Todo ocurría en el portón de entrada al Cementerio Municipal, con el sol del día muriendo y dejando paso a la noche. "¿Por qué están tan atrás? ¿Tienen un poco de miedo, eh?", rompe el hielo Lorena, una de las guías. Se habían amontonado unas 150 personas, pibes y pibas, familias con el mate en mano y claro: una linterna obligatoria. Los reflectores disparaban en formas circulares luces verdes y rosadas, dando una tonalidad espectral al convite: iniciaba el Paseo del Cementerio.

































