Cada 16 de abril es el Día Internacional contra la Esclavitud Infantil. Cada uno que piense ahora si en Santa Fe hay esclavos y esclavas menores de edad, aunque ya no tengan cadenas ni grilletes. Y que piense también cuál es la posición argentina sobre la esclavitud.
La esclavitud, ayer y hoy
Hay una esclavitud infantil y juvenil que no necesita cadenas para tenerlos esclavizados y obligarlos a hacer cosas que no harían.

La esclavitud infantil, o infanto-juvenil, continúa presente en el mundo. Oculta y vergonzosa, pero por todos sabida, es hoy, como lo fue ayer, el instrumento más cruel al servicio de ciertos poderosos sin escrúpulos. Malvado es quien esclaviza, y también quien mantiene las condiciones que conducen a la esclavitud.
Sabemos que hay manos esclavas tras la ropa barata que llega desde ciertos países. Sabemos que hay niños soldados esclavizados y esclavos menores de edad al servicio del narcotráfico. Y que hay esclavas y esclavos sexuales que apenas si son púberes.
Los esclavos ya no están encadenados, o lo están de otra manera porque hoy son otras las cadenas. La esclavitud moderna, la que tenemos delante de los ojos, no usa el hierro y las cadenas, sino que los mantiene cautivos con otras cadenas tan poderosas como aquellas: la pobreza económica, la pobreza social, la pobreza cultural. Y el celular.
La escuela, por lo tanto, y no será vano repetirlo, tiene que saber qué pasa intramuros, y también tiene que saber qué pasa extramuros, porque lo que pasa allá repercute acá, y de esto vimos hace unos días, sorprendidos, luego conmocionados, un triste ejemplo en nuestra provincia.
Esta última cuestión, que nadie al parecer vió venir, ha motivado numerosas reflexiones, unas legas y otras de especialistas, y todas son valiosas y necesarias. También son necesarias las investigaciones, y después las propuestas. Si nadie la vio venir, pese a que estaba al alcance de la mano, es que necesitamos mejorar nuestros sistemas de detección.
Ahora no se trata de buscar nuevas cadenas para quienes ya están encadenados, sino de preguntarnos qué grado de culpa nos compete a todos los demás, sea por acción, sea por omisión. Hay que abrir los ojos, y en vez de mirar para allá, hacia las luces de colores, mejor mirar a los ojos. Hay que hacer silencio, bajar el volumen, para poder escuchar.
Es evidente que llegamos tarde, tal vez porque estábamos entretenidos con todo aquello que nos proponen para distraer la atención. Es más fácil cambiar una ley que mirar la realidad, y mirarla tal como es, tal como dejamos que sea. Es más fácil peinarse para la foto que mirarse a los ojos. Lo fácil es gritar, lo difícil es hablar.
El diálogo es posible y vale la pena, y no hay que acobardarse por los cantos de sirenas que nos hablan en sentido contrario. Tres semanas antes del Día Internacional contra la Esclavitud Infantil, Argentina votó en contra de una resolución de Naciones Unidas que califica la esclavitud como “el crimen más grave de la humanidad”.
Solo tres países votaron en contra: Argentina, Estados Unidos e Israel. La sumisión es evidente, la voluntad de respetar la dignidad de las personas es nula. El comercio y la explotación de esclavos fue un sistema que duró varios siglos. Políticos, empresarios y otros poderosos los consideraban una propiedad, y podían hacer con ellos, adultos y niños, lo que quisieran.
Entre otras barbaries, y dado que durante mucho tiempo los hijos de los esclavos eran igualmente esclavos y por tanto se podían comprar y vender, hubo una verdadera maquinaria de reproducción forzada. Los esclavos eran obligados a reproducirse. Luego, del bebé se encargaba la madre hasta que, unos pocos años después, se lo arrancaban para venderlo.
Gracias a un estudio genético, hoy sabemos que el padre de estos bebés engendrados a la fuerza con fines comerciales no era tanto un hombre esclavo, sino un hombre de origen europeo. En otras palabras: además de comercio y explotación de seres humanos durante toda la vida, hasta la muerte, la violencia sexual por parte del poderoso fue la norma.
No obstante, Argentina votó en contra. El estudio genético que demostró esta violencia sexual sistemática se hizo en Brasil, y lo publicó la revista Science, tal vez la más prestigiosa del mundo, el 15 de mayo del año pasado. Demostró que fue habitual la violencia sexual para engendrar niños para vender o para conservarlos como niños esclavos. Y de esto quedaron rastros genéticos imborrables.
El artículo de la revista Science está en inglés (“Admixture’s impact on Brazilian population evolution and health”), pero hay una versión divulgativa publicada por la revista Pesquisa, en portugués y en castellano. La versión castellana se titula “Padre europeo, madre africana o mestiza” y se publicó en junio de 2025. Estas dos publicaciones están gratis en internet.
Tenemos que admitir, hay que reconocer que hubo esclavitud en nuestro país, y que con otras características sigue habiendo esclavitud en la Argentina. Las cadenas son diferentes, pero la pérdida de libertad, sea de movimiento, sea de pensamiento, y la consecuente pérdida de dignidad son en cierto sentido similares.
Invertir en la infancia
Según Amnistía Internacional, la esclavitud infantil y juvenil moderna se origina en situaciones sociales, económicas y culturales desesperadas y al parecer sin más alternativa. Pero cuando aparece la alternativa, aparecen la esperanza y la libertad.
La adicción patológica a las redes sociales, por otra parte, atrapa de una manera que debe considerarse una forma particular de esclavitud porque impide la salida a la vez que induce a pensar y luego actuar de una determinada manera.
Entonces, la adicción es una forma de esclavitud infantil y juvenil, y por detrás se mueven oscuros intereses. Esto no es ninguna novedad. Sin embargo, el problema persiste, y persiste grave, a la vista está, y pueden volver a pasar cosas si no hay primero un análisis serio y luego un actuar en consecuencia.
No se trata, como decía, de buscar más cadenas para los que ya están encadenados, ni se trata de peinarse para la foto y luego rasgarse las vestiduras. Se trata, en cambio, de invertir en la infancia. Hay que invertir de manera seria e inteligente, y consensuada, en la etapa prenatal, en la primera infancia, en la edad puberal y en la adolescencia.
Invertir en la infancia y en la adolescencia es mirar el hoy, y hacia el futuro, a corto y a largo plazo. Esta es la clave, mil veces demostrada con mil ejemplos. Hay que invertir en lo que vale la pena, y dejarse de inversiones para la foto.
Necesitamos incluir a quien está excluido. Hay que acercarse al que está apartado. Los hechos nos lo demuestran. Hay que saber qué pasa y hay que buscar soluciones. Es decir, hay que invertir en soluciones en vez de invertir en eventos vistosos, luces de colores, música de feria, porque estos eventos apartan aún más a quien ya está apartado. Y este es peligroso.
Hay que invertir para incluir a quien quedó apartado, a quien quedó afuera, al que no entiende, al que entiende mal. A quien cae ingenuo en la trampa. Hay que mejorar la escuela potenciando lo que ya tiene y ampliando su función y su radio de acción. Hay que mejorar nuestro sistema de salud para incluir a quienes se quedaron olvidados del otro lado del alambrado.












