¿Cuánto estamos dispuestos a comprometer cuando decimos que creemos en una causa? La pregunta adquiere otro peso cuando lo que está en juego es nuestro patrimonio, la seguridad de nuestra familia y un futuro que nadie puede garantizar.
Gregoria Pérez de Denis: la santafesina que sostuvo la Revolución
Cuando el futuro de la gesta revolucionaria todavía era incierto, una mujer de Santa Fe puso sus recursos a disposición del general Manuel Belgrano. Su decisión permite comprender cuánto dependió aquella empresa del compromiso de personas que también tenían mucho que arriesgar.

Gregoria Pérez de Denis respondió con una decisión concreta. En los primeros meses de la Revolución de Mayo, ofreció recursos de sus establecimientos para sostener al ejército que Manuel Belgrano conducía hacia el Paraguay.
Era una mujer santafesina, viuda y responsable de un patrimonio importante. Su historia suele resumirse en unas pocas palabras: ayudó a Belgrano. Pero detrás de esa síntesis hay una elección que merece ser comprendida en toda su profundidad.
En aquel momento, la Revolución estaba lejos de tener asegurado su porvenir. Buenos Aires había formado una Junta, pero su autoridad debía afirmarse en un territorio extenso, atravesado por intereses distintos y lealtades en disputa.
La Independencia aún no había sido declarada. Nadie podía saber cuánto duraría el nuevo gobierno ni qué consecuencias tendría apoyarlo. Belgrano marchaba al frente de una fuerza que debía organizarse mientras avanzaba. Los hombres necesitaban comer, descansar, disponer de animales y transportar sus equipos. Cada jornada dependía de recursos que debían obtenerse en el camino.
En esas necesidades cotidianas también se decidía el destino de la Revolución. Un ejército puede recibir una orden de marcha, pero necesita medios para cumplirla. Detrás de sus movimientos hay alimentos, carros, caballos y trabajo. Hay personas que entregan lo que poseen y otras que realizan el esfuerzo material de reunirlo y trasladarlo. Gregoria comprendió esa urgencia.
En octubre de 1810, puso a disposición de Belgrano sus haciendas, bienes y recursos en la zona comprendida entre el arroyo Feliciano y el puerto de las Estacas, en el actual territorio entrerriano.
Importa detenerse en el sentido de aquel ofrecimiento. Administraba bienes de los que dependían su vida familiar y sus obligaciones. Comprometerlos con una expedición significaba aceptar que una necesidad colectiva ingresara en el ámbito de lo propio.
No podemos reconstruir sus sentimientos ni atribuirle conversaciones que los documentos no conservan. Sí podemos reconocer lo que expresó mediante sus actos: estaba dispuesta a sostener una causa cuyo desenlace permanecía abierto. Belgrano valoró ese compromiso y dejó constancia de su gratitud. Como conductor, conocía la distancia entre los grandes propósitos y las dificultades de llevarlos adelante.
Una ayuda material podía convertirse en una jornada de marcha, en alimento para los soldados o en la posibilidad de continuar. La trayectoria de Gregoria permite observar, además, una dimensión de la participación femenina que merece mayor atención.
Las mujeres intervinieron en la Revolución desde posiciones muy distintas: combatieron, transmitieron información, atendieron heridos, organizaron recursos y tomaron decisiones sobre sus bienes. Gregoria actuó desde la posición que ocupaba y con los medios que tenía. Su intervención tuvo consecuencias en una empresa militar y política.

Reconocerlo amplía nuestra comprensión de quiénes hicieron posible aquella transformación. También exige mirar más allá de una sola protagonista. Su ofrecimiento se apoyaba en establecimientos donde otras personas trabajaban. La ayuda debía hacerse efectiva mediante tareas, desplazamientos y esfuerzos.
La Revolución alcanzaba así a una trama social mucho más amplia que la de sus dirigentes. Para Santa Fe, recuperar esta historia permite reconocer una contribución propia a los comienzos de la construcción nacional. La ciudad estuvo vinculada con hombres y mujeres que debieron elegir qué hacer frente a una situación nueva, difícil y cargada de incertidumbre.
Gregoria murió en Santa Fe en 1823. Su nombre permanece en homenajes y en una localidad de la provincia. Pero recordar una vida exige algo más que conservar su nombre: supone preguntarnos qué puede enseñarnos su decisión. Quizás su legado encuentre allí su mayor fuerza. En comprender que el compromiso se vuelve real cuando tiene un costo.
En advertir que una causa necesita personas dispuestas a sostenerla durante sus momentos más difíciles. Y también en reconocer que quienes aportan los medios para continuar también participan de la historia. Gregoria Pérez de Denis puso una parte de su mundo al servicio de un futuro que todavía no existía.
Más de dos siglos después, su gesto sigue interrogándonos: ¿qué estamos dispuestos a aportar para construir el país que deseamos?
El autor es historiador y especialista en geopolítica.












