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El Zurdo

El ZurdoEl Zurdo

Jueves 27.7.2023
 4:54
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Rogelio Alaniz
Por: 
Rogelio Alaniz

I

Le decían Zurdo. Éramos amigos. Yo por lo menos creía que lo era, porque con él, nunca se podía estar seguro del todo. Sé que a su manera me apreciaba. A una amiga le extrañaba mi amistad con el Zurdo. "Es un tipo afectivamente mutilado; con una absoluta incapacidad para querer". No lo sé. No sé si la palabra "querer" alcanza para expresar las relaciones con tipos como el Zurdo. Alguna razón mi amiga tenía. Es probable que por motivos que tenían que ver con su vida, al Zurdo le resultaba difícil querer. No lo sé. Sí me consta que era leal, que siempre cumplió con su palabra, que sabía respetar sin humillarse y que era valiente, muy valiente.

II

Nos conocimos en La Piojera de Jefatura. Yo estaba detenido como estudiante revoltoso; él, involucrado en una causa por asalto de la que después se demostró que era inocente. No sé bien por qué en ese lodazal que era La Piojera empezamos a conversar. Además de nuestras diferencias "sociales", él era doce o quince años mayor que yo. El Zurdo era alto, más de un metro ochenta; buena planta, brazos largos, manos grandes. Pinta brava pero decididamente feo. El labio superior algo deteriorado de alguna refriega; nariz achatada como los boxeadores; morocho pero con ojos grises, aunque el párpado de un ojo estaba algo deteriorado. Detalles más, detalles menos, era un tipo que se hacía respetar sin necesidad de hablar. De hecho hablaba muy poco. Apenas lo necesario. En La Piojera compartimos una semana. Él salió antes; yo, después. Seguramente nunca más nos veríamos, porque no había razón ni motivos para vernos: yo yirando por casas de estudiantes; él, por casa de putas y malandras con prontuario. Sin embargo, el destino preparó un encuentro. Fue la casualidad. Otro preso de La Piojera me reconoció en la calle y me dijo que el Zurdo estaba detenido en Las Flores, y que había preguntado por mí. No necesité más explicaciones. Me las arreglé para visitarlo un domingo. Estaba como siempre: entero, tal vez algo más delgado. Tomamos mate y conversamos. No anduvo con rodeos. Me habló de un hijo, me dio la dirección y me pidió que haga gestiones para que lo visite. Es lo que hice. El Zurdo estuvo en Las Flores dos años y medio, tres. Yo lo fui a visitar varias veces, pero su hijo no faltó nunca. Cuando salió de Las Flores ya éramos amigos, y lo seríamos hasta el último día, hasta su último día.

III

Para hablar del Zurdo no voy a hablar de generalidades o abstracciones, porque sería injusto con una vida que estuvo en las antípodas de las generalidades y las abstracciones. Alguna vez llegaba a casa. Traía un asado y una o dos botellas de vino. Le gustaba asar y le gustaba conversar conmigo. De política no entendía nada ni le importaba; pero se interesaba de las cosas de la vida y presentía que en el mundo había algo más que su cotidiano de pobreza, hampa y violencia. La primera vez que fue a casa contempló con asombro mi biblioteca. "¿Te los leíste a todos?", fue la única pregunta que hizo. No sé qué le dije y no sé qué me contestó. Después fuimos al patio a preparar el asado y compartir el vino. En una de esas tertulias me contó que alguna vez trabajó de minero en el sur. Me habló de Santa Bárbara, virgen y mártir de los mineros, a la que se encomendaban antes de bajar al socavón. Hombres duros, sufridos y guapos besando la estampita de una virgen. Me decía que un minero que sabe su oficio, presiente cuando se producirá el derrumbe. Nadie sabe por qué ni cómo, pero alguien, la virgen o el diablo, le dice que se corra y nunca se equivoca. Me habló que los días de franco bajaban al pueblo y se emborrachaban y peleaban y perdían los pocos pesos ganados en el juego o con las putas. Más de una vez los metían presos. Me contó cuando lo desafió a pelear al comisario. Los mineros en una celda grande; un patio pelado, los milicos con sus machetes y la voz del Zurdo gritándole al comisario que venga a pelear como un hombre. Los comisarios nunca aceptan estos desafíos, pero este comisario lo hizo. Le ordenó a los policías que no se metan, y los dos, con el torso desnudo, empezaron a fajarse. Solos los dos en el patio apenas iluminado por el resplandor de la madrugada. Tribuna exclusiva: milicos y presos. El Zurdo y el comisario eran guapos. Se repartieron trompadas a lo lindo. En algún momento, el Zurdo cayó y el comisario tropezó y también se vino al suelo. "Me parece que ya es suficiente", dijo el comisario. El Zurdo asintió con la cabeza. Se pararon como pudieron y se dieron un apretón de manos. Presos y milicos aplaudieron. Después, el comisario volvió a su despacho y el Zurdo a la celda.

IV

Pasaron los años. Yo ya era periodista, pero el Zurdo seguía siendo el de siempre. Nos encontrábamos de vez en cuando en el bar de La Pequeña Bolsa. Él andaba por los cincuenta años; y yo, con treinta largos. Alguna vez me enteré que se murió su hijo y lo acompañé al cementerio. No éramos muchos, pero estábamos los que debíamos estar. El Zurdo no lagrimeó ni dijo palabras innecesarias; mejor dicho, no dijo nada. Callado, sombrío. Sufría, yo sabía que sufría, pero a nadie le dijo una palabra. Sus silencios eran cada vez más prolongados. Se había alejado del delito. Trabajaba de peón, de albañil; a veces levantaba quiniela; alguna vez trabajó de portero en el cabaret de don Víctor. Una noche, le comenté que el jefe de la barra brava de un club de fútbol, del que no voy a decir su nombre, me había amenazado. Mejor dicho, me amenazó diciendo que sabía a qué escuela iba mi hijo. Me escuchó y no abrió la boca. Un par de semanas después, yo estaba en el bar El Parque, tomando un café, cuando el mozo me comenta algo que aún lo asombraba. "Se lo cuento, me dijo, porque usted es amigo del Zurdo. Fue el domingo pasado. A la nochecita. La barra había salido de la cancha y estaban tomando cerveza en unas mesas tendidas en el cantero, cerca de la palmera. Eran diez o doce tipos, todos pesados, todos bravos, Yo estaba sirviendo una vuelta más, cuando llegó el Zurdo y se dirigió al jefe de la barra brava. Se ve que se conocían porque el jefe lo saludó con cierta cordialidad. Pero el Zurdo parece que no estaba con ganas de ser cordial. "Me enteré de que anduviste amenazando la vida del hijo de Pablo, el periodista, mi amigo". El tipo lo miró: "La cosa no es con vos Zurdo". El Zurdo contestó casi sin mover los labios: "Vos lo llegás a tocar o a molestar a ese chico y yo no te dejo un hueso sano". El tipo intentó pararse y el Zurdo lo desparramó de una piña que sonó como un latigazo. Fue todo muy rápido, Pablo. Y nadie se metió. El Zurdo se acercó al tipo, lo agarró de los pelos, lo levantó y le metió tres o cuatro piñas hasta dejarle la cara pintada de rojo. Después le dijo: "Rezá para que al hijo de Pablo no le pase nada, que no se caiga jugando, que no lo pise una bicicleta, que no se le caiga una teja sobre la cabeza, porque entonces, pedazo de hijo de puta, vengo y te mato a vos y le prendo fuego al rancho piojoso donde vivís". Y se fue. Caminando como si nada…por avenida Freyre en dirección al norte". No me asombró lo que me contó el mozo porque sabía que el Zurdo era capaz de eso y mucho más; me asombró que castigó al tipo que amenazó a mi hijo y no me dijo nada. Ni antes ni después. "Los favores a un amigo no se cobran, ni se comentan", me había dicho una vez.

V

Una tarde me llamaron por teléfono al diario. Desde el hospital de un pueblo de Córdoba. Era un enfermero. Y me dijo que el Zurdo se estaba muriendo. Un cáncer terminal; dos o tres semanas de vida cuanto mucho. Estaba solo. El enfermero supo de mi existencia porque en la billetera del Zurdo estaba anotado mi nombre y mi teléfono. Dejé lo que tenía que hacer, subí al auto y me fui a ese pueblo de Córdoba. Llegué y fui derecho al hospital. Llené algunos papeles y me dejaron pasar. Estaba muy delgado, pálido, parecía más pequeño. Me reconoció de entrada y algo así como una sonrisa se dibujó en sus labios rotos. Nos dimos un apretón de mano. Apenas podía hablar; apenas podía hablar, pero me dijo que haga gestiones para que lo quemen, que junte sus cenizas y las tire frente al local bailable llamado La Cabaña, y en la esquina del bar Florida. Le dije que se despreocupe, que lo dé por hecho. El Zurdo murió dos días después. Me hice cargo de los trámites, pero lo de las cenizas no lo pude cumplir. Pobre Zurdo…anacrónico hasta el fin: La Cabaña y el bar Florida estaban cerrados desde hacía por lo menos treinta años.

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