La alegría es un estado de ánimo donde nos sentimos muy bien. Y es un bien fundamental, al cual todos tenemos derecho. La alegría es algo interior, espiritual, que se relaciona con nuestro mundo exterior. Y en ese mundo estamos todos, por lo cual la alegría es un sentimiento que va más allá de lo individual, de lo sensible, y es como un tejido social que tejemos y nos debemos los unos a los otros.
El derecho a la alegría
La alegría es un don gratuito que no se compra ni vende. Su poder transformador reside en el amor y en los pequeños actos cotidianos que nos conectan.

Cada humano tiene el derecho de exigir al otro u otra que lo ayude a estar contento o contenta, que le permita vivir con alegría. Entre esposos, entre hermanos, entre vecinos, entre amigos, entre todos. La alegría es un don gratuito, un regalo, está en la naturaleza misma del ser, nadie lo puede comprar ni vender.
Es un sentimiento que se presenta como necesario para vivir y para crecer. Y por ser tan necesario, todos tenemos derecho a buscarlo y a exigirlo. Si la alegría es un bien espiritual ¿puede uno estar sufriendo corporalmente y al mismo tiempo, estar alegre?
Si algunos lo lograron es porque tuvieron o tiene un dominio singular de sí mismos, o porque han racionalizado y superado una situación desfavorable. Al que sufre, le cuesta reír, pero no le es imposible, porque no es la risa la única forma de manifestar la alegría. Es un sentimiento profundo que se manifiesta externamente de muchas maneras.
Pero volvamos al principio: todos tenemos derecho a la alegría pero además, todos tenemos mucho que ver con la alegría de los otros. Entonces... ¿qué hacer? ¿cómo buscarla? ¿cómo lograrla? ¿cómo contagiarla?
Diría que hay dos formas básicas. Primero: no es propia o exclusiva de grandes acontecimientos. A la alegría la podemos encontrar en las pequeñas cosas, en los actos mínimos de la vida, sabiendo que no es un bien permanente porque viene atada a lo perecedero.
Segundo: alguien dijo que la base de la alegría es el amor, el amor al otro, a los otros. Cuando nos acercamos al prójimo, pariente, vecino, amigo o desconocido, para ponerlo contento, hacerlo reír o hacerlo feliz, sentimos una alegría, muy cercana a la felicidad. La persona que es alegre es convocante, vive rodeada de gente amiga. El amargado y el triste no solo no une, sino que básicamente desparrama.
Hay un refrán que dice "junta más moscas una gota de miel que un barril de vinagre". La tristeza es casi una enfermedad, no ayuda para nada. Pero sabemos que no siempre la podemos evitar. Pero cuando llega, hay que sacársela de encima lo antes posible y es como despellejarse.
Es cierto que no depende sólo de uno, sino también del alter y de las circunstancias, pero a veces de cada uno, sí depende, el puntapié inicial. Hurgando en la literatura nos encontramos con algunas joyitas como esta, de Mario Benedetti, en "Defensa de la alegría":
"Defender la alegría como una bandera,/
defender la alegría como una certeza,/
defender la alegría como un derecho".
O estas otras, de Pablo Neruda, en "Oda a la alegría":
"Como la tierra eres necesaria/ como el fuego sustentas los hogares/ hoy, alegría, encontrada en la calle / lejos de todo libro, acompáñame./ Contigo quiero ir de casa en casa, quiero ir de pueblo en pueblo, de bandera en bandera". //
"(...) No eres para mí solo/ a las islas iremos, a los mares. A las minas iremos, a los bosques".// " (...) Contigo por el mundo con mi canto./ Voy a cumplir con todos, porque debo a todos mi alegría" // "(...) Es mi deber terrestre, propagar la alegría" .
Y termino con un campanazo, el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven (1824):
"Escucha hermano la canción de la alegría/
el canto alegre del que espera un nuevo día/
ven canta, sueña cantando/
vive soñando el nuevo sol/
en que los hombres volverán a ser hermanos".
Y está todo dicho. ¡Magistral, estupendo! Detengámonos a pensar. Es una propuesta de igualdad y fraternidad. ¡Vivamos con alegría! Siempre hay motivos para ello: estamos vivos, amamos y somos amados y por otros motivos, porque seguramente hay más.











