El cartel aparece al costado de la ruta como una revelación. Blanco, sobrio, definitivo: Welcome to Alaska. Pablo Imhoff frena la moto, apoya el casco sobre el asiento y enciende la cámara con las manos temblorosas. No hay música ni épica impostada. Solo una voz quebrada que dice lo que el cuerpo todavía no logra procesar:


































