La primera vez que fui, no sabía si tenía más miedo que hambre, o más vergüenza que frío. Había escuchado que en la esquina de la ferretería, justo donde la calle pierde el asfalto y empieza la tierra, alguien servía guiso. No sabía quién. No sabía cómo era eso de ir a pedir. En casa, pedir era casi peor que pasar hambre. Pero aquella noche, la panza ya no gruñía: gritaba. Y yo... yo no podía más.
Crucé la vereda como quien entra a un templo. Las sombras eran largas, las caras borrosas por la neblina baja que siempre traía el invierno en los barrios olvidados. El humo del guiso se mezclaba con el aliento de todos. Era espeso, grisáceo, como una niebla tibia que olía a papa hervida, a ajo, a caldo viejo, a esperanza vencida.
Y allí estaba ella. Una mujer robusta, con un delantal manchado y las manos rojas del frío. Tenía el rostro curtido por el tiempo, pero sus ojos brillaban como brasas. Repartía las porciones con una cuchara grande, metálica, oxidada en las puntas. No hablaba mucho. Solo te miraba, una mirada que te medía sin juzgarte. Cuando me vio, dudé en acercarme. Pero ella ya sabía.
Y su voz no era dulce. Era firme. Una firmeza que no hería, que más bien sostenía. Extendí el recipiente que había llevado: una lata de tomate vacía, lavado, con el borde desafilado. Me temblaba la mano. Ella lo llenó hasta donde pudo. El guiso chorreaba por los lados. Tenía trozos de algo que parecían zanahorias, arroz hinchado, y una carne indefinible que flotaba como una promesa.
Y con eso me alcanzó. Me senté contra el poste de luz. El vapor me empañó la cara. Me quemé la lengua con la primera cucharada, pero no importó. Ahí supe que la esquina era una patria. Una patria pobre, anónima, silenciosa, pero nuestra. Una cueva donde el hambre no desaparecía, pero se compartía, y eso lo volvía menos cruel.
Comí hasta el fondo del tarrito. Y cuando terminé, algo en mí había cambiado. Ya no era el mismo. No me había llenado el cuerpo. Pero sí el alma. Esa noche, por primera vez, entendí lo que era ser parte de algo. Aunque fuera solo un círculo de cuerpos temblando en la esquina, bajo el farol bamboleante. Aunque fuera solo por una noche.
Esta es la segunda parte del poema "Guiso recuerdo", publicado por El Litoral en la edición del 15 de julio de 2025.