Un hilo no tan secreto une el destino del doctor Janusz Korczak y su Casa de Huérfanos (Dom Sierot), en Varsovia, con las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.
Los nudos del humanismo
Janusz Korczak, pedagogo y médico polaco, dedicó su vida a los derechos de los niños en medio del horror de la Segunda Guerra Mundial, uniendo su legado con Hiroshima y Nagasaki. Son símbolos de humanidad perdida y claras lecciones no aprendidas por la historia reciente.

La distancia entre Polonia y Japón es enorme, pero el recorrido de ambos países es muy cercano: ellos fueron víctimas de crímenes de lesa humanidad. Janusz Korczak, cuyo verdadero nombre era Henrik Goldszmit, ha sido una de las personalidades más destacadas e interesantes de la pedagogía contemporánea (*).
Su vasta cultura y la diversidad de intereses lo llevaron a desempeñar diferentes funciones donde puso de manifiesto su amor por los niños y su sentimiento de responsabilidad ante los problemas sociales.
Periodista y escritor, médico de profesión, su pasión por modificar la realidad lo hizo educador por vocación. Así fue como en el estrecho y horrendo perímetro del Ghetto de Varsovia creó un hogar para los niños judíos confinados y desamparados a causa de la guerra, el odio y el racismo.
Con grandes esfuerzos logró mantener en funcionamiento una institución que brindaba dignidad. Korczak permaneció junto a sus doscientos chicos y colaboradores -Stefa Wilckynszka y unos veinte educadores- cuando, arreados al campo de exterminio de Treblinka, fueron asesinados en fecha incierta de agosto de 1942 por los nazis.
Para la memoria colectiva y la historia del mundo, también es de suma tristeza recordar los acontecimientos del 6 y 9 de agosto: aviones estadounidenses lanzaron sobre la ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki sendas bombas atómicas, directamente sobre la población civil.
Su intensidad fue mayor que mil relámpagos; esos bombardeos, en un breve instante, acabaron con la vida de miles de personas, con efectos secundarios inmediatos y secuelas posteriores de la radiación que permanecen allí hasta hoy. Se acusó a los nazis en Nuremberg de crímenes de Lesa Humanidad.
No hubo denuncia contra Estados Unidos por cometer una espantosa violación de derechos humanos. Para Korczak los niños tienen derechos inalienables (protección, alimentación, educación, crianza, enseñanza), pero todo ello no es suficiente para su desarrollo personal ni para la sociedad si se quiere construir un mundo libre, justo y humano.
Testigo de un tiempo duro y cruel, Korczak imponía el aprender con el ejemplo, promoviendo en los niños experimentar y ejercer la ciudadanía, practicar la sensatez, resolver las controversias sin recurrir a la violencia. En sus acciones diarias llevó a los chicos de su Casa de Huérfanos a cultivar la democracia, a reconocer sus valores y a defenderla.
Walter Benjamín alertó sobre los peligros inherentes al modelo dominante del progreso técnico. Su doble protesta fue contra el progreso técnico en la guerra y contra la destrucción de la naturaleza: el progreso científico-tecnológico (bombas atómicas, cámaras de gas, hornos crematorios) sirviendo para la muerte, no para mejorar la vida.
Por eso, no basta con que existan a lo largo del mundo Museos del Holocausto como siniestro recordatorio del horror nazi para enseñar a la posteridad los extremos abominables a los que puede llegar el poder.
También debería haber museos dedicado a describir los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki y sus consecuencias, algo que los Estados Unidos se lo deben al mundo. La paz no es un símbolo; representa un objetivo vital de que en los pueblos se haga realidad una cultura que respete los derechos humanos.
Es imprescindible sustituir la cultura autoritaria, belicista, agresora y discriminatoria reinante para tener la posibilidad de alcanzar la permanencia de verdaderas democracias, porque pocas veces escuchamos los gritos que claman por castigo a los responsables de terribles violaciones de derechos humanos
Trabajamos para los chicos de Gaza, del Kurdistán, del Sahel, de los barrios y lugares postergados de nuestros países; trabajamos para la paz, pero no la paz de los cementerios ni la pax romana impuesta a la fuerza manu militari por opresores sobre sometidos.
Trabajamos para esa paz compleja, agitada, difícil que implica la vida de los seres humanos, de los pueblos: la paz del trabajo, de las risas, del futuro digno y previsible. Pasaron cincuenta años para que una Convención afirmara la importancia de los derechos activos de los niños, y consecuentemente las obligaciones de la sociedad que conlleva con ellos.
Hoy día, casi todos los estados del mundo se han comprometido a ponerlos en práctica. Sin embargo, esos derechos proclamados y escritos en un papel están lejos de ser concretados en acciones cotidianas. En ese hilo, unos nudos nos compelen e interpelan: el humanismo. Ese es el desafío.
(*) Sobre este increíble ser humano puede leerse "La singular y estremecedora historia de Janusz Korczak", del profesor Daniel Silber, publicada por este medio el 12 de agosto de 2023.
Un gran atentado terrorista (1)
Hiroshima y Nagasaki: el "nombre propio" de las bombas nucleares que iniciaron la hegemonía de Estados Unidos en el mundo, deben ser definidas, en conceptos de la autora Gabriela Liszt, como lo que realmente fueron: "un gran atentado terrorista perpetrado en nombre de la democracia".
La Segunda Guerra Mundial había terminado, explica Liszt, "pero Estados Unidos necesitaba demostrar al mundo su fuerza hegemónica". El 16 de julio de 1945, el gobierno de Estados Unidos había realizado la primera prueba de un arma nuclear en el desierto de Alamogordo, estado de Nuevo México. Fue apenas el ensayo.
El 6 y 9 de agosto del mismo año tomó la decisión de lanzar las dos primeras bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima (al oeste de Japón) y Nagasaki (sobre la costa sudoeste de Kyushu).
"Según Estados Unidos, necesitaba hacer esto para evitar la muerte de miles de soldados norteamericanos. Sin embargo, Japón a esa altura de la guerra ya estaba derrotado, por lo que el objetivo era político-militar", prosigue Liszt en su clara explicación.
Evidentemente, asume Liszt, el objetivo a esa altura era más político que militar, ya que Washington, según remarca ella misma, "desde el inicio de la guerra se proponía definir el reparto del mundo a su favor y consolidar su hegemonía a nivel mundial, así como Alemania se había propuesto dominar Europa".
"A un objetivo contrarrevolucionario le corresponden medios contrarrevolucionarios. Los dos recurrieron al terrorismo de Estado, al racismo y el genocidio para exterminar en masa a millones de personas y lograr sus objetivos", concluye.
(1) Fragmento extraído de la nota "Historia de la Segunda Guerra Mundial", de Gabriela Liszt, para Red Internacional. Texto adaptado para su publicación en El Litoral.













