La dignidad humana es un mandato ético y, por tanto, un hecho distintivo de nuestra especie. Dignidad proviene del latín dignitas, que significa excelencia: grandeza de donde se derivan valores y derechos tanto para el individuo como para toda la sociedad. Dicho de otra manera: todos los que habitamos este mundo somos seres humanos y por lo tanto debemos ser tratados y respetados como dignos.
Somos dignos porque somos humanos
Un análisis sobre la importancia de consolidar los valores esenciales y el respeto mutuo como base irrenunciable para el progreso ético de toda la comunidad.

La dignidad se asienta en nuestro propio ser, en nuestro interior y es captada y sentida por nuestra conciencia personal, en forma inequívoca. La dignidad es un sentimiento constitutivo del ser, varón o mujer. Y esta dignidad, para manifestarse, necesita sustento, pilares a los que llamamos derechos humanos.
Y estos derechos conllevan la obligatoriedad de ser predicados y cumplidos, porque explicitan esa dignidad incipiente que tenemos por el solo hecho de nacer. Nadie nos lo otorga, ni nos lo pueden quitar o suprimir, porque son inherentes a la humano. Cuando ese valor se transgrede, o se suprime o limita, caemos en lo inhumano.
Cuando hay hechos concretos que los dejan de lado, en determinas situaciones y por distintos motivos y en distintas personas, hablamos de falta de conciencia de esa dignidad para reconocerlos y respetarlos. El estado de conciencia de un individuo o de un grupo debe tenerse muy en cuenta para construir una sociedad con igualdad de oportunidades.
¿Y cuáles podríamos resaltar como principales? Primero, el derecho a la vida. Ese derecho nació desde que las personas se asoman al mundo con el deseo de perpetuarse, de multiplicarse y de poseer la tierra como patrimonio. Otro derecho que está muy ligado al de existir es el de ser libres, es el de tener la libertad de elegir en función del bien común.
Somos seres libres, no dependemos de la voluntad de otros aunque sí debe haber interrelación porque el mundo no es de cada uno, sino de todos como comunidad. Otros derechos inalienables son: derecho a la educación, a la obtención de un trabajo, a poseer una vivienda, a construir una familia, a tener asistencia sanitaria gratuita ante falta de recursos, a tener alimentos saludables.
Somos creadores de realidades nuevas, pensando en el bienestar de todos. Queriendo siempre lo mejor; conjugamos ideas con emociones de felicidad que las sentimos trascendentes. Pero hay que insistir en algo importante: el ser humano no está solo, vive en sociedad; lo que se concluye para uno, se constituye para todos. Debe tejerse una vivencia tan solidaria que podamos hablar de hermandad.
Y en esta unidad que se construye con el tiempo entra a tallar el Estado, el que a través de sus gobernantes, especialmente los elegidos por las mayorías, puedan cuidar que la comunidad establezca imperativamente el deseo de justicia, de paz duradera, el respeto a la libertad de opinión y la ayuda mutua.
En pocas palabras, para que, reconociendo la dignidad de los integrantes de la comunidad civil y sus derechos, se desprendan de sus intereses egoístas y protejan, cuiden y fomenten el amor por todos. De todas formas, un rápido vistazo a nuestro país, y a otras naciones del mundo, refleja que esta situación es de deficiente a mala.
Nosotros debemos buscar el basamento de nuestra cultura, de nuestra moral y costumbres en el cristianismo que trajo España, y fundamentalmente en la cultura de los pueblos originarios que nos precedieron. Y hay otro aspecto a tener en cuenta: que el que gobierna, a partir de una recta conciencia, sepa distinguir lo malo y dañino, de lo bueno y beneficioso.
Si no tiene real conciencia del bien y del mal, por deficiencia en su formación o enfermedad mental, o por desordenados apetitos de intereses mezquinos, cualquiera de los resultados le serán beneficiosos para él pero no para los ocasionales afectados (sobremanera si el poderoso no tiene límites).
Los gobernantes de países, de municipios, de provincias y de cualquier institución social tienen poder porque los que lo eligieron se lo delegaron democráticamente para trabajar para el bien común. A eso llamamos soberanía popular. Llegar a ser un pueblo digno, soberano y con derechos atendidos.
Es un deseo mayoritario: que como ciudadanos de nuestra querida Argentina volvamos a reencontrar el diálogo, la coincidencia y el camino correcto, donde se respete nuestra dignidad y nuestros derechos, para que podamos avanzar hacia la grandeza de una patria soberana, con justicia y con el cuidado de todos.












