Cuando en los últimos años de la primaria les pedí a mis padres que llamen al Liceo Militar “Grl. Belgrano” para indagar detalles sobre su oferta académica y evaluar las posibilidades de la familia para poder ingresar al mismo, lo hice persiguiendo un sueño: conocer el mundo militar y vestir esos uniformes tan impresionantes que veía muy esporádicamente en alguna noticia o en un desfile. No quería ir a una escuela técnica, ni religiosa, ni comercial. Quería ser Cadete de un Liceo Militar, que me traten y me exijan como tal. Mis padres estuvieron de acuerdo.

































