La celebración de la Independencia nacional, declarada el 9 de Julio de 1816 en la ciudad de San Miguel de Tucumán, me mueve a escribir sobre este hecho plenamente argentino que también tuvo resonancia y consecuencias en otros países de nuestra llamada América Latina, como Chile y Perú.
Independencia y soberanía
El Congreso de Tucumán fue clave para romper lazos coloniales y afirmar una nueva identidad nacional, impulsando la soberanía y justicia social en Argentina.

Quiero meterme en un tiempo histórico fundamental para el ayer e igualmente muy importante para nuestro hoy, porque hubo un pueblo que luchó para hacerse y realizarse como una nación independiente, desprendiéndose de España y también de Inglaterra, las dos potencias colonizadoras dominantes de aquella época.
Y antes de entrar de lleno en el episodio en clave histórica, señalo brevemente el clima que se vivía en la ciudad de Buenos Aires. Allí se sentían molestos por la creación de la bandera por Manuel Belgrano pese a la negativa por parte del Primer Triunvirato y se hablaba de independizarnos definitivamente de España.
Los porteños, comerciantes básicamente, y los cipayos por dinero o cargos, junto a los cipayos mentales de sometimiento al más fuerte, se subordinaban a Europa porque temían perder ese vínculo económico y político favorable.
Como en Europa se comenzaban a restablecer las monarquías, nosotros para ser tenidos en cuenta, podríamos seguir el mismo camino y nombrar un monarca para nuestra suma de territorios indígenas.
Para lograr esto, algunos proponían algo intermedio, como nombrar al hermano de Fernando VII, quien aspiraba recuperar su trono en España y todas las colonias de Indias, lo que sería cambiar de amos, pero nada de independencia y soberanía.
Y fue entonces que Belgrano, que participaba como abogado consultor del Congreso y estaba de acuerdo con nombrar un monarca, propuso que sea de América, sugiriendo consecuentemente a un descendiente del Imperio incaico.
El historiador Felipe Pigna afirma que esta propuesta del prócer tenía una pretendida finalidad distractora. Pero a la historia no la hacen los individuos, sino los pueblos que quieren cambiar las leyes y supuestos de una época ya perimida por otras leyes y conductas más valederas y provechosas para todos los que habitaban (y habitaríamos) este territorio.
Esta aclaración no disminuye la valoración de ninguno de los congresales que asistieron a la asamblea independentista, pero también debemos sumar el protagonismo de un pueblo congregado, sacudiendo las ventanas, peticionando, proponiendo y exigiendo la Independencia, golpeando las puertas de la casa donde sesionaban los congresales.
A ese entusiasmo popular, debemos agregar la correspondencia que llegaba desde las provincias, exigiendo la Independencia de España y cualquier otro poder conquistador. ¿Por qué esto último era tan importante? Lo era porque los cambios que se propusieron y se lograron eran para hacer justicia social con nuestros compatriotas.
Y así poder imaginar un futuro de consolidación de propuestas que nos beneficien a todos los habitantes de este bendito suelo sobre una colonización ladrona de nuestras riquezas agrícolas, mineras, fluviales y posturas de sujeción y esclavitud al monarca autoritario y soberbio e ilegítimo.
Un sentimiento, una forma de existir
Redondeo el pensamiento que surge de estas líneas patrióticas con esto: los argentinos hemos vivido momentos importantes de crecimiento, bienestar y defensa de los valores nacionales, pero el hoy y ahora nos resulta tan doloroso e inaceptable.
¿Por qué? Porque no logramos ser un país que defienda, como debería ser, su patrimonio y su cultura. Estamos viviendo una etapa en la que prevalece una marcada sumisión a un nuevo poder colonizador externo, de distintos colores, pero el mismo propósito.
Y ello se debe fundamentalmente a que carecemos de dirigentes políticos que demuestren un verdadero sentido nacional, ciudadanos comprometidos con la defensa de nuestros valores, por lo que vamos perdiendo soberanía y una libertad real que refleje la posibilidad de convivir en paz, justicia social y solidaridad.
Hay que volver a las fuentes sociales, cívicas y religiosas que nos forjaron como país soberano y de prestigio internacional. No somos lo que podríamos ser. Las palabras son insuficientes, los actos perduran. Por eso, valga como guía el siguiente fragmento de la Declaración del Congreso de 1816:
"Nos, los representantes de las Provincias Unidas en Sud América, reunidos en congreso general, invocando al Eterno que preside el universo, en nombre y por la autoridad de los pueblos que representamos, declaramos solemnemente a la faz de la tierra, (...)
(...) que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que los ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando séptimo, sus sucesores y metrópoli, y de toda dominación extranjera"
(Esta última, una aclaración pedida por carta por el general José de San Martín)

Y desde aquí deberíamos partir. En principio nos cuesta tener la real dimensión de la actitud que contienen esas palabras. En primera instancia está el hecho de sentirnos independientes y soberanos, lo que es un sentimiento y una forma de existir con dignidad y en segunda instancia, tener la responsabilidad, capacidad y valentía de poner los pilares ideológicos y éticos de una renovada nación.
Como dice el refrán, "hay que barajar y dar de nuevo". Ya estamos hastiados de los insultos, groserías, ignorancias y necedades. Y a partir de aquí, a todos nosotros de distintos colores como los pájaros, nos cabe el alegrarnos de ser argentinos y poseer la firme voluntad de construir lo nuevo con aportes de todo.
Un Estado que responda a las metas que trazaron nuestros mayores con las consabidas actualizaciones y estructuras jurídicas y sociales que nos permita la felicidad de todos los argentinos y el respeto y la admiración de los países hermanos.
¡Y Viva la Patria celeste y blanca!













