Antes de hablar de pantallas, redes sociales o medios de comunicación, el punto de partida es entender qué es el morbo y por qué ocupa un lugar tan visible en la vida cotidiana.

Desde una mirada psicológica y social, analizamos con un profesional por qué la tragedia atrae, cómo influyen los medios y las redes sociales, y qué consecuencias tiene este consumo en niños, adolescentes y en la empatía colectiva.

Antes de hablar de pantallas, redes sociales o medios de comunicación, el punto de partida es entender qué es el morbo y por qué ocupa un lugar tan visible en la vida cotidiana.
La repetición constante de imágenes violentas, tragedias que se vuelven virales y el consumo casi automático de contenidos impactantes no es un fenómeno aislado, sino un reflejo de procesos psicológicos y sociales más profundos.
Así lo explicó el psicólogo clínico y educacional Luciano Zocola (MN 1515), quien propuso mirar el fenómeno sin simplificaciones ni condenas morales, pero con responsabilidad.

Desde la psicología, el morbo no se reduce a una curiosidad superficial. Según Zocola, se trata de una atracción ambivalente: algo que genera horror, miedo o rechazo, pero que al mismo tiempo captura la atención y resulta difícil de dejar de mirar.
Es una forma de observar aquello que es traumático sin involucrarse de manera personal, desde una posición de distancia y aparente seguridad.
Mirar una tragedia ajena permite asomarse al miedo sin vivirlo en carne propia. Esa distancia es clave: se observa lo que asusta, pero sin sentir que uno forma parte de la escena. De algún modo, se trata de un contacto controlado con lo traumático, que genera impacto emocional, pero no exige una implicación directa.

La tragedia, explicó el especialista, interpela porque confronta con una verdad incómoda: la fragilidad de la condición humana. Cuando una persona se expone a relatos o imágenes de hechos violentos o traumáticos, aparece una identificación parcial, pero siempre a la distancia. Hay un reconocimiento de que “podría haberme pasado”, acompañado por el alivio de constatar que no fue así.
Ese alivio no es menor. Forma parte de un mecanismo psicológico que permite tolerar el miedo. Al mismo tiempo, observar lo que ocurrió activa procesos vinculados a la supervivencia: entender qué pasó, cómo sucedió, qué errores o circunstancias llevaron a ese desenlace, con la ilusión de evitarlo en el futuro.
Desde esta lógica, la atención a la tragedia no es solo curiosidad, sino también una forma de aprendizaje defensivo.

Una de las preguntas realizada al profesional fue si los medios reflejan el morbo social o si lo alimentan. Para Zocola, no se trata de una dicotomía simple, sino de una relación circular. Existe una demanda social por este tipo de contenidos y, al mismo tiempo, una oferta mediática que responde a ese interés.
Los medios muestran aquello que se consume, pero la responsabilidad aparece en el modo en que lo hacen. La repetición constante, el tono escandaloso o la dramatización excesiva pueden intensificar el impacto emocional y reforzar el consumo. En ese punto, la forma de narrar los hechos resulta tan relevante como el hecho en sí.

La exposición continua a imágenes violentas tiene consecuencias. Una de las principales es la desensibilización. El psiquismo, explicó Zocola, intenta adaptarse a aquello que conmueve y, con el tiempo, lo que en un primer momento generaba un fuerte impacto emocional empieza a normalizarse.
Este proceso puede derivar en una pérdida de empatía. Las imágenes dejan de conmover, la violencia se vuelve parte del paisaje informativo cotidiano y el sufrimiento ajeno pierde espesor emocional. La noticia impacta al inicio, pero a medida que se reitera, su efecto se diluye.

Las redes sociales potenciaron este fenómeno. Su lógica se basa en captar la atención y todo aquello que genera un impacto emocional fuerte —miedo, enojo, shock— circula con mayor velocidad. La viralización responde a ese objetivo: mantener a las personas mirando, desplazándose, reaccionando.
Cuando una tragedia se vuelve viral, el riesgo es que el hecho traumático y el dolor real de las personas involucradas se transformen en un simple contenido para consumir. Se pierde la trascendencia del suceso, su significado y su impacto humano.
La atención se centra en ver más imágenes, nuevos ángulos o escenas repetidas, sin detenerse en las consecuencias reales de lo ocurrido.

El anonimato que ofrecen las plataformas digitales también cumple un rol clave. Al no conocer a la persona que está del otro lado ni enfrentar consecuencias directas, se debilitan los frenos sociales. Esto facilita ataques, comentarios violentos y la vulneración del otro, muchas veces sin registro del daño que se produce.
La deshumanización se vuelve más sencilla cuando el otro es solo una imagen, un nombre desconocido o un video que circula entre miles.

En niños y adolescentes, el consumo de este tipo de contenidos puede generar ansiedad, irritabilidad y, especialmente, la naturalización de la violencia.
Cuando los chicos observan escenas violentas sin mediación adulta, pueden interpretar que esa es la forma habitual de responder ante el conflicto. Zocola remarcó la importancia del rol adulto para acompañar, contextualizar y promover el pensamiento crítico.
Reflexionar sobre lo que se ve, marcar límites claros y transmitir que la violencia no es una respuesta adaptativa resulta fundamental para el desarrollo emocional.

Finalmente, el especialista invitó a una reflexión más amplia. El consumo de contenidos de alto impacto, breves y efímeros habla de una sociedad cansada, que busca estímulos intensos sin involucrarse ni profundizar. Muchas veces se elige confirmar creencias previas o simplemente distraerse, sin espacio para el análisis o la reflexión.
Mirar violencia no es solo observar hechos aislados: es asomarse a una sociedad con dificultades para tramitar las diferencias, dialogar y resolver conflictos de manera saludable. En ese contexto, la prevención, el acompañamiento y la presencia adulta aparecen como ejes centrales para construir una convivencia más empática y menos violenta.