El libreto estaba clarito y daba resultados. Duró 36 minutos, ni uno más ni uno menos. Hasta ese momento, Unión lo tenía totalmente controlado a Estudiantes. Mucho orden para retroceder, espacios que se achicaban del medio hacia atrás y sólo un poco de zozobra cuando encaraba Diego García por el sector de Blasi. Algo ínfimo si se tiene en cuenta que en todo lo demás, Unión mostraba una solidez que lo iba convirtiendo en confiable y seguro. No podía fallar en nada. Y está claro que el límite, era el gol de Estudiantes. Es decir, Unión necesitaba aguantar el arco en cero. Pero lo hacía con solidez y convicción, sabiendo que si el rival –como ocurrió- manejaba la pelota a cincuenta metros de Moyano, no había motivos de qué preocuparse.

































