Hay palabras que parecen haber quedado en un cajón viejo del idioma. Uno las pronuncia y escucha un eco de voces remotas, de manos que trabajaban una madera o una tela antes de una fiesta. "Acicalar" es una de esas palabras. En el Diccionario de la Real Academia Española se la define como "arreglar o aderezar a alguien" y, en un segundo sentido, como limpiar, alisar o bruñir.
Acicalar: una ética de la atención
El arte de retirar lo superfluo en la naturaleza, la literatura y la vida cotidiana define una ética profunda del cuidado y la búsqueda de lo esencial. Y la palabra que lo refleja plenamente es "acicalar", que, como dice el autor, "no es adornar lo real; es despejarlo para que pueda mostrarse".

El Wikcionario recuerda que procede del árabe ṣaqal y que su primer significado es, justamente, "limpiar con esmero, bruñir". Pero muy pronto la acepción se amplía: pulir, adornar, afeitar, afinar. Así, la lengua, caprichosa, acaba extendiendo esta acción a lo espiritual: afinar el espíritu; aguzar las potencias.
A partir de ese deslizamiento semántico, entonces, se abre un campo de reflexión. ¿Qué es acicalar, más allá del cuidado superficial? ¿Por qué la misma palabra que se usa para cepillar un caballo sirve para hablar de la corrección de un texto o de la afinación del carácter?
En la naturaleza, el acicalamiento es una actividad vital. Los observadores de aves señalan que todas las especies dedican tiempo a alisar y limpiar sus plumas para mantenerlas en buen estado: quitando parásitos, preservando el aislamiento térmico y evitando enfermedades. Una pluma dañada no sólo es un defecto estético; pone en riesgo el vuelo.
En una pareja monógama, cuando un pájaro arregla las plumas del otro, el gesto ya no es higiene sino vínculo: quitar los parásitos de un lugar inaccesible es renovar el compromiso, seducir y cuidar. En bandadas, el acicalamiento se vuelve una coreografía social que reafirma jerarquías y alianzas y puede incluso darse entre distintas especies.
Ese ritual, casi inconsciente, mezcla placer y dominación con la solidaridad de quien ayuda al otro a mantener su vuelo. Los mamíferos no son ajenos a este impulso. Los gatos dedican hasta la mitad de sus días a lamerse. Su lengua rugosa arrastra polvo y pelo muerto, elimina parásitos y mantiene el pelaje en condiciones; no es solo de aseo, sino de supervivencia.

Cuando el animal se acicala demasiado o demasiado poco revela un desequilibrio: puede hacerse daño o acumular suciedad. También aquí el gesto de cuidado es una negociación entre la necesidad y el exceso. Si miramos con atención, acicalar es siempre una forma de atención. No es casual que la tercera acepción del verbo aluda a "afinar, aguzar el espíritu".
El mismo cuidado que un ave dispensa a sus plumas lo ejercemos cuando corregimos un texto. Entre el borrador y la publicación hay un proceso laborioso que exige paciencia y humildad: retirar repeticiones, sustituir adjetivos, eliminar florituras (adornos). Gustave Flaubert, en su búsqueda del mot juste (la palabra justa), podía dedicar semanas a unas pocas páginas o dos días a un único párrafo.
Acicalar un texto no es adornarlo, sino quitar lo que oculta la idea. Hay un testimonio similar en los diarios de Adolfo Bioy Casares, que recoge palabras de Jorge Luis Borges: el proyecto de un libro es "la sombra de algo que está en la mente del autor" y los borradores acercan esa sombra a su forma real.
Borges, por ejemplo, pensaba que no hay poemas malos, sino inacabados. Y William Butler Yeats -el poeta irlandés- necesitó décadas y muchas correcciones para que sus poemas alcanzaran la forma que intuía. Esa idea conmueve: el texto ya existe, pero hay que acicalarlo hasta que se revele.
Corregir es quitar lo que sobra, como el pájaro que se libra de parásitos para volar. El exceso de plumas impide el vuelo; el exceso de palabras, la comprensión. Lo mismo ocurre con nosotros cuando nos peinamos o elegimos una camisa para presentarnos al mundo con dignidad. El acto no es mero ornamento; es un cuidado que prepara cuerpo y mente para la jornada.
Si "acicalar" proviene del bruñido de una espada, pulirnos a nosotros mismos nos prepara para nuestras batallas. El verdadero acicalamiento no busca impresionar, sino revelar. Por eso una palabra que puede significar maquillaje excesivo también nombra el gesto discreto de ordenar una arruga para ver mejor el rostro.
En la arquitectura ocurre algo similar: el detalle acicala la forma. Un resquicio de luz en una habitación sin ventanas o la pulimenta final de una pared de sillería -el acto humilde de dar el último pulimento y señalar las juntas- hacen que el espacio respire. Sin ese cuidado minucioso, la estructura más armoniosa puede volverse tosca.
Podemos ir todavía más lejos y pensar el acicalamiento como una ética. La metáfora del vuelo del moscardón -ese insecto que nos enseñó la insistencia y la metamorfosis- recuerda que no basta con volar verdadero: hay que alisar las alas después de cada golpe.
Acicalar y persistir en realidad son caras de la misma moneda: un equilibrio entre la acción y la preparación. Repetir sin cuidado conduce al agotamiento; corregir sin impulso produce inmovilidad. Y en el ámbito de las relaciones humanas, el acicalamiento se vuelve metáfora del contacto.
Así como las aves reafirmaban sus lazos mediante la limpieza mutua, nosotros renovamos nuestros vínculos con gestos de atención y palabras. Peinar el cabello a una hija, acomodar la ropa de un amigo antes de una foto o sugerir una corrección son maneras de cuidarse.
Sin embargo, estos gestos pueden encubrir jerarquías, como cuando un ave se deja acicalar para reafirmar su subordinación. Por eso el acicalamiento sólo es amoroso cuando no humilla y permite que el otro conserve su vuelo. La clave, como en el sirirí pampa, está en la reciprocidad: solo cuando el cuidado va y viene se convierte en confianza.
La etimología árabe de nuestra palabra remite al pulimento y al brillo. Ese brillo no se obtiene con barnices artificiales, sino frotando, desgastando, limando. En el taller de un orfebre el bruñido elimina asperezas y revela el metal; en la escritura, suprimir un adjetivo permite que la imagen respire; en la vida, retirar un hábito deja espacio para un gesto genuino.
Por eso acicalar es también una práctica de atención, ya que nos invita a mirar de nuevo y a desmontar el automatismo. Sin embargo, hay un peligro en la obsesión por la perfección. El propio Flaubert, que podía pasar días en un párrafo, se arriesgaba a quedar atrapado en la frase. Borges publicaba para dejar de corregir.

El perfeccionismo puede convertir el acicalamiento en una prisión: textos demasiado pulidos pierden frescura y vidas demasiado arregladas pierden alegría. El acicalamiento debe conducir a la claridad, no a la rigidez. Conviene hacerlo con ternura y humildad, conscientes de que nunca eliminaremos todas las imperfecciones y de que lo esencial aparece cuando despejamos lo accesorio.
El escultor japonés Isamu Noguchi pulía unas superficies de sus piezas y dejaba otras rugosas para equilibrar la intervención humana y la forma natural; igual que los jardines japoneses, donde musgo y arena se peinan a diario para revelar su textura. Ese gesto no pretende dominar la materia, sino permitir que se vea su esencia.
Lo mismo hace el corrector literario cuando retira una coma: no impone su voz, sino que deja que el texto se oiga mejor. Lo mismo hace quien cuida a otra persona: no la convierte en otra cosa, sino que le ayuda a brillar. Quizás por eso nos conmueve tanto la imagen de un ave limpiando las plumas del compañero o de un escritor tachando una frase. Vemos en ellas una ética del cuidado.
En un mundo que premia la velocidad y la acumulación, detenerse a pulir algo -un cuerpo, un objeto, un texto- es un acto de resistencia. Requiere reconocer que lo valioso no siempre coincide con lo espectacular, que hay más elegancia en una línea sobria que en un exceso de ornamentos. Acicalar no es adornar lo real; es despejarlo para que pueda mostrarse.
A cada paso el mundo nos empuja a agregar: adornos, palabras, gestos. Rara vez nos invita a quitar. El acicalamiento nos recuerda que el brillo surge de la retirada cuidadosa de lo que sobra. Llegamos así a la paradoja final: acicalar, entendido como embellecer, puede ser un acto superficial; entendido como cuidar, es un acto profundo.
Una mano que plancha una camisa revela tanto amor como una mano que subraya un verso. Una lengua que recorre un pelaje no conoce la idea de belleza, pero sabe que de esa repetición depende su supervivencia. Y un escritor que corrige un adjetivo quizás esté afinando su propia mirada.
Acicalar es un verbo pequeño para un gesto inmenso. Conviene recuperarlo y recordarnos que toda creación -literaria, arquitectónica o vital- necesita ese momento de atención en el que algo se frota hasta que aparece la forma. Esa es, a fin de cuentas, una manera de habitar el mundo elegantemente.
Quizás por eso, cuando decimos que alguien se acicala, evocamos no solo su aspecto sino la disposición de su ánimo. En esa confluencia entre el cuerpo y la conciencia se esconde el secreto de la elegancia: pulir lo suficiente para que brille lo esencial y dejar intacto lo que le da vida. Y, tal vez, cuidar es también saber cuándo dejar de pulir demasiado.












