Cuando miramos hacia el cielo nocturno, es más fácil encontrar preguntas que respuestas. Aun así, los enigmas siempre invitan a construir respuestas que, para bien o para mal, nos resguardan un poco de las incertidumbres existenciales, aquellas con las cuales nos confrontamos tarde o temprano.
Sonría, no lo estamos filmando
El cielo nocturno y las preguntas existenciales inspiran diversas interpretaciones sobre nuestro lugar en el universo, desde la ciencia hasta la religión.

Cuando estas respuestas son tocadas, sea por su propia insuficiencia, por obra de la contingencia o por el saber que rectifica la ciencia, es esperable un sentimiento de desorientación.
Por ejemplo, llevó mucho tiempo descubrir y luego asimilar que el planeta Tierra no es el centro del sistema solar. Si no somos los "reyes de la creación", según un sentido que introdujo primeramente la tradición religiosa, entonces se relanza la pregunta sobre cuál es nuestro lugar en todo este asunto.
Se dice que cada uno construye las respuestas que es capaz de soportar. Algunos piensan que no hay un sentido predeterminado o un porqué de la existencia, y entonces es trabajo de cada cual inventarlo para sí mismo. Otros creen que existe un sentido, aunque incognoscible, y conviven con su enigma sin necesidad de despejarlo del todo.
También, en quienes habita un sentimiento religioso, pueden delegar el sentido en el designio de una fuerza superior, cualquiera sea su plasmación cultural (Dios, naturaleza, providencia, energéticas, entre tantas otras).
Lo interesante es que, ante la duda, se concluyó que la Tierra era el centro del universo conocido, quizá por la sola razón de que es nuestro hogar y no más. Así, el geocentrismo puede pensarse como una consecuencia de la búsqueda de sentido y, tan solo cambiando de lugar una letra, se obtiene el egocentrismo como clave interpretativa.
Precisamente, lo que en psicoanálisis llamamos narcisismo, es uno de los rasgos inherentes al ser hablante. Esta tendencia narcisista, presente en mayor o menor medida en cada uno, no se reduce a la conducta de un sujeto un poco vanidoso o ensimismado.
Para Sigmund Freud, el narcisismo constituye una etapa fundamental del desarrollo del yo, aunque en la cultura general hoy se utiliza para designar un tipo de personalidad o incluso un rasgo psicopático. Sin embargo, cuando Freud se refería a la "psicopatología de la vida cotidiana", también distinguía entre realidad objetiva y realidad psíquica.
A diferencia de los manuales de trastornos mentales contemporáneos, que asignan a las psicosis una pérdida de contacto con la realidad -especialmente en el delirio y en los contextos de descompensación-, Freud entendía que ninguna posición subjetiva se excluye de la pérdida de realidad.
Allí se juega la diferencia entre pasado e historia. El pasado es el conjunto de sucesos acontecidos, la historia es ya una interpretación que se adiciona en un segundo tiempo. Esa misma construcción de sentido, tan necesaria como autorreferencial desde el principio, funciona como una mediación simbólica que determina la experiencia de la realidad.
Una cosa es afirmar que las fantasías son escenas imaginarias donde se plasman los deseos y anhelos insatisfechos de un sujeto, y otra muy distinta es pensar que la fantasía es un principio activo de construcción de la realidad. No obstante, más allá de todas las consideraciones sobre la realidad psíquica, no equivalen a una negación de la llamada realidad objetiva.
Si Freud distinguía entre infortunio ordinario y miseria neurótica, es porque están los acontecimientos traumáticos de la vida y luego aquello que cada uno agrega allí en su forma de atravesarlo y significarlo. Precisamente, es en este segundo tiempo donde la terapia psicoanalítica puede hacer una diferencia, en tanto propone un tratamiento de lo real a través de la palabra y lo simbólico.
Ahora bien, no solo las fantasías condicionan la percepción de la realidad, la clave autorreferencial (narcisismo) también ejerce su influencia. ¿Cuántas veces escuchamos sobre la indignación de un sujeto cuando, al relatar un hecho que lo ha conmovido por la razón que sea, su interlocutor responde anteponiendo sus propias experiencias de vida?
Alguien relata, por ejemplo, una injusticia de la cual fue objeto, y el otro sujeto lo interrumpe para contar las injusticias que él mismo ha sufrido con antelación.
En esta escena tragicómica se juega lo imposible de la comunicación, donde cada uno resiste en su monólogo autista, lejos de un intercambio o una verdadera interlocución entre sujetos.
Protágoras, el famoso sofista griego, lo decía así: "El hombre es la medida de todas las cosas". Si acaso es un axioma que no ha perdido vigencia con el paso del tiempo, es porque intenta nombrar un hecho de estructura, es decir, aquello que se repite más allá de todo. Estas consideraciones no se reducen a un extravío filosófico, en tanto demarcan los límites de la empatía.
El problema no es la empatía en sí, el hecho de representarse la situación de un semejante y obrar en consecuencia, sino cuando confiamos demasiado en nuestro juicio sobre esa situación. En todo caso, quizá al menos admitir que, en las motivaciones que precipitan la acción, no solo se orientan en ideales humanistas, algo de los propios enredos también resuenan ahí.
Cuando se tiene un mínimo de sensibilidad ante las profundas disimetrías del mundo actual, se capta que coexisten muchas causas urgentes, pero somos convocados por una y no por otra. Aunque suene un poco antipático decirlo, la condición de ocuparse de una causa es hacerse el distraído respecto de otra igual de urgente.
Dicho esto, al menos puede producir un descentramiento del ego, sobre todo en el lugar que se otorga a las propias elecciones e ideales. Más allá de las teorías sobre el bien o el mal, quien no empuja mi causa puede que empuje otra, que no necesariamente se opone a la propia.
A diferencia de la rivalidad contenida en el siguiente versículo bíblico, "El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama" (Mateo 12:30), puede agregarse que, el que no recoge conmigo, quizá recoge otra cosa no menos importante. Para apreciarlo, es preciso conmover el ego-centrismo y soportar el no ser la medida de todas las cosas.
El autor es psicoanalista, docente y escritor.













