Se estima que uno de cada cuatro adultos mayores experimenta aislamiento social. En 2021, el 79 % de los jóvenes de entre 18 y 24 años en Estados Unidos reportaron sentirse solos. Una medición global de la OMS calculaba que para 2025 una de cada seis personas experimentaría soledad no deseada significativa.
Victoria O’Donnell: “La soledad debería ser una decisión, no un destino”
La socióloga e investigadora en salud mental y tecnología estuvo en Santa Fe para presentar su libro “Mosaicos” que aborda un tema actual y cada vez más visible en todas las edades. El aislamiento, las marchas, los terceros lugares y la pandemia como “acelerador”.

Hasta aquí algunos datos estadísticos que Victoria O’Donnell incluyó en su libro “Mosaicos” (editado por El Gato y la Caja) a modo de fundamentación sanitaria de una problemática que crece en el mundo y en nuestro país. Pero también le puso cuerpo y voz a través de nueve historias reales que componen una suerte de relato coral.
Es la soledad no deseada, la que puede tener efectos en la salud psíquica y física, pero que no es cualquier soledad, aunque en nuestro idioma una misma palabra las defina.

O´Donnell, socióloga por la UBA y magíster en Métodos Cuantitativos en Ciencias Sociales (QMSS) por Columbia University (Nueva York, Estados Unidos), estuvo en Santa Fe para participar en el conversatorio organizado por el espacio Nexo “De la hiperconexión a la comunidad: los cuidados en tiempos de soledad no deseada”, junto a Laura Ibáñez (prof. de Música e integrante de Canticuénticos) y Viviana Quaranta (Educadora popular e integrante de Proyecto 3).
Consultora, docente e investigadora especializada en tecnología y salud mental, con desempeño en la función pública y en la gestión privada y foco en enfermedades crónicas no transmisibles, salud mental y consumos problemáticos, O’Donnell dialogó con El Litoral.
- ¿Por qué te interesó el tema de la soledad no deseada?
- Gracias por decir que la consideramos como soledad no deseada porque, si no, es demonizar la soledad que cuando es virtuosa, resulta necesaria.
La Organización Mundial de la Salud la declaró una epidemia porque la estadística es muy alta y porque está en aumento. Y además porque está medido que tiene un efecto pernicioso, no solo en nuestra salud mental sino también en la salud física.
Ahí hay una deuda pendiente al no considerar el malestar psíquico y el malestar social como igual de importante que nuestra salud fisiológica.
- ¿Cuándo comenzaste a abordar este tema?
- Venía trabajando en el campo de la salud pública, en enfermedades crónicas, y este tema era considerado peor que el tabaquismo y el sedentarismo, que sí estaban en agenda. Sin embargo, de la soledad no se hablaba: hay todo un estigma alrededor.
- En general es una problemática que se aborda desde la situación de personas mayores, pero vos explorás en otras edades.
- Hay muchas cosas que pasan por primera vez en la historia con el tema de la soledad: los valores en la juventud son a veces un poco menores, a veces iguales y a veces un poco mayores que en la tercera edad. En las personas mayores se expresa la forma más escenográfica que se identifica con el aislamiento y cuestiones de cuidado.
Lo que pasó últimamente es que se empezó a hablar más de la dimensión subjetiva de sentirse solo que significa no sentirte visto, comprendido, valorado, extrañado, contenido. Eso también pasa en la tercera edad, porque a veces una persona se reduce al rol de abuelo o abuela, o a la acumulación de las pérdidas.
En los jóvenes pasa que no están teniendo amistades o relaciones profundas: son vínculos superficiales entre sí y en eso confluyen varios factores.
Una vida "sin bordes"
- ¿La tecnología tiene que ver con este fenómeno, la multi ocupación de los padres y la imposibilidad de tener un tiempo de diálogo real?
- Abordar la salud mental es hacerlo con muchas cuestiones que están por debajo: pluriempleo y ausencia de tiempo, informalidad y las trayectorias frágiles que tiene, en especial, la juventud. Antes se encontraban vínculos fuertes en el trabajo porque se estaba expuesto mucho tiempo a las mismas personas; había mixtura porque te juntabas con personas que no eran parecidas a vos, y tenías una idea de qué rol ocupabas en la sociedad.
Con este nuevo ecosistema laboral todo eso se pierde. Te pueden echar en pocos días, y entonces ¿para qué invertir en un otro si todo es imprevisible?
También juega la ausencia de tiempo en esta porosidad de jornadas cada vez más largas por el pluriempleo, y porque el límite de cuándo estás trabajando y cuándo no también está borroneado. No tenés bordes en el trabajo físico y tampoco en el horario laboral.

Además, no hay que subestimar que socializar implica dinero y a veces se piensa que tener amigos (y ser atendidos por humanos) va a ser uno de los privilegios del futuro. Las amistades se dan también porque te podés anotar en un club o ir de viaje y fortalecer vínculos.
Hay muchos chicos que tienen amigos, pero las conversaciones consisten en “ponerse al día”, una suerte de pasaje de información. Antes, la amistad tenía que ver con transitar experiencias en conjunto.
Y por último, está el tema de la tecnología que compite por la atención. La economía es eso: cuánto tiempo estamos en cada página, cuántos clics hacemos a una publicación. El periodismo resume muy bien lo que pasa en otras dimensiones en esa carrera por la atención, y para eso tenés que ir más arriba y la noticia tiene que tener mayor impacto.
Eso, a nivel neurológico y biológico da una suerte de dopamina que te mantiene en ese lugar. Se llama, precisamente “secuestro dopamínico” y compite con la capacidad de tener ganas de salir.
- ¿Creés que la tecnología puede ser al mismo tiempo un factor positivo y negativo?
- Además de socióloga, soy programadora y especialista en salud mental. Creo que la tecnología no es “algo” de manera esencial: es, como cualquier territorio, lo que hacemos con eso. También trabajo en el tema de adicciones, que incluye ludopatía, y advierto que nadie pensaría en hacer un casino enfrente de una escuela. Sin embargo, en Internet pasa eso.
Hay que empezar a pensar en la vida digital como real y que, al igual que analógica, debe estar supervisada, protegida y cuidada.
No quiero subestimar un fenómeno porque quedarse afuera no es solo que no llegue Internet; también es no tener el celular que permite bajar la última aplicación de moda cuando sos joven. La velocidad a la que va la Inteligencia Artificial implica que los que se quedan afuera están cada vez más afuera.
Por otro lado, para la discapacidad la accesibilidad claramente ha sido una gran aliada. Pero hay que disputarla mucho más para que no compita, sino que sea capaz (como lo fue en algún momento) de potenciar nuestros vínculos.
Del aislamiento a las marchas
- Hablamos de la soledad no deseada por un lado, pero también se vio en los últimos años una gran participación en movilizaciones masivas en las calles. ¿Es el lugar donde se está materializando ese encuentro que no posibilita la virtualidad?
- En los inicios de la Sociología, Émile Durkheim planteaba que cuando un individuo se reúne con otros en ese tipo de manifestaciones, siente un fervor y una sensación que “eleva”. Algunos dicen que de ahí vienen fenómenos como la religiosidad, el patriotismo en ese fervor que no se puede explicar.
En estas vidas muy aisladas, cuando te encontrás con otro en una manifestación ocurre un fenómeno muy sorpresivo. Quizás para algunas personas son las únicas expresiones en las que siente el poder del lazo social.
Ahora bien, lo que pasa muchas veces con las marchas y las movilizaciones es que quedan ahí. Habría que ver cómo hacer para que este efecto tenga otros gradientes y se pueda preservar en la vida cotidiana.

Por otra parte, observo un fenómeno preocupante en festivales de música o recitales donde se ven chicos, muchos socializados durante la pandemia, que participan de una forma que nos resulta rara a las otras generaciones.
Hay una “torpeza física” nunca antes vista, de mentes hiperestimuladas que a la hora de desplazarse físicamente y entender la distancia con un otro, no fueron socialmente alfabetizados.
Entonces en las marchas se va a empezar a ver una pérdida de “saber moverse”.
- Mientras tanto, hay una suerte de euforia compartida en las marchas.
- Me encanta esa palabra y voy a sumar algo más. Está la sensación, especialmente para los jóvenes, de que el sentido de la vida o la trayectoria que les espera no lo tienen tan claro. En la marcha también se ponen en juego las dos cosas: los vínculos y el sentido.
- ¿La pandemia nos volvió más solitarios? ¿Salimos ya de ese proceso o quedó como secuela del COVID?
- La pandemia nos dejó muchas secuelas; algunas todavía a explorar. De muchas de ellas hemos sabido volver y hay países que empezaron con fenómenos muy aislacionistas, de retirada social, antes de la pandemia que, en definitiva, lo que hizo fue mostrar a un sector de la población cómo era la vida sin un otro físico, en un confinamiento.

Para algunos fue un aprendizaje de que se puede vivir aislado, porque tus necesidades que no tienen que ver con lo psicológico o lo social, pueden ser resueltas así.
Para mi fue un acelerador y tuvo otros impactos en la atrofia de las capacidades sociales: algunas generaciones la atravesaron en momentos claves y eso se nota.
Hay gente que no terminó de recuperarse, pero la pregunta también podría ser si fue inevitable. Que el tema de la soledad y de los vínculos no sea tan hablado quizás tiene que ver con que hemos puesto un esfuerzo menor del que podríamos para enseñar esas habilidades sociales para compensar. Esperamos que las cosas vuelvan naturalmente a su equilibrio y no lo hicieron ni van a volver.
De estrategias y estigmas
- Sin ponernos nostálgicos y añorar que antes se jugaba en la vereda y los vecinos salían a tomar mates, porque no siempre ocurrió, ¿qué estrategias podríamos pensar para compensar o contrarrestar esta soledad no deseada? ¿Es una respuesta que tiene que venir de la política, de acciones individuales, comunitarias?
- Por un lado me interesa no romantizar el pasado. Hay algo de la vida analógica presencial que ya no existe: en nuestra región parece que tenemos una cultura de la amistad pero no estamos a salvo de estos fenómenos. Muchas de las intervenciones que se piensan en otros países es la cuestión de la comunidad a nivel vecindad. En un país como el nuestro donde el acceso a la propiedad es tan difícil, donde uno alquila, se muda, o en una ciudad como Buenos Aires con mayoría de hogares unipersonales, estas estrategias no van a funcionar.
Una de las opciones es hablarlo, hay algo de sostener la pregunta que tiene que ver con no tratar de resolverlo todo y es una forma de interacción
Pero hay cosas que me parecen claves: una es recuperar lo digital como parte de la vida real de las personas: “somos” en los dos frentes.
La educación social me parece importante como también romper el estigma, generar terceros lugares (“esos que el sociólogo estadounidense Ray Oldenburg definió como entornos sociales que no son ni el hogar ni el lugar de trabajo, pero que cumplen una función estructural en la vida comunitaria”, define en su libro) seguros, lindos e inclusivos.

Con respecto a la política pública, la soledad nos atraviesa a todos como personas y no me parece estratégico esperar que se resuelva solo a ese nivel. Las organizaciones intermedias son más robustas a los cambios políticos. Desde la educación, los sistemas sanitarios, nuestro rol de cuidadores, se puede asumir que hay gente cerca que se siente sola y tratar de establecer vínculos más profundos.
- Hay un punto que va sobrevolando toda esta charla y es el temor a reconocer la soledad como un problema y el estigma que se genera alrededor de esa condición.
- El lenguaje es el de salud pública, pero el gesto es decir “si te sentís solo, no tenés nada malo”. A veces la coyuntura hace que los vínculos sean un lujo. Lo que se cruza en la dificultad de hablarlo es, por un lado, esa idea de antaño de que la gente estaba sola porque tenía “algo”. Pero en salud, es un factor de riesgo.
Por otra parte, nos pasa a las mujeres que decir que nos sentimos solas es como traicionar luchas que conseguimos por nuestra autonomía. Es una suerte de contradicción de principios.
La soledad debería ser una decisión, no un destino. Y eso significa no renunciar a la autonomía sino a la ilusión de la autosuficiencia.











