En su discurso en el Foro Económico Mundial de este año, Javier Milei puso de manifiesto una visión del mundo que merece ser examinada con cuidado: "La oposición entre las dimensiones de eficiencia y justicia es falsa y errónea; esto es lo justo no puede ser ineficiente ni lo eficiente injusto (…) justicia y eficiencia son dos caras de la misma moneda".
Cuando la eficiencia eclipsa la justicia
Entre el cálculo y el rostro del otro: por qué la justicia no puede reducirse a la eficiencia

Equiparar eficiencia con justicia implica reducir esta última a un criterio técnico, económico o funcional, despojándola de su densidad ética. Esta equivalencia no solo es cuestionable, sino profundamente problemática.
En primer lugar, conviene precisar qué entendemos por eficiencia. En términos generales, la eficiencia se refiere a la optimización de recursos para alcanzar determinados fines con el menor costo posible. Es un concepto instrumental: mide la relación entre medios y fines, pero no juzga la legitimidad de esos fines.
La justicia, en cambio, pertenece al ámbito de lo normativo y lo ético: remite a lo que es debido, a lo que corresponde a cada persona en virtud de su dignidad. Confundir ambos planos implica subordinar la justicia a la lógica de la productividad, lo cual entraña un riesgo evidente: que aquello que no resulta "eficiente" sea descartado, incluso si es justo o necesario desde una perspectiva humana.
El papa Francisco ha insistido, de manera sistemática, en una crítica a lo que él denominaba la "cultura del descarte". En documentos como Evangelii Gaudium o Laudato Si', advierte que cuando la lógica económica se convierte en el criterio rector de la vida social, los más vulnerables quedan excluidos.
La eficiencia, en este marco, no es neutral: tiende a privilegiar aquello que produce valor económico y a invisibilizar aquello que no lo hace. Así, los pobres, los ancianos, los migrantes o los enfermos corren el riesgo de ser considerados "ineficientes".
Para Francisco, una sociedad justa no puede medirse únicamente por su rendimiento económico, sino por su capacidad de incluir, cuidar y dignificar a todos sus miembros, especialmente a los más frágiles.
Desde esta perspectiva, la afirmación de Milei invierte el orden adecuado: no es la justicia la que debe derivarse de la eficiencia, sino la eficiencia la que debe estar subordinada a la justicia.
Una política pública puede ser altamente eficiente en términos de reducción de costos, pero profundamente injusta si deja sin acceso a derechos básicos a una parte de la población. La eficiencia, por sí sola, no garantiza la equidad ni el respeto por la dignidad humana.
El pensamiento de Emmanuel Lévinas ofrece aquí una clave decisiva y, al mismo tiempo, exigente. Para Lévinas, la ética no nace de un sistema ni de un cálculo racional, sino del encuentro con el rostro del otro, que irrumpe como una presencia concreta, vulnerable e irreductible.
Ese rostro no es simplemente una imagen: es una interpelación que me desinstala y me coloca en una posición de responsabilidad. La justicia, en este horizonte, no puede entenderse como un equilibrio neutral de intereses ni como la aplicación imparcial de una norma abstracta.
Surge, más bien, cuando esa responsabilidad originaria -asimétrica, incondicional- se abre a la presencia de múltiples otros: es el intento siempre imperfecto de responder a todos sin traicionar la singularidad de cada uno. Por eso, la justicia implica necesariamente instituciones, leyes y mediaciones, pero nunca puede reducirse a ellas.
Mantiene una tensión permanente entre la universalidad de la norma y la singularidad del rostro. En este sentido, la justicia es siempre desbordante: excede cualquier cálculo porque nace de una responsabilidad que no tiene medida, una responsabilidad que obliga incluso cuando no resulta eficiente, cuando no conviene, cuando no cierra.
Si seguimos esta línea, la idea de que la justicia pueda coincidir plenamente con la eficiencia resulta insostenible. La exigencia ética del otro puede demandar acciones que, desde un punto de vista estrictamente técnico, sean "ineficientes".
Cuidar a quien no puede retribuir, garantizar derechos a quienes no generan beneficios económicos, sostener políticas inclusivas en contextos de crisis: todo ello puede implicar un costo elevado. Pero es precisamente en ese "exceso" donde se juega la justicia.
Lévinas advierte además sobre el peligro de totalizar al otro, es decir, de subsumirlo en sistemas que lo convierten en un número o en una función. La lógica de la eficiencia tiende, justamente, a este tipo de reducción: transforma a las personas en variables prescindibles. Frente a ello, la ética levinasiana insiste en la irreductibilidad del otro.
En este punto, resulta significativo advertir que tanto el papa Francisco como Lévinas, provenientes de tradiciones distintas -el cristianismo y el judaísmo-, convergen en una misma intuición ética que forma parte del núcleo más fecundo de los llamados "valores occidentales".
Lejos de reducir Occidente a una racionalidad instrumental o a una lógica puramente económica, ambos recuperan una herencia en la que la dignidad de la persona, la responsabilidad por el otro y el primado de la ética sobre el cálculo ocupan un lugar central.
Volviendo a la afirmación de Milei, podría argumentarse que una mayor eficiencia económica genera más recursos y, por lo tanto, permite mejorar las condiciones de vida de la población. Este argumento, sin embargo, supone una relación automática entre crecimiento y distribución que la experiencia histórica desmiente.
La eficiencia en la generación de riqueza no garantiza su distribución justa. Por el contrario, la riqueza tiende a concentrarse en cada vez en menos manos, mientras el prometido "derrame" nunca acontece.
El papa Francisco ha sido particularmente claro en este punto: el mercado, por sí solo, no resuelve los problemas sociales. Requiere de una orientación ética y política que priorice el bien común. La justicia, en su visión, implica una opción preferencial por los excluidos y vulnerables, es decir, un criterio que orienta las decisiones más allá de la mera eficiencia.
No se trata de negar la importancia de una buena administración de los recursos, sino de reconocer que esa administración debe estar al servicio de la dignidad humana y no al revés.
En este sentido, la frase "eficiencia y justicia son dos caras de la misma moneda" puede leerse como una forma de entramado ideológico que busca silenciar la conciencia: sugiere que no hay tensiones entre ambos valores, que basta con promover la eficiencia para que la justicia se realice automáticamente. Pero esta armonía es, en gran medida, ilusoria.
La historia de las políticas públicas muestra que, con frecuencia, hay conflictos entre eficiencia y justicia, y que resolverlos requiere decisiones éticas y políticas explícitas, no simples automatismos del mercado o de la técnica.
Una sociedad verdaderamente justa no puede delegar su horizonte ético en la lógica de la eficiencia. Necesita, por el contrario, una deliberación constante sobre sus fines, una escucha atenta de los más vulnerables y una disposición a asumir costos en nombre de la dignidad humana.
Tanto el papa Francisco como Emmanuel Lévinas coinciden, desde tradiciones distintas, en esta prioridad de la ética sobre la técnica, del otro sobre el sistema.
En definitiva, el discurso de Milei expresa una concepción reductiva de la justicia, que la subordina a criterios instrumentales. La justicia no puede ser medida únicamente en términos de eficiencia, porque su raíz no está en el cálculo, sino en la dignidad de la persona y en la responsabilidad por el otro.
Si las "fuerzas del cielo" actúan en algún lugar, no es para legitimar la insensibilidad de los poderosos ni para clausurar el diálogo con el otro, sino para generar encuentro en la diversidad y hacerse oír en el clamor del vulnerable.
El autor es profesor y licenciado en Filosofía. Investigador del Instituto de Filosofía de la Universidad Católica de Santa Fe.












