En un lugar no muy determinado, existía un animal difícil de clasificar porque mutaba constantemente, presentando distintos aspectos, incluso contradictorios. Vivía en las afueras del poblado, en zonas casi impenetrables.
El monstruo maldito
Los vecinos de un pueblo acechado por una criatura feroz decidieron unirse para tenderle una trampa mortal y terminar con las noches de terror que vivían.

De su ferocidad, la gente se iba anoticiando por comentarios de lugareños que lo habían visto en acciones cruentas, siempre desde lejos. Según decían, se alimentaba de otros animales más chicos y más débiles y también de carroñas.
En la medida que crecía, fue seleccionando su comida y terminó prefiriendo carne humana jugosa. Esto, obviamente, atemorizó mucho a los habitantes del pueblito, y entonces el monstruo pasó a ser más que "un asusta niños", pasó a infundir un serio temor en los adultos.
Al monstruo, acostumbrado a la oscuridad de la maraña en la que vivía, la luz solar lo encandilaba y le quitaba visión, y por ese motivo salía siempre de noche. El bicho, llamémosle así, aterrorizaba a la gente, por eso, apenas oscurecía, el poblado entero se resguardaba en sus casas.
Cuando el silencio y la oscuridad era un manto que cubría los techos de las casas, se oían golpes en las calles por el caminar grotesco de ese animal voluminoso. Esto podía terminar en un amanecer tenso y mudo o con los dolorosos ladridos de algún perro que moría despedazado.
La cuestión tomó mayor seriedad y preocupación, cuando una mañana encontraron al placero, muerto y bañado en sangre. "¡Basta, basta ya!" dijo un comerciante de la avenida central y después de algunas charlas, se convino una reunión para el día siguiente para ver cómo terminar con el problema.
"La solución no es de cada uno, sino de todos", manifestó un muchacho embroncado. "¡Es cierto! ¡Es cierto!" Dijo un grupo de mujeres que sostenían niños en sus brazos. "¡Ahora es el momento!" Gritaban. Y así se armó una reunión de todo el poblado en el bar de don Juan que estaba céntrico.
Bueno, no les voy a contar cada una de las propuestas posibles e imposibles que se trataron, sino solo la definitiva. Se haría un pozo profundo en la mitad de la calle central por donde siempre, el monstruo, pasaba por las noches. Se lo cubriría con ramas y troncos que harían de trampa mortal.
Todos estuvieron de acuerdo y empezaron esa misma tarde. Los varones adultos trajeron picos, palas y carretillas y los chicos juntaron ramas de árboles en los alrededores. Antes de que cayera el sol estaba todo terminado. Las lamparitas de las casas se apagaron temprano y no todos se fueron a dormir. Varios esperaban el desenlace.
A la medianoche se oyeron los pasos de la alimaña. "¡Pum, pum, pum!" Era el sonido reconocido, que iba acercándose de a poco a la boca del pozo. Hasta que en un momento inesperado, todo se derrumbó con gran estruendo. El maligno rugía y gritaba incongruencias, cuando una llamarada roja surgió en el empedrado de la calle.
El susto hizo que algunas personas que se habían acercado echaran a correr, llorando de miedo, mientras otros daban gritos de alegría por lo logrado. Cuando se hizo algo de silencio y las llamaradas dejaron de ser las protagonistas, un viejito canoso se sacó la gorra y gritó: "¡Era un demonio, un diablo! ¡Era una bestia del infierno!"
Y después todos aplaudieron y vivaron al viejito. "¡Vivaaa! ¡Vivaaa!" Gritaban y se abrazaban. El hedor a carne quemada duró algún tiempo. Y fue entonces que la luna se asomó para ver lo que pasaba, sonrió y los lamió con esa lengua ancha y generosa que tiene.














