Roberto vive en Las Flores. Y desde allí llegaba con una vara de trigo, una estampita y un pedacito de pan que le compró a una señora en la puerta a 200 pesos para venerar a quien hace 30 años le regaló una de sus dichas más grandes: el trabajo. “Yo tenía 25 años cuando quedé sin trabajo, enviudé y tenía una nena de un año a cargo. Hoy tengo 55 años y vengo todos los años. Me acuerdo como si fuese ayer de aquel 7 de agosto. Me levanté, sin fuerzas, y cuando estuve acá sentí algo muy especial. Estaba enojado y descreído. No entendía qué hacía, pero le pedí a San Cayetano que si existía de verdad me lo demostrara ante tantas adversidades que me venían pasando, sobre todo porque había quedado solo con una nena a cargo. Al otro día, 8 de agosto de 1993, me llaman por teléfono de una empresa para decirme que me presentara a trabajar el 9 porque me habían recomendado. ¿Cómo no voy a estar acá?”, dijo el hombre con lágrimas en los ojos. Y acotó: “San Cayetano es esperanza. Que nadie tenga dudas de eso. Lo comprobé hace tres décadas”.