Ayer pregunté por mí. Durante varias horas estuve sometido a la obsesiva y recurrente idea de indagar sobre mi identidad real. Sobre un factor que habita piel adentro y no se agota en un frío ADN o en un parco DNI. Al principio, solo encontré evasivas, miradas huidizas, silencios.
Mi verdadero yo, al descubierto
En una introspección profunda, el autor se enfrenta a sus propios fantasmas y descubre aspectos ocultos de su identidad que redefinen su percepción personal.

Sin embargo, la ambición y la confianza en mis propias fuerzas (patrimonios de los cuales había carecido hasta entonces), afloraron repentinamente. Mi búsqueda se vio imbuida de un impulso tenaz e inclaudicable. Y así fue que, ante cada consulta, di por inaceptables las evasivas, las miradas huidizas y los silencios.
Se avecinaba la noche. La perseverancia, otra cualidad esquiva pero que en aquel momento ostentaba, me permitió descubrir mi dimensión más oculta. Por primera vez entendí que debía convertirme en sabueso de mí mismo. En esa gestión estaba cuando, de pronto, una figura misteriosa, de rostro indescifrable, se puso ante mí y admitió haberme visto.
Sostuvo que, durante más de cincuenta años, había acompañado mis sueños, mis frustraciones, mis lealtades. Había sido testigo y aliciente de mis amores nunca bastardeados. Reconoció que me había alentado en el supremo apego a los valores morales y que me había librado de posibles maridajes con la envidia, la difamación y la mentira.
Fue objetiva. Por momentos, cruel y despiadada. Sobre todo cuando desgranó, una a una, mis pequeñeces, mis indiferencias y mis resignaciones.
Llegamos a un acuerdo: sus datos, en canje por el compromiso de no recriminar, al ser buscado, lo que pudo concretar y que, por negligencia, nunca llevó a cabo. Una vez sentadas las bases del entendimiento solo restaba que me dijera su nombre. Me lo confesó. Se llamaba: la vida.
Para comunicarse con el autor: [email protected].














