El mercado internacional de harina de soja atraviesa un cambio estructural. Aunque su utilización en la alimentación animal aumentó durante las últimas décadas, la expansión de la producción avanzó a un ritmo que terminó superando la capacidad de absorción del mercado y presionó sobre los precios.
La expansión de los biocombustibles redefine el mercado mundial de harina de soja
La mayor demanda de aceite de soja para producir biodiésel en Estados Unidos y Brasil impulsa la molienda y genera una oferta creciente de harina, que presiona sobre las cotizaciones internacionales.

De acuerdo con un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), elaborado por Matías Contardi, Emilce Terré y Julio Calzada, las cotizaciones actuales de la harina de soja en Chicago, una vez descontada la inflación de Estados Unidos, se encuentran en niveles equivalentes a los de hace 26 años.
La comparación resulta significativa si se considera que el uso de este producto en la alimentación animal se intensificó. En el año 2000 se utilizaban, en promedio, 1,65 kilos de harina de soja por cada kilo de proteína generado en la producción mundial de carnes, leche, huevos y acuicultura. Para 2026, esa relación ascendería a 2,41 kilos, un incremento del 46%.

En paralelo, la producción global pasó de menos de 70 millones de toneladas a comienzos de la década de 1990 a una proyección de 300 millones de toneladas para la campaña 2026/27. Esto representa una expansión de 4,4 veces, con una tasa de crecimiento promedio anual del 4,2%.
El punto de inflexión se produjo a partir de la campaña 2009/10. Mientras que durante las dos décadas anteriores la producción y el consumo mundial evolucionaban prácticamente al mismo ritmo, desde entonces la oferta comenzó a superar de manera sostenida a la demanda. En las últimas 17 campañas, el excedente promedio fue de unas 781.000 toneladas anuales, lo que permitió acumular existencias y modificó la relación entre disponibilidad y precios.
El biodiésel impulsa la molienda y genera más harina
Una de las claves de esta transformación está en la producción conjunta de aceite y harina. Según los datos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), por cada tonelada de soja que ingresa a una planta de procesamiento se obtiene aproximadamente un 78% de harina, un 20% de aceite y un 2% de mermas.
Esto significa que un aumento de la demanda de aceite, por ejemplo para la elaboración de biocombustibles, también genera una mayor disponibilidad de harina, aunque el mercado de este último producto no registre un crecimiento equivalente. En términos prácticos, por cada millón de toneladas adicionales de aceite demandadas se incorporan cerca de cuatro millones de toneladas de harina que deben encontrar compradores.

La BCR estima que durante 2026 se procesarían alrededor de 90 millones de toneladas de soja para abastecer la demanda mundial de biodiésel, casi una cuarta parte de la molienda global. Estados Unidos y Brasil explican buena parte de ese movimiento: en ambos países, más de la mitad del aceite de soja se destina a usos industriales.
En las últimas dos décadas, el consumo industrial de aceite de soja se multiplicó por cinco y explicó el 40% del incremento de la demanda mundial de este producto. Como consecuencia, la producción global de aceite se duplicó. La elaboración de harina también creció en una proporción similar, pero sobre una base mucho mayor, lo que amplió el volumen disponible en el mercado.
El fenómeno se refleja también en la composición del comercio internacional. Durante la primera década de este siglo, Argentina exportaba un 66% más de harina de soja que Brasil y se consolidaba como el principal abastecedor mundial. Sin embargo, el crecimiento de la molienda en Estados Unidos y Brasil modificó ese escenario.
Para la campaña 2026/27, las proyecciones indican que Brasil dispondría de un saldo exportable de 31 millones de toneladas de harina, unos 10 millones más que en 2019/20. En Estados Unidos, el excedente llegaría a 21 millones de toneladas, un 65% por encima del registrado en aquella campaña. Ambos países se encaminan así a alcanzar nuevos récords de exportación.
Argentina conservaría el liderazgo como proveedor global, pero con una diferencia mucho menor respecto de sus competidores. La mayor disponibilidad de harina en Brasil y Estados Unidos representa un desafío adicional para la industria exportadora local.
El aceite gana peso en los precios y abre nuevas oportunidades
El crecimiento de la demanda de aceite para biocombustibles también modificó la relación de precios entre los dos derivados de la soja. El informe de la BCR señala que el encarecimiento de la energía, asociado a las tensiones en el estrecho de Ormuz y en la región del Mar Negro, reforzó el atractivo de los aceites vegetales como insumos para la producción de combustibles.

A este contexto se sumó la decisión de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) de incrementar en 2026 un 77% el mandato obligatorio de mezcla de aceite de soja para biocombustibles respecto del año anterior.
En el mercado de futuros de Chicago, el aceite de soja llegó a superar los 1.700 dólares por tonelada. Aunque luego retrocedió hasta alrededor de US$ 1.450, desde marzo promedia unos US$ 1.500 por tonelada, un valor 40% superior al del año pasado y por encima de los niveles de 2023 y 2024.
Ese comportamiento elevó la participación del aceite en el valor industrial de la soja, un indicador conocido como OilShare. En Chicago llegó a alcanzar el 55%, un máximo histórico y muy por encima del rango de entre 30% y 45% que predominó durante buena parte del período 2000-2020.

En Argentina, el aceite también ganó participación, aunque en menor medida: en su punto más alto de este año explicó el 40% del precio industrial. Para la BCR, esta diferencia refleja un mercado internacional cada vez más segmentado, en el que Estados Unidos y Brasil cuentan con una demanda industrial de aceite particularmente intensa, mientras que Argentina debe competir con los excedentes crecientes de harina de esos dos países.
A mediano plazo, sin embargo, las perspectivas de crecimiento del consumo mundial de proteínas animales podrían ampliar las oportunidades comerciales. Según las proyecciones de la OCDE y la FAO, hacia 2035 la producción ganadera global aumentaría un 15,1% y el uso de proteínas para alimentación animal, un 13,5%.








