La arquitectura en la era del descarte. En un mundo que cambia a la velocidad del mercado, donde incluso los objetos más banales traen incorporado su propio vencimiento, la arquitectura -tradicional símbolo de permanencia y estabilidad- enfrenta una paradoja creciente: ¿es aún posible, o incluso deseable, que los espacios construidos aspiren a la eternidad?
Las ciudades están llenas de ruinas prematuras. Edificios que no llegaron a cumplir su promesa. Centros comerciales que alguna vez fueron íconos de modernidad y que hoy se demuelen sin ceremonia. Viviendas que se construyen como productos de consumo, con materiales que no envejecen, sino que simplemente se deterioran. En este contexto, la obsolescencia programada -noción nacida en la economía industrial del Siglo XX- ha invadido también el lenguaje del espacio, poniendo en tensión el sentido último de la arquitectura.
¿Debe la arquitectura resistir al tiempo o aprender a disolverse en él? ¿Qué implica pensar una arquitectura no como objeto, sino como proceso? ¿Es más ético demoler y comenzar de nuevo, o preservar, resignificar, adaptar lo existente? Desde sus orígenes, la arquitectura ha aspirado a la duración. Las pirámides de Egipto, los templos griegos, las catedrales góticas: todas parecen gritarnos desde el pasado una voluntad de eternidad.
En cada piedra tallada hay una declaración de permanencia, una victoria simbólica sobre el tiempo. La arquitectura, en este sentido, no fue solo refugio ni estética, sino también una forma de inmortalidad cultural. Sin embargo, ya en la antigüedad coexistieron formas efímeras de habitar: los campamentos nómades, las tiendas de los pueblos árabes, las casas de barro secado al sol.
Lo efímero no es un invento moderno, pero la exaltación de lo permanente sí lo fue. Y con el modernismo, esta pulsión encontró un nuevo lenguaje: rascacielos, estructuras de acero, hormigón armado, y la creencia de que lo nuevo reemplaza siempre lo viejo, como si el tiempo fuera una escalera hacia el progreso. La obsolescencia programada, nacida en la lógica del consumo, supuso una revolución silenciosa: los objetos ya no debían durar para siempre, sino exactamente lo suficiente para ser útiles y luego descartados.
Este principio, aplicado inicialmente a electrodomésticos, se trasladó con el tiempo al diseño en general, y a la arquitectura en particular. Hoy asistimos a la aparición de espacios concebidos desde su finitud: pabellones temporales, estructuras livianas, edificios que apenas cumplen su ciclo de uso y luego se reemplazan. En el fondo, lo que se impone es una lógica de lo fungible. La arquitectura ya no es concebida como legado, sino como parte del flujo de capital, del movimiento acelerado de una economía que necesita lo nuevo para mantenerse viva.
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Arquitectura temporal
Entramos al análisis de la arquitectura efímera, los edificios abandonados y la ética de la duración. Lo efímero no es necesariamente lo frívolo y existen ejemplos notables de arquitectura temporal que dialoga profundamente con su entorno y su época. Los pabellones de la Serpentine Gallery en Londres, por ejemplo, son ejercicios brillantes de creación efímera, donde grandes nombres -como Zaha Hadid, Toyo Ito o Jean Nouvel- han explorado la posibilidad de construir sin dejar huella permanente.
El arquitecto Shigeru Ban, con sus estructuras de papel para situaciones de emergencia, demostró que la arquitectura puede ser digna, humana y bella aun en su máxima fragilidad. La arquitectura efímera puede ser también arquitectura ética, si entiende su temporalidad como virtud y no como simple respuesta a la lógica del mercado.
Pero hay otra forma de obsolescencia más cruel: la del edificio aún erguido, pero ya simbólicamente demolido. Los esqueletos de hospitales sin uso, de fábricas vacías, de escuelas clausuradas. Edificios que no fueron concebidos como efímeros pero que, por una combinación de negligencia política, desidia económica o simple olvido, son desactivados antes de tiempo.
Estas estructuras contienen una energía inmensa: no sólo material, sino también simbólica. La demolición, muchas veces justificada en nombre del progreso, implica una pérdida de memoria, de historia, de inversión colectiva. Como bien señalan Lacaton y Vassal, "demoler es una decisión de poder; conservar es una decisión política y ética". Reutilizar un edificio abandonado no es simplemente restaurarlo. Es resignificarlo. Adaptarlo a nuevas funciones sin negarle su pasado. Es entender que la sostenibilidad no es sólo cuestión de materiales verdes, sino también de economía energética y afectiva.
El chileno Alejandro Aravena, Premio Pritzker 2016, ha insistido en que "la arquitectura debe mejorar la calidad de vida de las personas con los menores recursos posibles". Esta frase, aplicada a la reutilización de estructuras, implica una ética de lo suficiente: no todo debe hacerse desde cero, y muchas veces lo existente contiene más riqueza que lo proyectado. Peter Zumthor, por su parte, ha defendido la idea de "construir con el lugar", lo que incluye respetar su historia, su clima, sus silencios. En esta línea, rescatar edificios abandonados puede ser un acto de escucha, de respeto por lo que estuvo antes.
Arquitectura y filosofía: habitar el tiempo
La filosofía también nos ofrece herramientas para pensar este dilema. Heidegger hablaba del "habitar poético", un modo de estar en el mundo que reconoce la fugacidad de la existencia. Habitar, entonces, no sería apropiarse del espacio sino cohabitar con su transitoriedad.
Walter Benjamin, en su reflexión sobre la "aura" de la obra de arte, advertía sobre la pérdida del valor simbólico en tiempos de reproducción masiva. Podríamos decir que la arquitectura contemporánea también corre ese riesgo: construir sin aura, sin vínculo con la historia, sin carga afectiva.
Y quizás por eso, como recuerda el propio Bauman en su análisis de la "modernidad líquida", urge pensar la arquitectura no como una estructura que se impone al tiempo, sino como una respuesta sensible a su fluir.
La eternidad no está en las piedras, sino en la memoria. Y la arquitectura puede ser eterna, incluso si desaparece, si logra alojar lo esencial: la vida humana en su tensión con el tiempo.
Habitar lo transitorio con dignidad
¿Debe la arquitectura ser eterna? Tal vez no en el sentido clásico, de inmortalidad física, sino en el sentido profundo de dejar una huella que trascienda su materialidad. Una arquitectura que no se mide solo en años, sino en impacto cultural, en transformación social, en capacidad de albergar sentido.
Quizás la pregunta no sea si la arquitectura debe ser eterna, sino cómo puede perdurar sin petrificarse, y cómo puede desaparecer sin ser olvidada. Frente a la obsolescencia programada del espacio, se vuelve necesario imaginar una arquitectura más ética, más adaptable, más consciente de su propia caducidad.
No se trata de negar lo efímero, sino de habitarlo con dignidad. De construir con el tiempo como aliado, y no como enemigo. Porque en el fondo, la verdadera arquitectura no es la que resiste al tiempo, sino la que sabe dialogar con él.