Más allá de alguna expresión despectiva para referirnos a "tonto", como ser "loco de remate", los remates hoy en día implican una actividad que se ha extendido mucho y aún más considerando la situación económica por la que atraviesa nuestro país.
Estamos de remate… y no precisamente locos
En localidades pequeñas, los remates son eventos sociales que reúnen a la comunidad, ofreciendo desde reliquias hasta electrodomésticos en un ambiente familiar.

Y no me refiero a los remates judiciales, que quizás sean los que en mayor medida tengan en cuenta los observadores ajenos al tema, sino a los se llevan a cabo cada vez con mayor asiduidad en localidades vecinas o de la zona, con gente de distintos lugares interesada en vender o comprar algo, ya sea antigüedades, muebles, reliquias, electrodomésticos y artefactos para el hogar, adornos y demás.
Ser partícipe de encuentros y exposiciones como los descriptos me motivan a poner por escrito alguno de los tantos recuerdos que vienen a mi memoria cuando hace un tiempo -siendo adolescente- era una fiesta acompañar a mis primos a los remates de hacienda.
Pasaron décadas de aquello y solo en las jornadas de las que hablo -a las que acudo con cierta periodicidad- revivo esos instantes del pasado, salvando las lógicas diferencias.
Por cierto, los remates de hacienda se perdieron entre mis recuerdos, pero permanece la complicidad con mis primos para treparnos a las cercas, o la vieja costumbre de abrir una tranquera de las tantas que hay por la ruta y subirme a ella como si fuera un columpio.
El arte de rematar
Volvamos a los remates actuales. Aunque los hay de los llamados "por cuenta de sus herederos", en el mismo domicilio del causante, prefiero acudir a los que se realizan en un entorno natural, rodeados de árboles, sonidos de pájaros e incluso de algún rumiante, mientras encienden el fuego y empiezan a entregar números para choripanes, hamburguesas, pastelitos, porciones de tortas y bebidas.
Encontrarse con conocidos y sorprenderse al ver exhibidos objetos que muchas veces son tan antiguos que nos preguntarnos cuánto "saldrán", o empezamos a indagar sobre su historia, o descubrir su procedencia, con el recorrido de generación en generación. A veces es difícil comprender que no estén a la venta en un comercio de antigüedades, o que no sean ofrecidos en alguna aplicación de internet.
En un remate presencial, suele darse que el marco de una pintura tiene más valor que lo que enmarca. O al revés, ya que se recupera y vuelve a utilizarse, por lo que la ilustración nos resulta desconocida o ajena. En dicho caso, nuestra mirada se desvía hacia la parte inferior, hacia la firma del artista.
Quizás, dando lugar a ciertas fantasías, como sucede en las películas, pueda esconderse allí un testamento; un símbolo con más valor, el que solo será revelado en el caso de una herencia, por el notario.
Otra cosa que implican los remates es el interés por obtener un rédito a cambio de ofrecer algo heredado que puede estar pasado de moda o sin las óptimas condiciones para la venta, en cuyo caso lo producido por la misma distará de lo que pensábamos obtener.
El valor en remate, como en cualquier forma de venta, tiene que ver con el interés de quien necesita o aprecia el objeto, como si alcanza a cubrir el costo si fuese nuevo, de si mira "con buenos ojos" el estado.
El rematador, o bien la rematadora, convoca al evento a través de folletos. Y estos últimos, en el caso de tratarse de remates judiciales, son colgados a la vista del público, cerca de donde se llevará a cabo o en sitios estratégicos de masivo tránsito peatonal.
En dicha publicación se detallan los objetos a rematar, con imágenes reales, aunque es prácticamente imposible mostrar los cientos y cientos a disposición, un video hace un paneo general orientando al interesado. Consta el nombre del rematador, su matrícula. Fecha, lugar y condiciones de venta, hasta derecho de admisión y permanencia. La comisión de Ley.
Remates con historia, o sin ella
De ser restauradores, prefieren que el objeto esté lo más original posible, sin pinturas ni añadidos. Los detalles por el uso, suelen dejarse pasar porque hacen a la antigüedad misma. A quién se le ocurriría, más allá de que se han rematado maniquíes sin brazos, en el caso de ofrecerse una "Venus de Milo", tratar de colocárselos.
O modificar en una reproducción la célebre "sonrisa" atenuada de la Mona Lisa. Las obras de los grandes autores se respetan; su arte se impone aún pasados siglos.
Entre los remates de objetos históricos verdaderos, u obras originales muy valiosas, está el ejemplo de "Salvator mundi", pintura que se atribuye a Leonardo da Vinci y que muestra a Cristo como "Salvador del Mundo", con un vestido renacentista, impartiendo la bendición con su mano derecha y en la otra, la esfera celestial.
También atribuido a otros artistas, este trabajo, realizado con una técnica al óleo sobre nogal, superó los 400 millones de dólares. La camiseta número 23 de Michael Jordan, usada en las finales de la NBA de 1998, alcanzó los10 millones, así como un sombrero de Napoleón Bonaparte un millón de euros.
Un bolso de Jane Birkin, el vestido de Marilyn Monroe -con más de 2.500 cristales- para su "Happy birthay" a John F. Kennedy, los zapatos de rubí, Judy Garland en "El mago de Oz".
Muchos objetos por los que han pagado millones de dólares, son símbolos de la memoria cultural y de deseo no solo de coleccionistas, sino para quienes llevados por el interés personal de mostrar poder adquisitivo, status, los adquieren para exponerlos, en su propio yate, mansiones; otros los alejan de la visión popular, pagando caros seguros para que solo "duerman" en cajas de seguridad de bancos.
También se han popularizado remates de bienes confiscados al delito. Al parecer, lo recaudado se destina a sostener el sistema, indemnizar a las víctimas y apoyar a instituciones intermedias. La modalidad online da lugar a que se pueda ofertar desde cualquier dispositivo.
Si se pretende adquirir un inmueble mediante subasta, puede que genere para el comprador un beneficio importante ya que si no hay postores el valor se reduce, aunque con ciertos riesgos y gastos. En remates presenciales, existe seguridad para el martillero público y para el que organiza el evento.
Propietarios de los bienes a rematar dan fe de serlo, envían imágenes y detalles. Generalmente es en base a la confianza y conocimiento entre quién vende y quién los ofrece. Para el caso de rodados, debe presentarse la documentación respectiva y no se entrega hasta que se haga la transferencia.
Para comprar y vender de todo
Algunas personas preguntan si se rematan artículos de procedencia indebida, son los menos, prácticamente nulos. La posesión e inserción en el Inventario del Remate, hace suponer que obran en poder de quien los acerca, de buena fe.
También preguntan si hay robos, para detectar en el caso que alguien sea "amigo de lo ajeno", el personal de guardia, constata que lo que retiran sea según la boleta confeccionada y que figure: "Pagado".
De ser algo demasiado pequeño, sucede hasta en cualquier lugar del planeta por más vigilancia que se contrate. Aunque hay aplicaciones que posibilitan hacerlo, el ver, tocar y hasta probar el funcionamiento de algo a rematarse, tiene sus ventajas.
Se sugiere no poner una base, como si fuese particular, ya que la oferta puede subir considerablemente o por el contrario, conocedores del valor en plaza, abstenerse y el propietario perder la posibilidad.
Es allí cuando, si la opción lo amerita, el rematador consulta al propietario, quien previamente puede haber dado una idea al vendedor, del precio justo para empezar a ofrecerlo. Bajado el martillo, no hay vuelta atrás. Todo es conversable, dentro de un tiempo razonable. Los demás bienes, esperan y la tarea se hace ardua por los miles de objetos a rematar.
Así es como desde cucharitas de alpaca; discos de pasta y vinilo; televisores con tubo o de última tecnología; bajo mesadas; herramientas; chapas de segunda clavadura; rejas; aberturas; máquinas para cortar césped o picar carne; cuadros; indumentaria para la familia; juguetes; equipos para negocios; blanco y enseres; cubiertas, hasta lotes de calabazas y rodados. Hasta lo que menos se nos ocurra.












