Vuelvo a la imagen. ¿Dónde estaba Wilson Morelo?. Allí, sin moverse, seguía en posición fetal, impávido, quizás llorando. Ya ahora no de tristeza, sino de alegría, de emoción. Y ahí fue Burián. Había sido tan esplendorosa la actuación del arquero, que no necesitaba ir a buscar con quién abrazarse, porque todos los buscaban a él. Pero cuando se los pudo sacar de encima a sus compañeros, empezó a buscarlo a él. A Wilson. Que seguía ahí. Tirado en el piso, en la mitad de la cancha. En posición fetal. Se abrazaron los dos. Lloraron. Se emocionaron. Se agradecieron mutuamente. Wilson a Burián, porque con los penales atajados puso al equipo en la gran final. Burián a Wilson, porque sabía muy bien de que lo había encomendado a Dios. Y seguramente Wilson le habrá recordado a Burián por su hermano fallecido, que desde el cielo se convirtió en su ángel guardián. Y lloraron juntos. Un ratito. Unos segundos. Lo suficiente para regalar —y regalarme— una imagen que me permita encontrar las palabras justas para retratar lo que se me hacía imposible: definir con tinta y papel lo que sólo se puede vivir y sentir.