Cuando se ingresa a El Pozo por alguna de las calles que lo rodean, se ven las casitas bajas, apacibles, con techos de colores; en el centro del barrio, como viejos tótems, las Torres de diez pisos desde cuyos balcones ladran los perros y se secan colgadas en los tendederos las ropas al sol. En la placita central los pibes patean una pelota, una señora pasea a su mascota y una pareja de novios comparte el mismo posteo desde un celular.



































