal de la persona”. El espíritu, expresó, es el “conjunto de los actos íntimos de que cada cual se siente verdadero autor y protagonista”. Y se manifiesta en sus actos instantáneos de querer (voluntad) y pensar.
Entre la vitalidad y el espíritu, está el “alma”. Ella es un ámbito intermedio que, sostuvo Ortega, resulta “más claro que la vitalidad, menos iluminado que el espíritu y que tiene un extraño carácter atmosférico”. El alma es la región de los sentimientos y emociones, de los deseos, impulsos y apetitos.
El espíritu está sumido a modo de náufrago en el alma, agregó Ortega, la cual lo envuelve y alimenta. Los amores, las inclinaciones, los odios y los deseos vienen del alma; y el rol del espíritu, enseñó Ortega, es el de ser espectador, pero no uno cualquiera, sino que “interviene en ellos como jefe de policía, sentencia sobre ellos como juez, los disciplina como capitán”.
Advirtió el filósofo la necesidad de ser conscientes de las posibles acciones que posee el espíritu sobre el alma y tener en cuenta sus límites. El espíritu no puede crear un sentimiento, ni tampoco aniquilarlo. Pero aclaró Ortega que puede, ante el surgimiento de un deseo o una emoción en determinado punto del alma, “cerrar el resto de ella e impedir que se derrame hasta ocupar todo su volumen”.
Así, el hombre bajo el imperio del espíritu, de la voluntad, observó el filósofo, es capaz de contraer el alma, cerrar sus poros y hacerla hermética o, en cambio, “esponjarla, dilatar sus poros, aprestándola a absorber grandes cantidades de amor o de odio, de apetitos o de entusiasmo”.
Resulta de interés, entonces, lograr distinguir estas tres zonas en la intimidad humana, en tanto permite poseer -a criterio de Ortega- un buen instrumento para observar las diferencias elementales en los caracteres y modos de ser de las personas. Todas tienen una ecuación diversa en la combinación de esos ingredientes.
Existen las personas que tienen mucho espíritu y poca alma o a la inversa, o desbordantes de vitalidad y escasas de ambos. Igualmente, para Ortega es más importante el orden o colocación que su cantidad. A punto tal que cuando entablaba una relación con una nueva persona, se preguntaba “desde dónde vive, es decir, cuál de esas tres potencias sirve de base y raíz a su vida”.
Esta incógnita no es menor cuando se trata de las personas con las cuales convivimos o integran el entorno diario, pues esas vidas como el gran río que envolvió a esa flor de Alfonsina, nos harán morir en su cieno o brotar dulcemente.
El nombre del ciclo corresponde a un verso del poeta Roberto Juarroz: “Un poema salva un día”.













