El calor de la siesta apabulla. El ruido del motor de un avión hidrante quiebra los sonidos del ambiente, contamina el canto de las cigarras y los trinos. No estoy bien. Es imposible estarlo cuando el fuego amedrenta nuestra tierra. Otra vez incendios intencionales, otra vez las llamas arrasando con todo lo que encuentran. El sol quema, el viento sopla sin clemencia.
Es la Patagonia la que arde. No toda. Es la Patagonia de la gente humilde, la otra, la de ciudades vistosas y caras, esa no se prende fuego. Y No. No son los mapuches. Son los intereses mezquinos de algunos, siempre. Porque las tierras quemadas son después emprendimientos inmobiliarios a disposición de grandes capitales nacionales y extranjeros.
Eso lo sabemos todos. Además el gobierno nacional recortó el financiamiento del Plan de Manejo del Fuego, lo que significa menos recursos que hacen tanta falta en situaciones de extrema gravedad como esta. La realidad es que no alcanza el agua, ni los aviones, ni los brigadistas que dejan todo luchando para calmar las llamas.
Los poblados de la comarca están envueltos en una nube de humo, y cada vez que suena la alarma de bomberos, el corazón se desespera ante la probabilidad de un nuevo foco, especulando a qué distancia se encuentra, evaluando si nuestra casa estará en peligro. Así vivimos hace varios veranos.
Y nos amarga ver cómo el lugar que tanto amamos queda convertido en cenizas. Hace un año mi hogar estuvo en riesgo y fue muy angustiante. Pusimos una escalera para poder subir al techo y monitorear el avance del fuego. Es difícil describir lo que se siente.
Pude garabatear un poema, y hoy compruebo que el dolor siempre vuelve (*). Es terrible ver incendiarse tanta vida.
(*) Una escalera para mirar el fuego
No alcanza el agua de la tierra, las motobombas,
la gente haciendo cortafuegos;
no alcanzan los aviones hidrantes
las canillas, las manos trabajando para socorrer,
la solidaridad de un pueblo conmovido por las llamas.
Hace días que el aire huele a hollín e incertidumbre
y tengo la escalera pronta para subir al techo,
vencer el vértigo atroz y ver el avance del incendio,
estimar el peligro que corre lo que amo,
masticar la amargura de lo devastado.
Inevitablemente sufro por las casas, los árboles, los nidos
por la vida incinerada entre estos cerros.
No alcanzan las plegarias ante el rastro cruel de la ceniza.
Miro al cielo, las nubes que quieren escaparse…
y mi deseo por la lluvia crece.
Lluvia que apague las flamas, que moje la aridez
lluvia que mengüe la furia del rescoldo,
que alivie el miedo que bordea el Río,
que calme el dolor de los que lo perdieron todo.
El clamor por agua se derrama en las gargantas.
Los ruegos a Dios se elevan con el humo.
Yo sigo en el techo, contemplando el horizonte
que continúa quemándose los sueños.
Poema de Bárbara Korol, febrero de 2025.